Capítulo 422
La penumbra de la sala se cernía sobre nosotros como un manto de seda negra, mientras mi voluntad se desvanecía como arena entre los dedos. El peso de Simón me aprisionaba contra el suelo, y su respiración agitada resonaba en mis oídos como el eco de una tormenta lejana.
Mis manos temblorosas se agitaban en el aire, buscando desesperadamente algo, cualquier cosa, que pudiera servir como escudo contra esta avalancha de emociones y sensaciones que amenazaba con arrastrarnos a ambos.
“No puede terminar así“, pensé, mientras el pánico y la desesperación se entrelazaban en mi pecho. “No ahora que por fin había encontrado el valor para dejarlo ir.”
Con un esfuerzo sobrehumano, mis dedos rozaron el lomo de un libro. Lo aferré como si fuera un salvavidas en medio de un mar embravecido y, reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban, lo estrellé contra su cabeza. El impacto, en lugar de devolverle la cordura, pareció
desatar una tormenta más intensa en su interior.
“¿Por qué el destino insiste en burlarse de mí?“, las palabras resonaban en mi mente como un eco infinito. “Justo cuando creía haber encontrado la salida de este laberinto emocional…”
Como una danza macabra orquestada por el mismo destino, sus movimientos eran imparables, como las olas del mar embistiendo contra los acantilados. Mi cuerpo, debilitado por los acontecimientos anteriores, apenas podía oponer resistencia.
“No quiero volver a ese ciclo interminable“, mi consciencia gritaba en silencio. “No quiero regresar a ese limbo donde no puedo tenerlo ni dejarlo ir.”
Cuando por fin el sueño lo venció y su respiración se volvió profunda y regular, me deslicé como una sombra hasta el sofá. Con dedos temblorosos, tomé el teléfono y marqué el número
de mi asistente.
-¿Puedes venir? -mi voz sonaba distante, casi irreconocible-. Trae ropa y… no vengas sola.
Mi asistente, que había estado al borde de llamar a la policía ante mi prolongado silencio, respondió con un alivio palpable en su voz.
-Voy para allá.
Cuando llegó, no permití que entrara. El Simón que yacía inconsciente en la sala no era el mismo hombre que yo conocía, y algunas verdades era mejor mantenerlas en la oscuridad. Me cambié apresuradamente y me marché sin mirar atrás, como quien huye de sus propios fantasmas.
El tiempo retrocedía como las manecillas de un reloj enloquecido, y la escena se trasladaba a Carla López, quien vagaba por el piso veintiséis como un alma en pena. La desesperación se reflejaba en cada uno de sus movimientos mientras buscaba frenéticamente a Simón.
Sus tacones resonaban contra el suelo como el tic–tac de un reloj que marcaba el tiempo de su
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fracaso. Sus manos se enredaban en su cabello, arrancando mechones en un acto de pura frustración.
“Simón y Luz Miranda“, el pensamiento ardía en su mente como brasas al rojo vivo. “Son mi maldición personal.”
La ironía de su situación le provocaba una risa amarga. Ella, que provenía de una posición privilegiada, se encontraba ahora arrastrándose en las sombras, derrotada una y otra vez por aquellos a quienes consideraba inferiores.
De pronto, una figura alta emergió de la oscuridad como un espectro, su rostro oculto tras una máscara. El sobresalto la hizo retroceder.
-¿También se te escapó tu presa? -la voz del desconocido atravesó el aire como un susurro envenenado.
Algo en aquella presencia le resultaba extrañamente familiar, como un eco distante de un recuerdo olvidado. La ausencia de amenaza en su voz la mantuvo en su lugar, permitiéndole
recuperar su compostura.
-¿También? -respondió Carla, mientras su mente procesaba la implicación de aquellas palabras. ¿Acaso no era la única cuyo plan se había desmoronado esa noche?
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