Capítulo 99
Los ojos de Simón ardían de furia. Violeta, maestra del teatro emocional, dejó que su voz se quebrara en un sollozo estudiado.
-¡No hagas una locura, Violeta! Todo esto se va a arreglar, te lo prometo. Que la gente se entere no cambia nada.
Una risa amarga escapó de los labios de Violeta. Su figura delicada temblaba bajo el viento helado, la imagen perfecta de una flor marchitándose en la tormenta.
-Ya no intentes consolarme, Simón. Ya vi todo lo que dicen de mí en Instagram…
Sus dedos se aferraron al barandal mientras su voz se quebraba.
-El no poder estar contigo ya me había quitado las ganas de vivir… y ahora… ya ni siquiera quiero respirar un segundo más.
Sus ojos, llenos de un falso dolor calculado, se clavaron en mí.
-Hermana, ya entendí… Sé que me odias porque papá y mamá me adoptaron, porque tuviste que compartir su amor conmigo.
Una lágrima perfectamente cronometrada rodó por su mejilla.
-Pero yo siempre te quise como a una hermana mayor de verdad. ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué me lastimas una y otra vez?
El viento helado me cortaba la piel, pero no tanto como la hipocresía en su voz.
-¿Qué te hice para que quieras verme muerta?
Antes de que pudiera responder, soltó otra risa vacía.
-Ya no importa… nada importa ya. Hermana, me voy a morir y así te devuelvo tu familia completa, ¿contenta?
Hizo el ademán de soltar el barandal, pero sus dedos “accidentalmente” resbalaron y se aferró con más fuerza. Su grito de pánico, aunque fingido, heló la sangre de todos los presentes.
Mis padres estaban al borde de la histeria.
Simón dio un paso hacia ella, pero Violeta levantó una mano temblorosa.
-¡No te acerques, Simón! ¡Si das un paso más, me aviento ahora mismo!
-Por favor, Violeta, no lo hagas…
Antes de que Simón pudiera continuar, mi padre me agarró del brazo con brutalidad y me
arrastró hacia ella.
-¡Tú, desgraciada! Ve y pídele perdón a tu hermana. Y si no te perdona, si no quiere bajar…
Sus dedos se clavaron en mi piel como garras.
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Capitulo 99
-¡Pues te mueres con ella!
Mi padre me forzó a arrodillarme frente a Violeta. Una sonrisa maliciosa bailó en sus labios por un instante, tan rápido que solo yo pude notarla.
-No, papá, no seas así con mi hermana.
Su voz destilaba una dulzura venenosa.
-No necesito que me pida perdón. Déjala que se acerque.
Sus ojos brillaron con un destello peligroso.
-Ven, hablemos una última vez. Quiero saber por qué me odias tanto, por qué no quieres que
viva.
La trampa era tan obvia que casi me reí.
-Dímelo, y así podré morir sin remordimientos.
“Si crees que voy a caer en tu juego, estás muy equivocada“, pensé.
-Papá, mejor no me dejes ir. ¿Qué tal si voy y Violeta decide morirse sin remordimientos? ¿Qué
hacemos entonces?
Mi padre, que estaba a punto de empujarme, se detuvo en seco.
Violeta se quedó muda, su plan frustrado por un momento.
El frío pareció congelar el tiempo mientras todos procesaban mis palabras.
Pero entonces Simón, con un movimiento brusco, me agarró y comenzó a arrastrarme hacia
Violeta.
El pánico me invadió. Me retorcí intentando liberarme.
-¡Simón, vas a dejar que Violeta se muera sin remordimientos!
El silencio de Simón solo hizo que su agarre se volviera más brutal.
-¡Me quieres matar! ¡Estás intentando asesinarme!
Mis gritos se perdían en el viento mientras él me arrastraba inexorablemente hacia el borde. Si mi muñeca no estuviera ya lesionada de antes, seguramente me la habría roto de nuevo, causándome un daño permanente.
Cuanto más nos acercábamos al borde, más desesperada se volvía mi resistencia. De pronto, Simón se inclinó hacia mí. Su aliento caliente contra mi oreja contrastaba con la frialdad de sus palabras.
-Violeta está furiosa contigo. Quiere que tengas un “accidente“, por eso te quiere cerca del borde. Así que compórtate y no la hagas esperar mucho en este frío. Ya sabes lo delicada que es, no puede estar tanto tiempo aquí afuera.
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