Capítulo 36
Los dedos de Simón se clavaban en mi muñeca como garras de acero. Un dolor agudo me recorría el brazo, pero me mantuve firme, sosteniendo su mirada con frialdad. La rabia me hervía por dentro, pero no iba a darle la satisfacción de verme luchar.
-No voy a disculparme por algo que no hice.
Simón apretó la mandíbula, sus ojos oscureciéndose con esa familiar mezcla de ira y decepción que últimamente parecía reservar solo para mí. Se acercó tanto que pude oler su loción cara mezclada con el aroma a café de su aliento.
-¿Qué prefieres entonces? ¿Disculparte o que te meta a la cárcel? Tú decides.
Una risa amarga amenazó con escapar de mi garganta. Por supuesto, él siempre había creído que lo del lago había sido un accidente… hasta que Celeste, en su histeria, amenazó con llamar a la policía. Solo entonces su cerebro procesó la posibilidad de que su adorada Violeta hubiera sido empujada. Y naturalmente, ¿quién más podría ser la culpable sino yo?
-¿Te das cuenta de que casi la matas esta vez? -Su voz temblaba de indignación contenida-. Después de todo lo que hice para mantenerlas separadas, ¿por qué sigues con ese odio enfermizo hacia ella? ¿Por qué la empujaste?
Los músculos de mi cara se tensaron involuntariamente. Sus palabras me golpeaban como bofetadas, cada una más dolorosa que la anterior.
-Luz, por una vez en tu vida, ¿no puedes tener un poco de compasión por Violeta?
Ahí estaba otra vez, escribiendo su propia versión de la historia donde yo siempre era la villana. Sin molestarse en investigar, sin cuestionarse nada. Para él, como para el resto de mi “familia“, todo se reducía a mi supuesta crueldad hacia la pobre e indefensa Violeta.
El asco me subió por la garganta como bilis. Era el mismo patrón que se repetía desde que ella llegó a nuestras vidas. Papá, mamá, mi hermano… todos caían en lo mismo. No importaba qué sucediera, la culpa siempre recaía sobre mí. Yo era la cruel, la intolerante, la que no podía aceptar a la dulce Violeta.
El odio me carcomía por dentro. Ya no aguantaba más esta farsa, esta familia que se había convertido en un nido de víboras. Lo único que deseaba era alejarme de todos ellos, cortar cualquier lazo que me atara a este circo de hipocresía.
Por el rabillo del ojo, noté la expresión preocupada del profesor Montes. Sus ojos iban de mi muñeca cautiva a la cara de Simón, evaluando si debía intervenir. Con una mirada sutil, le indiqué que se mantuviera al margen. Aunque su prestigio académico era considerable, sabía que para alguien como Simón, con sus conexiones y su poder económico, sería demasiado fácil destruir la carrera de un simple profesor. No iba a permitir que su bondad hacia mí le
costara tan caro.
Exhalé lentamente, forzando una máscara de falsa sumisión sobre mi rostro.
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Capítulo 36
-Está bien, iré a disculparme -cedí, manteniendo mi voz deliberadamente suave-. Pero suéltame primero, me estás lastimando.
Al mencionar el dolor, Simón me soltó como si mi piel le quemara. Sus ojos se clavaron en la marca rojiza que sus dedos habían dejado en mi muñeca pálida, y por un momento, algo parecido al remordimiento cruzó su rostro.
Cuando me disponía a seguirlo, la voz del profesor Montes me detuvo. La preocupación en sus ojos era evidente; sabía que yo no era capaz de algo así, que esta disculpa forzada era una injusticia más.
Le dediqué una sonrisa tranquilizadora. Esta disculpa la iba a dar, sí, pero no de la forma que ellos esperaban. Quería ver la cara de Violeta cuando se viera obligada a aceptarla.
Al ver mi sonrisa dirigida al profesor, los puños de Simón se cerraron con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. No recordaba cuándo fue la última vez que le había sonreído así a él. Me miró con una expresión indescifrable, como si quisiera decir algo pero las palabras se le atoraran en la garganta.
Años atrás, esa mirada me habría destrozado. Me habría preguntado qué había pasado con el Simón que me trataba con tanto cariño, qué lo había cambiado tanto después del regreso de Violeta. Pero ahora… ahora simplemente no me importaba. Sus razones, sus sentimientos, sus conflictos internos… todo eso ya no era mi problema.
Cuando decidía dejar algo atrás, lo hacía sin titubeos, sin miradas nostálgicas al pasado. Y esta vez no sería diferente.
Al entrar en la habitación del hospital, la escena que encontramos era digna de una tarjeta postal familiar. Mi madre, con una delicadeza que jamás había mostrado conmigo, le daba cucharadas de caldo de pollo a Violeta. Sus movimientos eran tan suaves, tan llenos de ese amor maternal que yo nunca conocí… Era casi fascinante ver esta faceta suya.
Las caras de mis padres se ensombrecieron al instante al verme. Por alguna razón retorcida, su evidente disgusto me provocó una chispa de satisfacción. Arqueé una ceja mientras miraba a mi “querida” hermana.
-Vaya, vaya… Escuché que mi hermanita recibió la medicina equivocada y acabó en emergencias -comenté con falsa preocupación-. ¿Qué pasó? ¿La sala de urgencias ahora tiene servicio de spa? Porque mírate nada más, radiante como si vinieras de un día en el salón de belleza.
Una risa amarga se me escapó. La ironía era deliciosa. Cuando yo salía de emergencias, parecía un cadáver ambulante. Ella, en cambio, resplandecía como si acabara de salir de un comercial de cremas faciales. La vida tenía un sentido del humor bastante peculiar.
La indignación transformó las caras de mis padres en máscaras de furia.
-¡Luz! ¿Cómo te atreves a hablar así? -La voz de mi madre tembló de rabia contenida.
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