Capítulo 555
Eugenio arrugó el ceño, sus ojos entrecerrados estudiando a Aurora con una mezcla de curiosidad y desdén.
“Si dices que no esperas nada de él, ¿entonces por qué lo buscas con tanto ahínco?”
El rostro de Aurora perdió todo color, sus labios temblando ligeramente mientras buscaba las palabras correctas. Por un momento, solo se escuchaba el tictac del reloj de pared resonando en el elegante despacho.
“Para ser sincera…” Sus dedos se entrelazaron nerviosamente sobre su regazo. “Ni yo misma lo entiendo del todo. Tal vez… tal vez solo intento llenar ese vacío que me persigue desde niña.”
Los recuerdos la golpearon con fuerza. Las reuniones escolares donde su asiento de padres permanecía vacío, destacando como una herida abierta. Los susurros crueles de sus compañeros llamándola “la salvaje“, las miradas de lástima de los maestros. Y luego los golpes, los moretones que escondía bajo mangas largas, el dolor que iba más allá de lo físico. Fue entonces cuando el anhelo por un padre se volvió una obsesión que carcomía su alma.
El recuerdo de Gabriel se deslizó en su mente sin permiso. Aquel día que lo vio caer de su pedestal de empresario respetable a un simple mentiroso, todo por proteger a Cynthia. A pesar del engaño, una parte de Aurora ardía de envidia. Cynthia tenía lo que ella siempre soñó: un padre dispuesto a sacrificarlo todo por ella.
“Qué hermoso sería tener un padre así,” pensó, el dolor antiguo retorciéndose en su pecho.
La voz de Eugenio cortó el aire como un látigo.
“Seré directo contigo. Es cierto, llevas sangre Hidalgo en tus venas. Pero no eres más que una bastarda, una mancha en nuestro apellido. La familia Hidalgo jamás te reconocerá como una
de los nuestros.”
El mundo de Aurora se congeló. El aire se volvió hielo en sus pulmones, y por un momento sintió que se ahogaba. Sus ojos ardían con lágrimas contenidas, pero se negó a derramarlas.
En lugar de quebrarse, una sonrisa brillante pero helada se dibujó en sus labios.
“¿Bastarda despreciable? ¿Es eso lo que soy?”
Sus ojos, ahora encendidos con una mezcla de dolor y desafío, se clavaron en Eugenio. “¿Y de quién es la culpa? Los grandes señores Hidalgo, incapaces de controlar sus bajos instintos, sembrando hijos por doquier… pero sin las agallas para hacerse responsables.”
Su voz ganó fuerza con cada palabra. “Yo no elegí nacer así, pero sí puedo elegir si acepto a un cobarde como padre.”
Sus dedos se movieron con precisión quirúrgica mientras se quitaba el brazalete.
“Y mi respuesta es no.”
El brazalete golpeó el suelo de mármol con un estruendo que resonó por toda la habitación,
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fragmentándose en docenas de piezas brillantes.
Aurora giró sobre sus talones y salió con la cabeza en alto, sus pasos firmes resonando contra el piso. No miró atrás ni una sola vez.
Valeria observó su partida, lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas.
Eugenio se desplomó en su sillón de cuero, toda su arrogancia anterior evaporándose como niebla bajo el sol.
El silencio fue roto por el sonido de tacones acercándose. Daniela apareció en el umbral.
“Abuelo…” Su voz era suave, casi temerosa.
La figura imponente de Eugenio había desaparecido, reemplazada por la de un anciano cansado. “¿Escuchaste todo?”
“Sí.”
Los ojos de Daniela brillaban con curiosidad. “Abuelo… ella es mi hermana, ¿verdad?”
Eugenio cerró los ojos, exhalando pesadamente. “Ni una palabra a tu padre sobre esto.”
“¿Por qué no?”
“No tiene caso arruinar la felicidad de tu familia por una bastarda que debería permanecer en
las sombras.”
La preocupación cruzó el rostro de Daniela. “Pero si no la reconocemos… ¿qué pasará si decide hacer público todo esto? Podría manchar el nombre de los Hidalgo.”
Una sonrisa débil se dibujó en los labios de Eugenio. “Es solo una huérfana. No representa ninguna amenaza.”
El alivio relajó los hombros de Daniela. “Tienes razón. Ella sola no puede hacer mucho.”
De pronto, sus ojos se abrieron con alarma. “¿Pero y si cuenta con el apoyo de Salvador?”
La sonrisa de Eugenio se volvió calculadora. “Salvador está bajo control…”
Su mirada significativa se posó en Daniela.
Una sonrisa arrogante curvó los labios de ella. “Es verdad.”
…
Apenas las puertas del auto se cerraron, aislándola del mundo exterior, Aurora se quebró. Las lágrimas que había contenido brotaron sin control mientras enterraba el rostro entre sus manos temblorosas.
“Hermana, por favor no llores…” Valeria, con el corazón partido ante el dolor de Aurora, intentaba consolarla torpemente, sus propias lágrimas amenazando con desbordarse.
El dolor era insoportable. Aurora había pasado toda su vida soñando con este momento, imaginando mil escenarios diferentes. Pero ahora que la verdad estaba frente a ella, deseaba
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poder borrarla.
“¿No habría sido mejor,” pensó entre sollozos, “mantener viva la ilusión? ¿Conservar para
siempre ese padre imaginario en lugar de enfrentar la cruel realidad del abandono?”
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