Capítulo 556
Las sombras del pasado se cernieron sobre Aurora como una densa niebla, arrastrándola de vuelta a aquellos días oscuros de su infancia. El eco de los gritos de Fabiola resonaba en su mente con la misma crueldad que antaño, cada palabra un puñal que desgarraba las cicatrices apenas sanadas.
Sus manos temblaban mientras los recuerdos la asaltaban sin piedad. La figura imponente de Fabiola se alzaba en su memoria, su rostro contorsionado por el desprecio.
“Si no fuera por mí, ya estarías muerta en la calle, Marina. Deberías agradecer mi caridad todos los días de tu vida. No me importa si tienes que arrastrarte o mendigar, me lo debes todo.”
El veneno en aquellas palabras seguía fluyendo a través del tiempo, intacto.
“Ni siquiera pienses en compararte con Cynthia. Ella nació con estrella, tú naciste estrellada. Conformate con lo que eres: una arrimada que solo merece las sobras de nuestra mesa.”
Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Aurora mientras otro recuerdo la golpeaba con fuerza.
“Grábatelo bien en esa cabeza dura: naciste para servir. No sueñes con nada más. Tu destino
es vivir en la miseria hasta que te mueras.”
El dolor del pasado se entrelazaba con las heridas del presente, formando un nudo asfixiante en su pecho. Los sollozos sacudían su cuerpo cuando el auto de Valeria se detuvo frente a la
casa.
Salvador aguardaba en el umbral, su figura protectora tensándose al instante al ver el rostro devastado de Aurora. Sus ojos, normalmente serenos, se oscurecieron al notar las lágrimas que surcaban sus mejillas y el temblor en sus hombros.
Sus labios se apretaron en una línea tensa. “¿Qué sucedió?”
La indignación ardía en la voz de Valeria mientras respondía: “La familia Hidalgo… esos miserables. Mi hermana les llevó pruebas de su parentesco, pero prefieren enterrar la verdad que manchar su precioso apellido con una hija fuera del matrimonio. ¿Te lo puedes creer? Les importa más su reputación que el bienestar de mi hermana.”
El rostro de Salvador se transformó en una máscara de hielo, la furia bullendo bajo su aparente calma. Sus nudillos se tornaron blancos por la fuerza con que apretaba los puños, pero Aurora, perdida en su propio dolor, atravesó el umbral sin notarlo y se refugió en su habitación.
La preocupación carcomía a Salvador. Tras unos momentos de reflexión, una idea cruzó por su mente.
Se dirigió hacia donde estaba Valentina, su voz suavizándose. “Ponte tu vestido más bonito. Vamos a visitar a tu mamá.”
Capitulo 556
Los ojos de Valentina brillaron con alegría. Se enfundó en su vestido estilo Lolita favorito, el que hacía que pareciera una muñeca de porcelana, y siguió a Salvador hasta la puerta de Aurora.
“Llámala,” susurró Salvador con gentileza.
Los pequeños puños de Valentina golpearon la madera con entusiasmo. “¡Mamá! ¡Mamá!”
El llamado inocente de su hija atravesó la niebla de dolor que envolvía a Aurora. Se incorporó lentamente y abrió la puerta. Valentina se lanzó hacia ella, abrazando sus piernas con todo el amor que su pequeño cuerpo podía contener.
“¡Mamá!”
Salvador observaba la escena con atención, su corazón encogido al ver los ojos hinchados de Aurora y el temblor en sus labios. Con disimulo, su mano se deslizó hacia el cuchillo de frutas que reposaba sobre la mesa, ocultándolo tras su espalda.
“Las dejo solas para que conversen, hermana.” Sus palabras eran casuales, pero sus movimientos calculados mientras se alejaba con el cuchillo.
Aurora apenas asintió, su mente aún distante. “Está bien.”
Cuando Salvador se marchó, Aurora intentó recuperar algo de normalidad atendiendo a Valentina. Buscó el cuchillo para pelar una fruta, pero no lo encontró.
“Papá se lo llevó,” comentó Valentina inocentemente.
La confusión cruzó el rostro de Aurora. “¿Por qué se llevaría…?”
La realización la golpeó como una ola cálida. Salvador temía que pudiera lastimarse. Este pequeño gesto de preocupación silenciosa comenzó a disipar la oscuridad en su corazón.
Tal vez su padre biológico la había rechazado, pero no estaba sola. Tenía personas que la amaban verdaderamente.
Una sonrisa temblorosa se dibujó en sus labios mientras el tiempo transcurría entre juegos con Valentina, la luz regresando poco a poco a su mirada.
Cuando llegó la noche, la niñera se llevó a Valentina a descansar.
Aurora regresó a su habitación y se detuvo en seco. Salvador estaba allí, su silueta recortada contra la penumbra. Se erguía como un guardián silencioso en medio de la habitación, su presencia tan imponente como reconfortante. La melancolía que emanaba de él parecía envolver el espacio como un manto protector, y por primera vez en el día, Aurora sintió que podía respirar completamente.