Capítulo 33
Las palabras de Carlos flotaron en el aire como un veneno, pronunciadas lo suficientemente bajo para mantener una apariencia de discreción, pero con la clara intención de que llegaran a mis oídos. Cada sílaba destilaba desprecio.
Mis ojos se oscurecieron como una tormenta que se avecina.
-Carlos.
El asistente dio un paso al frente, su postura rígida y formal contrastando con el desprecio que brillaba en su mirada.
-¿Si, señora?
La falsa cortesía en su voz hizo que algo dentro de mí se endureciera.
-Quedas despedido. Recursos Humanos te entregará tu liquidación con un extra. Ve a recoger
tus cosas.
Un destello de satisfacción atravesó mi pecho. A pesar de haber sido una romántica incurable que abandonó sus estudios por amor, mi cerebro seguía funcionando perfectamente. No había sido tan ingenua como para quedarme con las manos vacías después de invertirlo todo en Simón. Me había asegurado de tener la segunda mayor participación accionaria de la empresa, justo después de él.
“¿Por qué mantener a alguien que no solo me falta al respeto como jefa, sino que se dedica a humillarme?“, pensé, recordando todas las veces que este hombre había contribuido a mi sufrimiento emocional. Los registros en mi diario no mentían.
La mandíbula de Carlos cayó, sus ojos desorbitados por la incredulidad.
-¿Despedirme? ¿A mí?
-Así es.
-Señora, ¿no se habrá golpeado la cabeza cuando casi se ahoga ayer? -una risa nerviosa escapó de sus labios-. ¿Quién se cree que es? ¡Soy el asistente de mayor confianza del presidente Rivero!
Lo ignoré mientras sacaba mi celular y marcaba el número de Simón.
-O despides a tu Carlos ahorita mismo, o vendo todas mis acciones a tu competencia.
-¿Y ahora qué hiciste? -la voz de Simón sonaba impaciente, probablemente más preocupado por su “verdadero amor” que por cualquier asunto de la empresa.
-Me faltó al respeto y no quiero volver a verlo por aquí -mis dedos tamborilearon contra el celular-. Escucha el audio que te acabo de mandar. Tienes tres minutos para decidir.
Corté la llamada sin esperar respuesta.
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Capitulo 33
En su oficina, Simón se frotó las sienes con frustración. Los “caprichos” de Luz parecían intensificarse cada día más, hasta el punto de dejarlo completamente desconcertado. Aun así, reprodujo el audio.
Desde que Carlos había aparecido, había activado la grabación en mi teléfono. Cada gesto despectivo, cada palabra irrespetuosa, incluyendo ese último comentario susurrado con malicia, todo quedó registrado.
El rostro de Simón se endureció al escuchar. Puede que yo ya no le importara tanto, pero después de lo que había declarado en el banquete de cumpleaños de mi abuela, que su asistente personal se atreviera a decir algo así…
Después de regañar a Carlos por teléfono, me llamó de vuelta.
-Ni lo intentes -lo corté antes de que pudiera hablar-. Despídelo.
Un silencio tenso se extendió por unos segundos.
-Está bien.
Observé cómo el color abandonaba el rostro de Carlos mientras atendía la llamada de Simón. Su arrogancia se derritió como nieve bajo el sol.
-Señora, me equivoqué -su voz temblaba-. Por favor, pídale al presidente que no me despida. Tengo familia que mantener, si pierdo este trabajo no podrán sobrevivir.
Lo miré con la misma frialdad que él me había mostrado tantas veces.
-¿Y eso a mí qué me importa?
“¿Acaso pensaste en tu familia cuando me humillabas con tanta soberbia?“, pensé. Además, después de tantos años junto a Simón, seguramente había acumulado suficiente dinero para vivir sin preocupaciones.
-Señora, de verdad reconozco mi error…
Me di la vuelta sin dejarlo terminar. Si con un simple “me equivoqué” se arreglara todo, ¿para qué existiría la justicia?
…
Hace unos días, Fidel no se limitó a dejarme en el hospital. Se quedó hasta que completaron todos mis exámenes, y solo después de asegurarse de que los resultados estaban bien, se marchó.
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