Capítulo 347
El lujoso salón de fiestas, que minutos antes resplandecía con la elegancia propia de una celebración de alta sociedad, ahora lucía como el escenario de una pesadilla. Los arreglos florales yacían destrozados sobre el suelo de mármol pulido, y el aire vibraba con una tensión. insoportable.
En medio del caos, Martina Ayala, con su vestido de diseñador y sus joyas ostentosas, sostenía a mi abuela con brutalidad mientras le restregaba un celular en el rostro. El delicado vestido azul de mi abuela, elegido especialmente para su cumpleaños, se arrugaba bajo aquel agarre despiadado.
Dos guardaespaldas de complexión imponente mantenían a Gabi sometida contra el suelo, mientras el resto de los invitados, incluidos mis padres y mi hermano, permanecían arrinconados bajo la amenaza de otra fila de matones. El miedo transformaba sus rostros en máscaras grotescas.
-¡Mira bien, señora! -vociferaba Martina, agitando el celular como un arma-. ¡Observa lo que hizo tu nietecita! ¡Se metió con un hombre casado y empujó a la esposa embarazada hasta
hacerla perder al bebé!
-¡Cinco meses de embarazo tenía la pobre mujer! -continuó, su voz destilando veneno-. ¡Se atrevió a empujar a una mujer con cinco meses de embarazo! ¡Es una criminal! ¡Debería pudrirse en la cárcel!
Mi abuela se tambaleaba, luchando por mantener su dignidad mientras intentaba liberarse.
-¡Suélteme! -exigió con la autoridad que siempre la había caracterizado-. ¡Mi nieta es una buena muchacha! ¡Todo lo que dice son calumnias!
Pero Martina, lejos de ceder, intensificó su agarre. Vi cómo mi abuela perdía el equilibrio y algo dentro de mí estalló. Sin pensarlo, me lancé hacia ellas. En un movimiento fluido, sostuve a mi abuela mientras mi pierna se proyectaba en una patada que mandó a Martina directo al piso.
La sorpresa deformó sus facciones perfectamente maquilladas cuando su cuerpo impactó contra el suelo. Sus ojos se dilataron con incredulidad, como si no pudiera procesar que alguien se hubiera atrevido a tocarla. La ignoré por completo, concentrándome solo en mi abuela.
-¿Está bien? -pregunté con urgencia, sosteniéndola con delicadeza.
Apenas había abierto la boca para responder cuando la voz de Martina resonó nuevamente, esta vez cargada de ponzoña:
-¡Mira nada más la clase de nieta que criaste, señora! -escupió, incorporándose-. ¡Con una nieta así, deberías morirte de la vergüenza!
El rostro de mi abuela se contrajo de indignación.
-¡No te atrevas a decir que mi nieta…! -pero sus palabras murieron en sus labios. Su mano se
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Capítulo 347
crispó sobre su pecho y el color abandonó su rostro. Sus ojos perdieron el brillo y su cuerpo se desplomó en mis brazos.
-¡Abuela! -el grito brotó de mi garganta mientras todo mi ser temblaba-. ¡Abuela, por favor!
Mi padre logró liberarse del guardaespaldas que lo contenía.
-¡Mamá! -exclamó, corriendo hacia nosotros.
El rostro de Martina perdió toda su altivez.
-Yo… yo no la toqué -balbuceó, retrocediendo como una criminal descubierta. ¡Lo que le pase no es mi responsabilidad!
Con esas palabras, giró sobre sus tacones de diseñador y huyó. Sus guardaespaldas la siguieron como sombras obedientes, dejando tras de sí solo el eco de sus pasos apresurados.
Las luces fluorescentes del hospital zumbaban sobre mi cabeza mientras observaba cómo se llevaban a mi abuela a la sala de emergencias. El pánico y la culpa me devoraban por dentro.
“Si mi abuela muere… si ella… no, no podría vivir con eso. Ni quitándome la vida sería suficiente castigo.”
Mis propias manos se alzaron para castigarme, golpeando mi rostro una y otra vez. Cada impacto era una penitencia insuficiente por el daño que había causado.
-¡Luz, por favor, detente! -Gabi me envolvió en sus brazos, sus lágrimas empapando mi blusa-.. ¡Nada de esto es tu culpa! ¡Por favor, escúchame!
El sonido de otra bofetada cortó el aire, pero esta vez vino de mi madre. El impacto me hizo girar el rostro.
-¡Eres una maldición! -rugió, su rostro desfigurado por el odio-. ¡Todo lo que tocas lo destruyes! ¡Ya mataste a otros y ahora quieres matar a tu propia abuela!
-¡Deberías morirte! -gritó-. ¡Deberías desaparecer de una buena vez!
Sus palabras se hundían en mi alma como dagas envenenadas. Tenía razón. Era una calamidad, una plaga. ¿Por qué seguía con vida cuando otros sufrían por mi culpa?
“Debería morir… sí, eso es lo que merezco. Morir, desaparecer para siempre…”
Cuando vi la mano de mi madre alzarse nuevamente, cerré los ojos, esperando el golpe que merecía. Pero este nunca llegó.
-¡Ya basta, mamá! -La voz de mi hermano resonó con autoridad mientras la apartaba de mí.
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