Capítulo 437
Una sensación de extrañeza e intriga se había instalado en mi interior durante las últimas semanas. El comportamiento de Simón desafiaba toda lógica: él, que siempre encontraba pretextos para buscarme, que aparecía en mi vida como una sombra persistente, ahora brillaba por su ausencia. El silencio que tanto había anhelado por fin era mío, pero su repentina llegada me desconcertaba.
Decidí no indagar en las razones de su distanciamiento. Al fin y al cabo, esta paz era precisamente lo que había estado buscando durante tanto tiempo. Los días se deslizaban con una tranquilidad que casi había olvidado cómo saborear.
La vida, sin embargo, tiene una manera peculiar de sacudir nuestras certezas. Una tarde cualquiera, mientras disfrutaba de mi almuerzo, un aroma familiar atravesó el aire como una flecha certera: pescado a la plancha. Mi estómago se revolvió con violencia, y apenas tuve tiempo de correr hacia el baño, donde mi cuerpo expulsó hasta el último resquicio del desayuno.
-¡Señorita Miranda! -La voz alarmada de Doña Carmen, mi cocinera, resonó desde el umbral del baño. ¿Qué le pasó? ¡Le aseguro que todos los ingredientes son de primera!
El orgullo profesional vibraba en su voz. No era para menos: la familia siempre había sido generosa con el presupuesto de la cocina, y Doña Carmen se jactaba de usar solo productos premium, frescos y orgánicos.
Mientras recuperaba el aliento, una revelación comenzó a tomar forma en mi mente. No era un malestar estomacal común: no había dolor, no había mareos previos. Solo ese olor… ese olor a pescado que había desatado todo.
-Señorita Miranda… -La voz de Doña Carmen se suavizó, adquiriendo un tono casi maternal-. ¿No estará…? -Se interrumpió, mordiéndose el labio-. ¿No estará embarazada?
Sus palabras cayeron como una bomba en el pequeño espacio del baño. De inmediato, su rostro se tiñó de un rojo intenso.
-¡Ay, disculpeme! -Se apresuró a rectificar-. ¡Qué cosa tan imprudente acabo de decir!
La vergüenza era palpable en su voz. Después de todo, llevaba dos años trabajando para mí, tiempo suficiente para conocer mi rutina solitaria entre el laboratorio y casa.
-¡Debe ser faringitis! -exclamó, aferrándose a una explicación más plausible-. Sí, cuando uno tiene la garganta inflamada, el olor a pescado puede causar estas reacciones.
Pero mientras ella elaboraba teorías sobre mi malestar, mi mente había comenzado a tejer una red de coincidencias perturbadoras. El olor al pescado podría ser casualidad, pero había algo más: mi periodo llevaba más de veinte días de retraso.
“No puede ser“, me repetía mentalmente. Los experimentos en el laboratorio siempre alteraban
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mi ciclo; no era raro que pasaran meses sin que mi periodo se presentara. Sin embargo, la combinación de síntomas…
Y luego estaba esa noche con Simón, hacía poco más de un mes. El tratamiento cerrado al que me habían sometido después, la falsa seguridad de nuestra infertilidad documentada por más de un año de intentos fallidos…
Esa misma tarde, con las manos temblorosas, compré varias pruebas de embarazo. Diferentes marcas, diferentes precios, pero todas coincidieron en su veredicto: dos líneas rojas, tan brillantes como una sentencia.
Mis piernas cedieron y me deslicé hasta el suelo del baño, la mente convertida en un torbellino de pensamientos contradictorios.
“¿Por qué ahora? ¿Por qué así?”
La ironía era cruel. Siempre había soñado con ser madre. Después del desastre con Nicolás Valdés, había llegado a la conclusión de que no necesitaba un matrimonio, solo un hijo. Incluso había considerado la inseminación artificial como una opción viable. Pero esto… un hijo de Simón… era la última cosa que deseaba en el mundo.
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