apítulo 375
La tarde moría en el horizonte mientras Pedro observaba el video eCn la penumbra de su despacho. La luz azulada de la pantalla se reflejaba en sus ojos cansados, dibujando sombras inquietas sobre su rostro curtido por los años.
-¿Así que esta es la mujer que cautivó a Rafael? ¿Por ella rechazó el matrimonio con la señorita Blackwood? -su voz resonó grave y pausada en la habitación.
El mayordomo, una figura silenciosa que se fundía con las sombras del atardecer, inclinó levemente la cabeza.
-Así es, señor.
* Una risa amarga brotó de los labios del anciano, áspera como papel de lija.
-Qué decepción. No me sorprende que ni siquiera se acerque al nivel de su tío.
La comparación flotó en el aire como un veneno sutil. Rafael, a pesar de su brillantez, palidecía ante la figura de Alejandro, quien a su misma edad ya había elevado el apellido Ortega a la cúspide de Villa Santa Clara. En estrategia, en visión, en todo, la sombra del tío eclipsaba al sobrino.
mayordomo permaneció inmóvil, como una estatua vigilante en la penumbra.
-Si esta familia tuviera otra opción… -Harold Wilson golpeó su bastón contra el suelo, el sonido reverberó en las paredes como un latido furioso. Su imperio, construido sobre la fortuna de los casinos, se alzaba sobre cimientos manchados por la oscuridad del pasado, rodeado de enemigos que acechaban como buitres hambrientos.
“Tres hijos y una hija“, pensó con amargura. El tiempo, ese ladrón implacable, se los había arrebatado uno a uno, llevándose también a sus nietos. Solo quedaba este muchacho, el último vestigio de su hija fallecida. Un joven talentoso, respaldado por un tío poderoso… apenas suficiente para considerarlo heredero.
-Me han dicho que esa mujer tiene una empresa -murmuró el anciano.
-Así es, señor.
-Envía a alguien. Que aprenda su lección -la orden cayó
o una sentencia en la oscuridad creciente.
-Como ordene -el mayordomo se desvaneció en las sombras, llevándose consigo el peso de aquella orden.
El aeropuerto bullía con la energía propia de un día agitado cuando salí del baño, ya con ropa más cómoda para el viaje. El tiempo justo para abordar.
La primera clase del vuelo internacional ofrecía cabinas privadas, pequeños santuarios de lujo entre las nubes. Mientras seguía a la azafata por el pasillo alfombrado, el asistente de Alejandro emergió de una de las cabinas, su rostro transformándose en sorpresa al verme.
-¡Señorita Miranda! -exclamó con una inclinación apresurada.
Mi mirada se deslizó de su rostro hacia la puerta entreabierta.
-¿El señor Ortega viaja en este vuelo?
-Sí, señorita.
La cortesía dictaba un saludo. Después de acomodar mi equipaje, mis pasos me llevaron a su cabina. Alejandro, impasible como siempre, hablaba por teléfono. Un gesto silencioso me invitó a tomar asiento mientras su voz fluía en francés impecable, cada palabra tan natural como si hubiera nacido en París.
Cuando la llamada terminó, sus ojos se posaron en mí con ese brillo de quien todo lo sabe.
-¿Vas a Francia al congreso de intercambio académico?
-Así es -respondi, sin sorprenderme por su conocimiento. Para alguien de su posición, mis movimientos eran como un libro abierto.
-¿No has comido? Ordenemos algo su mano se movió hacia el timbre de servicio con elegancia estudiada.
Dispués de que la azafata tomara nuestro pedido, mis pensamientos regresaron a un asunto pendiente. La imagen de
pleta en las pantallas del aeropuerto, presentada como una promesa artística, había revuelto algo en mi interior.
-Señor Ortega, ¿ha vuelto a preguntarle a mi papá?
18:55
Capitela 875
Tu padre mencionó que para mejorar la salud de Violeta, le recetó diversos medicamentos. No puede precisar cuál tuvo ese efecto.
O quizá fue la combinación de todos.
-Ya ordené que investiguen esos medicamentos
su voz se suavizó-. Pero llevará tiempo.
El silencio se instaló entre nosotros, pesado con preguntas sin respuesta. Decidí no insistir más.