Capítulo 6
Bajé la mirada y esbocé una sonrisa tenue, intentando mantener la calma.
-Sí, ya sé que te has esforzado mucho, hermano.
Aunque solo estaba siguiéndole la corriente, sin ánimo de reproche, algo en mi tono pareció irritarlo. Sus hombros se tensaron y su mandíbula se apretó.
-Si estás enojada, dilo de frente. ¡No te hagas la mártir con esos tonitos!
El silencio pesó entre nosotros mientras observaba cómo su rostro se transformaba por la ira
contenida.
-Nosotros no fuimos a verte, ¿pero tú qué? ¿Ya te pusiste a pensar qué hiciste mal? ¡Por una heridita de nada te quedaste más de tres meses en el hospital! ¡Nadie es tan dramática como
tú!
Sus palabras siguieron fluyendo como veneno.
-¡Con razón papá y mamá prefieren a Violeta que a su propia hija! Si sigues así, ¡nadie te va a querer nunca!
Una risa amarga brotó de mi garganta. ¿Qué más podía hacer ante semejantes acusaciones? Mi querido hermano parecía haber olvidado mi terror a los hospitales desde niña.
Los recuerdos se agolparon en mi mente: yo, pequeña y asustada, resistiéndome con todas mis fuerzas cada vez que me enfermaba. Siempre tenían que convencerme durante horas para que aceptara ir al doctor.
Si pudiera evitarlo, ni un segundo pasaría en ese lugar de paredes blancas y olor a desinfectante. Así que no me vengan con el cuento de que armé un escándalo sin razón.
Aunque hubiera querido llamar la atención, ¿qué sentido tendría fingir una enfermedad durante tanto tiempo?
Mi hermano continuó su diatriba, cada vez más alterado.
-Mientras tú te la pasabas tan tranquila en el hospital, no tienes idea de todo lo que tuve que hacer: la empresa, papá y mamá…
Siguió enumerando sus sacrificios como si fueran medallas de honor, hasta que finalmente, con un suspiro de agotamiento, suavizó su tono.
-Ya, olvídalo. Ni modo, me tocó ser tu hermano. Por más difícil que seas, no puedo
abandonarte.
Intentó sonar magnánimo.
-¿Te acuerdas cómo te cuidaba de chiquita? ¡Nadie en este mundo te ha tratado mejor que tu hermano!
Lo miré fijamente mientras un dolor agudo me atravesaba el pecho. Era cierto, mi hermano había sido maravilloso conmigo, el mejor hermano que alguien podría desear.
Todo cambió cuando mis padres adoptaron a Violeta, después de que ella quedara huérfana.
Recién salida del hospital, la debilidad me consumía. No pasó mucho tiempo antes de que el suave movimiento del auto me arrullara hasta dormirme.
Cuando mi hermano me despertó, el paisaje a través de la ventana me resultó extraño. Me tomó varios segundos orientarme bajo su mirada impaciente.
-Este lugar no parece ser…
No pude terminar la frase. Mi hermano me jaló del brazo para sacarme del auto.
-Vámonos, ya te escondiste más de tres meses. ¡Es hora de que le pidas disculpas a Violeta!
Un suspiro escapó de mis labios. Ahora entendía por qué había encontrado tiempo en su apretada agenda para recogerme: todo era parte de su plan.
Antes de que pudiera protestar, continuó presionando.
-Por tu culpa la secuestraron y estuvo resfriada más de una semana. Tienes que disculparte.
No quería ir. Aunque había olvidado algunas cosas, recordaba perfectamente el comportamiento sospechoso de Violeta con los secuestradores. Había demasiadas preguntas sin respuesta.
Pero mi cuerpo, aún débil y adolorido, no me permitía resistirme. Cada movimiento era una tortura. Así que lo seguí en silencio.
Al llegar al reservado del bar, el ambiente era festivo. Un grupo rodeaba a una pareja,
vitoreándolos.
-¡Beso! ¡Beso! ¡Beso!
La atmósfera me contagió y, sin pensarlo, me uní al coro.
Mi voz debió destacar porque el bullicio cesó de golpe. Todos los ojos se clavaron en mí.
El calor subió a mis mejillas, pero mantuve mi sonrisa desafiante.
-¡No me miren así! Sigan, sigan, que hacen bonita pareja.
Clavé mi mirada en el hombre del centro, mi supuesto esposo legal.
-No te preocupes por mí, ¡tú síguele! Vine a darles mi bendición.