Capítulo 541
La tensión se acumulaba en el rostro de Isaac mientras se sumergía en sus pensamientos, las arrugas en su frente profundizándose con cada segundo que pasaba.
Sus dedos tamborileaban inquietos sobre el volante. El aire en el auto se sentía pesado, cargado con la intensidad de sus cavilaciones.
“No me cuadra. Cynthia no para de hablar de Salvador, pero ni siquiera menciona a su esposo. Algo no está bien aquí.”
Federico enderezó su postura, la indignación evidente en cada línea de su rostro mientras defendía a su amigo. Sus ojos brillaban con molestia bajo la tenue luz del atardecer.
“Mira, Isaac, seamos honestos. Nunca me imaginé que. Cynthia fuera tan… convenenciera. Cuando eras el empresario exitoso, nomás veía por tus ojos. Pero ahora que Salvador tomó tu lugar, no hace más que adularlo. La verdad, compadre, le estás dando demasiada importancia.”
Isaac apretó la mandíbula con tanta fuerza que una vena se marcó en su sien. Sus nudillos se tornaron blancos al apretar el volante.
“No es lo que piensas.” Sus pensamientos corrían a mil por hora. “¿Cómo podría Cynthia siquiera considerar algo con Salvador? Si le tiene pánico…”
Federico frunció el ceño, inclinándose hacia su amigo.
“A ver, entonces explícame qué tratas de decir.”
Isaac se pasó una mano por el rostro, la frustración evidente en cada uno de sus movimientos.
“Es que… hay algo raro en la forma en que no deja de mencionar a Salvador. Como si quisiera decirnos algo más.”
Sus ojos se perdieron en la distancia mientras recordaba las palabras exactas de Cynthia.
“No deja de insistir en que Salvador no es Enzo. ¿Y si hay algo más detrás de eso?”
Federico se recostó en el asiento, soltando un bufido de exasperación. El pensamiento profundo nunca había sido su fuerte.
“Ay, por favor. Sus palabras son puro desvarío, está chalada y punto. Salvador es el hijo de los Montalbán y los Nolan, eso todos lo sabemos. Después del pleito familiar, los Montalbán quisieron recuperarlo y por eso le pusieron Enzo. No le busques tres pies al gato.”
El suspiro de Isaac pareció llenar todo el auto.
“Tal vez tengas razón. Ha de estar loca.”
Una sonrisa burlona se dibujó en el rostro de Federico.
“Te duele que tu vieja ande pensando en otro, ¿verdad? Te entiendo, pero no podemos dejarnos
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Capitulo 541
manipular por una loca.”
Isaac encendió el auto, el motor ronroneando suavemente mientras avanzaban.
No habían recorrido ni diez metros cuando el auto se detuvo en seco, las llantas chirriando contra el asfalto.
El cuerpo de Federico se proyectó hacia adelante violentamente.
“¡Órale! ¿Qué te pasa? ¿Me quieres matar o qué?”
Isaac permanecía inmóvil, su mirada fija en algún punto del horizonte, como si hubiera visto un
fantasma.
Federico agitó su mano frente al rostro de su amigo.
“¿Qué mosca te picó? ¿Te quedaste ido o qué?”
El dedo de Isaac se alzó tembloroso, señalando hacia el frente.
“Las cámaras… ¿ves esas cámaras de seguridad?”
“¿Qué tienen?”
La voz de Isaac se elevó con renovada energía, sus ojos brillando con determinación.
“Necesito revisar esas grabaciones. Tengo que saber si Cynthia ha estado recibiendo visitas. Algo me dice que su deterioro tan repentino esconde algo más.”
Federico acompañó a Isaac hasta el centro de monitoreo. En la sala de computadoras, comenzaron a revisar las grabaciones una por una.
Los minutos se arrastraban como horas.
Federico había sucumbido al cansancio hace rato, cabeceando en su silla. Solo Isaac mantenía sus ojos clavados en la pantalla, la determinación ardiendo en su mirada.
Los visitantes del hospital psiquiátrico eran escasos, y cada rostro era minuciosamente analizado por Isaac.
Rostro tras rostro, todos desconocidos.
Hasta que apareció. Un hombre en silla de ruedas, y el corazón de Isaac dio un vuelco inexplicable.
“¡Federico! ¡Despierta!”
Federico parpadeó pesadamente, enfocando su mirada en la pantalla.
El hombre en la silla de ruedas llevaba una camiseta negra y pantalones de vestir. A pesar de las gafas oscuras y la gorra que ocultaban parte de su rostro, había algo en su porte que delataba su origen. Un aire de autoridad, de poder, que ni siquiera la silla de ruedas podía disminuir.
Federico, aún adormilado, se rascó la cabeza.
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“¿Qué tiene de especial?”
Los ojos de Isaac brillaron con intensidad.
“¿No se te hace conocido?”
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