Capítulo 53
La luz matutina inundaba la habitación del hospital con un resplandor dorado que parecía burlarse de la tensión que flotaba en el aire. A través de la puerta entreabierta, Romeo observaba a Inés con una suavidad en la mirada que hacía tiempo no dirigía a su esposa. Sus hombros, habitualmente rígidos, se relajaban visiblemente en presencia de la otra mujer.
-El trabajo puede esperar -murmuró con una calidez impropia de él-. Tú eres mi prioridad
ahora.
Los dedos de Irene se crisparon sobre la tela de su bata, sus nudillos tornándose blancos por la presión. El rostro, ya pálido por el accidente, adquirió un tono casi traslúcido. La escena frente a ella era como un puñal retorciéndose en su pecho: la gentileza de Romeo hacia Inés, esa atención que alguna vez había sido suya.
Natalia, con la indignación brillando en sus ojos, abrió la boca para intervenir.
Los dedos temblorosos de Irene se cerraron alrededor de la muñeca de su amiga.
-Vámonos de aquí -susurró con voz apenas audible.
No confiaba en su capacidad para mantener la compostura, y menos aún en su cuerpo debilitado. Si la situación escalaba, Natalia sin duda saltaría en su defensa, y lo último que necesitaba era arrastrar a la familia Aranda a este desastre matrimonial. Además, ahora todo tenía sentido: Romeo no había respondido a su llamada de emergencia porque estaba ocupado llevando a Inés al médico. Una risa amarga amenazó con escapar de su garganta. ¿No debería sentirse aliviada? Al menos tenía una explicación.
Natalia se mantuvo firme, sus ojos clavados en la escena que se desarrollaba dentro de la habitación como si quisiera grabarla a fuego en su memoria.
Inés, con movimientos deliberadamente delicados, se deshizo del vendaje que cubría su muñeca. La piel debajo mostraba apenas un leve enrojecimiento.
-¿Ves? No es nada -ronroneó, deslizándose fuera de la cama con la gracia de una bailarina.
Sus tacones resonaron suavemente contra el piso mientras se acercaba a Romeo. Con un gesto estudiadamente vulnerable, tiró de la manga de su camisa.
-Sácame de aquí. Sabes que detesto los hospitales.
Romeo tomó su muñeca con una delicadeza que Irene recordaba de tiempos mejores. Sus dedos, aquellos que tantas veces la habían acariciado a ella, examinaron la piel de Inés con meticulosa atención.
-De acuerdo -cedió con un suspiro que sonaba más a satisfacción que a resignación.
La sonrisa que iluminó el rostro de Inés era radiante. Se aferró al brazo de Romeo como si fuera su derecho natural, y juntos se dirigieron hacia la salida.
El encuentro fue inevitable. En el umbral de la puerta, cuatro miradas colisionaron en un
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Capítulo 53
instante cargado de electricidad. Mientras Natalia se plantaba como una leona protegiendo a su cría, Irene sentía que su cuerpo se convertía en plomo. Sus ojos, traicioneros, buscaron los de Romeo. La familiaridad con que Inés se pegaba a él era como ácido corroyendo sus
entrañas.
Su mirada, ahora tan fría como el hielo, se encontró por un momento con la de Romeo antes de apartarla como si el contacto visual la quemara.
-Vámonos, Nati.
Natalia, en un gesto de cruda defensa, levantó el dedo medio hacia Romeo antes de girar la silla de ruedas de Irene en dirección contraria.
-Romeo -la voz de Inés flotó tras ellas, dulce y venenosa-, ¿no es esa tu empleada? Y la
otra… me suena familiar…
El rostro de Romeo se tensó, sus ojos fijos en el vendaje que decoraba la frente de Irene como una acusación silenciosa. Con un movimiento casi mecánico, extrajo su celular del bolsillo. La pantalla brilló con decenas de llamadas perdidas, la mayoría de Irene.
La culpa, esa emoción que tan cuidadosamente mantenía a raya, comenzó a filtrarse por las grietas de su fachada. Podría ser frío, incluso cruel, pero ¿ignorar a su esposa cuando estaba hospitalizada? Eso cruzaba una línea que ni siquiera él se había atrevido a contemplar.
-Romeo -Inés lo estudiaba con ojos calculadores-, ¿me ayudarías con la mudanza después
de la reunión?
-Que Gabriel se encargue -cortó secamente, la mirada herida de Irene aún quemando en su memoria.
Sacó un cigarrillo y lo encendió con un movimiento brusco.
-Nos vamos.
La decepción cruzó el rostro de Inés por un instante antes de ser reemplazada por su sonrisa
habitual.
-Claro, tienes razón. Le diré a Gabriel que contacte una empresa de mudanzas -se apresuró tras él mientras caminaban hacia el estacionamiento-. Cuando esté instalada, podrías
visitarme…
Romeo avanzaba en silencio, el humo del cigarrillo formando una estela tras él. Al llegar al Maybach, abrió la puerta del pasajero con un gesto automático.
Inés se deslizó en el asiento, aprovechando para sacar un espejo y retocarse el labial. A través del reflejo, observó a Romeo quedarse fuera, el celular en una mano cuyas venas se marcaban por la tensión.
La llamada fue breve. Irene colgó al primer timbre.
El rostro de Romeo se ensombreció, y por primera vez en mucho tiempo, algo parecido al remordimiento cruzó sus facciones.
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