Capítulo 2
La decisión de tener hijos entre ella y Rafael permanecía exclusivamente en manos de él. Amelia reflexionaba sobre esto mientras se apoyaba en la ventana del auto, sumergida en sus pensamientos. Evocó sin motivo aparente cómo, cuatro años atrás, Rafael la había recogido del aeropuerto y llevado de regreso a casa, durante un invierno de julio tan gélido como el actual.
Al ingresar a la residencia en Nordelta, abrió la puerta y encontró todo sumido en penumbras. Sin embargo, un sutil aroma a tabaco impregnaba el ambiente.
Amelia se estremeció y alzó la cabeza abruptamente.
En la oscuridad, una brasa rojiza titilaba como un ojo vigilante.
De pronto, las luces de la habitación se encendieron.
Rafael permanecía de pie junto a la ventana, ataviado con un traje azul marino. Llevaba desabrochados algunos botones del cuello de su camisa, y ceniza de cigarrillo se acumulaba
en su mano.
-Parecés sorprendida, ¿hiciste algo que no deberías?
El tono de Rafael era cortante, y Amelia no logró discernir si estaba bromeando.
-No, creí que la casa estaba vacía. Tu asistente me informó que regresabas pasado mañana.
-Ese era el plan original -Rafael avanzó unos pasos, se inclinó para apagar el cigarrillo en la mesa de centro y se dejó caer en el sofá, recostándose mientras la observaba-. Vení acá.
No explicó el motivo de su repentino regreso, y ella tampoco indagó, pues carecía de ese derecho. En este matrimonio, su función consistía en complacerlo, aparentar sumisión ante él, para que la familia Córdoba continuara preservando su dignidad.
Depositó las llaves del auto y estaba por quitarse los zapatos cuando escuchó su voz glacial.
-Dejálos puestos.
Amelia se mordió el labio y caminó con los tacones hacia el sofá.
Rafael extendió la mano y la atrajo hacia su regazo.
Emanaba un intenso aroma a tabaco; era imposible determinar cuántos cigarrillos había consumido. Instintivamente, dirigió su mirada hacia el cenicero sobre la mesa de centro y advirtió una capa de colillas, al menos una docena.
-¿Estás de mal humor?
Jamás había presenciado a Rafael fumando con tal intensidad.
Rafael permaneció en silencio, y ella instantáneamente se arrepintió de haber cruzado aquella línea invisible.
Él elevó con delicadeza su barbilla.
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Capítulo 2
Amelia poseía una belleza auténtica, con rasgos definidos y piel nívea y resplandeciente, comparable con la nieve; sus ojos resultaban cautivadores, semejantes a los de un pequeño zorro, capaces de embelesar a cualquiera sin esfuerzo.
-¿Adónde fuiste?
El corazón de Amelia palpitaba aceleradamente:
-Me encontré con alguien de la escuela.
-¿Hombre o mujer?
-Mujer, por supuesto.
Durante cuatro años de matrimonio, aunque no conocía profundamente a Rafael, sabía de su extrema posesividad. Resultaba impensable confesarle su encuentro con Esteban.
Rafael esbozó una sonrisa ambigua y la incorporó para que se arrodillara en el sofá, apartando su cabello del cuello, sus dedos rozando su piel, ligeramente fríos.
Amelia sólo estableció una condición: apagar las luces.
“Rafael no me ama”.
Lo sabía perfectamente.
Porque cada vez que ocurría esto, experimentaba una profunda humillación.
Afortunadamente, al menos su cuerpo le resultaba atractivo.
Quizás debido a su estado de ánimo alterado, esa noche fue particularmente intenso con ella.
Después, Rafael encendió la lámpara de pie contigua al sofá y le arrojó una liviana manta color borgoña antes de incorporarse y alejarse.
Él permanecía completamente vestido, exceptuando la chaqueta del traje que había depositado a un lado. Amelia, por el contrario, yacía completamente desnuda sobre el sofá, con sus hombros frágiles expuestos, y sus piernas blancas y proporcionadas pendiendo del borde.
Estaba exhausta, sudorosa, sin energías y experimentaba una intensa incomodidad. Por un momento se sintió degradada, pero no tenía otra alternativa más que soportarlo. Giró la cabeza y vislumbró de reojo el desorden esparcido por el suelo.
No concebían hijos; Rafael siempre adoptaba las precauciones necesarias. Consideró que esa constituía quizás su mayor virtud: ser responsable. Al menos no tenía que recurrir a
anticonceptivos.
Rafael emergió del baño tras ducharse y encendió la lámpara de araña en la sala.
Amelia continuaba tendida en el sofá.
-¿Todavía no te bañaste?
Amelia se vio forzada a incorporarse envuelta en la manta.
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Capítulo 2
“Este hombre despiadado”, reflexionó, “ni siquiera puede permitirme descansar un momento más”.
Se dirigió hacia el baño, caminando con evidente dificultad.
Rafael repentinamente advirtió algo y, cuando ella pasaba junto a él, extendió su mano y rodeó su delicada cintura.
Sus ojos alargados la examinaron, con la mirada descendente:
-¿Te lastimé?
Amelia se mordió el labio. “¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Acaso está ciego?”
Sin embargo, no tuvo más alternativa que resistir:
-Un poco, sí.
De improviso, Rafael la alzó completamente en brazos.
Amelia quedó ligeramente sorprendida.
-Te llevo a darte un baño -pronunció Rafael con voz indiferente.
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La Directora de mi Histora 2
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Posted by ? Views, Released on March 15, 2025
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La Directora de mi Histora
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