Capítulo 352
La indignación bullia en el pecho de Ángeles mientras era escoltada fuera de la habitación. Sus pensamientos, alimentados por décadas de servicio a la élite de la sociedad, se arremolinaban en una tormenta de ultraje y desprecio.
“¡Qué descaro! ¡Qué vulgaridad!”
El rostro de la veterana sirvienta se contrajo en una mueca de desprecio. A lo largo de sus años de servicio en las mansiones más prestigiosas, había cultivado un refinado sentido de lo que significaba pertenecer a la alta sociedad. Para ella, la verdadera aristocracia se distinguía no por sus posesiones materiales, sino por una dignidad inherente, un código tácito de conducta que privilegiaba la mesura y la consideración por encima de los arranques impulsivos.
Sus ojos oscuros relampaguearon con desprecio al recordar la violencia del encuentro. La verdadera nobleza, pensaba, residía en la capacidad de resolver los conflictos con elegancia y diplomacia. El comportamiento brutal de aquellos advenedizos era, en su opinión, la prueba irrefutable de su origen plebeyo.
En la habitación, Simón extendió su mano hacia mí con un gesto protector.
-No temas, estoy aquí para ti.
Su voz transmitía una calidez que, en otro momento, podría haberme conmovido. Sin embargo, la amargura de los acontecimientos recientes pesaba demasiado en mi corazón. Me aparté de su contacto con un movimiento deliberado.
-Señor Ayala, por favor, recuerde quién es usted -pronuncié cada palabra con precisión quirúrgica.
La luz en sus ojos se apagó por un instante, como una vela sofocada por una ráfaga repentina. No insistió, respetando la distancia que yo había impuesto entre nosotros.
El mayordomo de la familia Ayala apareció en ese momento, su figura erguida emanando la dignidad propia de su cargo.
-Señor, la señora solicita la presencia de la señorita Miranda.
La noticia del altercado con Carla había llegado ya a oídos de la señora Ayala. Mi agresora se había convertido en víctima ante los ojos de su suegra, quien probablemente estaría complacida de tener por fin una excusa para ejecutar la venganza que tanto había anhelado contra mí.
Al entrar en la habitación de Carla, encontramos a la señora Ayala bebiendo una infusión con aparente serenidad. Al verme, depositó la taza sobre la mesa con un tintineo amenazador. Sus ojos, antes indiferentes, se transformaron en dos pozos de odio visceral.
-Ella golpeó a la joven ama con esa mano -pronunció con voz aterciopelada-. ¡Rómpanle esa
mano!
Su orden revelaba su preferencia por la justicia privada sobre los canales legales. Los
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guardaespaldas, vestidos de negro, avanzaron con determinación hacia mí
Simón reaccionó instintivamente, interponiéndose entre ellos y yo. Sin pronunciar palabra, su presencia imponente bastó para sembrar la duda en los ejecutores.
La señora Ayala entornó los ojos, destilando veneno en cada palabra.
-¿Así que ya no quieres el lugar del heredero de la familia Ayala?
-¿Siempre han sido ustedes quienes han querido que tome ese lugar, no yo! -respondió Simón con una risa desprovista de humor.
La ironía de la situación no escapaba a nadie. Esta mujer, que había intentado manipular a Simón para que ocupara el lugar de Israel durante su coma, ahora lo acusaba de usurpador.
-Bien… ¡muy bien! -La señora Ayala se incorporó con la elegancia de una serpiente preparándose para atacar-. ¡Háganlo! ¡Acaben con los dos!
En su rostro se dibujaba la desesperación de una mujer que lo había perdido todo. Su amor exclusivo por su hijo mayor se había transformado en una devoción obsesiva por su nieto. Ahora, sin él, la vida había perdido todo sentido para ella. El dolor se había convertido en su única compañía constante, y en su desesperación, estaba dispuesta a arrastramos a todos
hacia el abismo.
-Mamá, no hagas esto -intervino Carla con voz suave pero firme-. ¿Olvidaste lo que te dije
antes?
Aquellas palabras misteriosas actuaron como un bálsamo sobre la furia de la señora Ayala. La lucidez regresó gradualmente a sus ojos, como la marea que retrocede después de una
tormenta.
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