Capítulo 32
Un escalofrío me recorrió la espalda al verlos juntos. Mi cuerpo reaccionaba con repulsión física ante la imagen de Simón y Violeta, como si mi propia piel protestara contra esa traición que se había vuelto tan cotidiana.
Simón se ajustó la corbata, un gesto que delataba su incomodidad por los eventos del día anterior. La arrogancia habitual en su rostro había sido reemplazada por una máscara de falso arrepentimiento.
-Mira, Luz, reconozco que ayer no actué de la mejor manera -sus dedos tamborileaban contra su muslo-. Pero tú estás bien, ¿no? Y ya sabes cómo es Violeta, siempre ha sido muy delicada de salud. No podía arriesgarme a que le pasara algo por no llevarla rápido al hospital. Se pasó una mano por el cabello, impaciente.
-Ya te lo dije ayer muy claro: entre Violeta y yo no hay nada. Tú eres mi esposa. ¿Podrías dejar de armar dramas por todo?
La mandíbula se le tensó mientras miraba su reloj.
-Lo de Violeta era una emergencia real. Por favor, deja que Carlos te lleve a casa.
Sin esperar respuesta, giró sobre sus talones y se alejó a paso rápido, su figura proyectando sombras alargadas en el pasillo del hospital.
Una mueca de asco se dibujó en mi rostro. “Míralo nada más“, pensé. “Hace un momento no dejaba que nadie se me acercara y ahora sale corriendo detrás de su amante. ¡Y todavía tiene el descaro de decir que no hay nada entre ellos!”
Mi intención original había sido conseguir un divorcio tranquilo y civilizado, pero su actitud manipuladora y ese teatro barato de esposo preocupado me revolvían el estómago. Una parte de mí, esa que había despertado después del accidente, susurraba ideas de venganza.
Me giré hacia el profesor Montes, que había presenciado toda la escena en silencio. Forcé una sonrisa conciliadora.
-Perdón por hacerlo presenciar todo esto.
El profesor Montes jugueteó con el borde de su bata blanca, como si dudara sobre lo que iba a decir,
-Si necesitas un abogado… conozco a uno muy bueno, especialista en divorcios.
-Se lo agradecería muchísimo, profesor -una sonrisa genuina se dibujó en mi rostro-. Más vale estar preparada, ¿no?
-No hay necesidad de tanta formalidad. Si no hubiera sido por tu recomendación con el tutor, jamás habría entrado al instituto tan fácilmente.
Los recuerdos me golpearon como una ola. Aquellos días en que yo era la alumna estrella,
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Capitulo 32
viviendo sin preocupaciones, mientras él luchaba por destacar desde su posición más modesta. La vida daba tantas vueltas… Ahora él era un profesor respetado, y yo… yo era un desastre.
-Ya no me llames profesor Montes una sonrisa cálida iluminó su rostro-. Mejor dime Fidel.
-Por respeto prefiero llamarle profesor Montes -bromeé, aunque un dejo de melancolía se coló en mi voz.
Después de todo, yo había llegado primero al programa. Si no hubiera abandonado todo por un amor que resultó ser una mentira, quizás ahora estaría brillando en mi campo. El recuerdo de mi pasión por la medicina, heredada de mi abuela, me provocó un nudo en la garganta. Había evitado las finanzas y la biomedicina para no competir con mi hermano, encontrando mi lugar en la biofísica.
La inteligencia artificial médica había sido mi sueño, mi manera de contribuir a la medicina desde un ángulo diferente. Me había enamorado perdidamente de esa disciplina, creyendo que sería mi camino de vida.
Pero entonces llegó él, y abandoné todo por seguirlo en su mundo de negocios. Ahora él era el intocable presidente Rivero, y yo… una esposa descartable de la que quería deshacerse sin pagar ni un centavo.
“Si no te valoras, nadie lo hará“. Las palabras resonaron en mi mente como una verdad amarga. El profesor sonrió con gentileza.
-¿Qué tal si solo nos llamamos por nuestros nombres? Tú me dices Fidel, yo te digo Luz.
La sugerencia me pareció demasiado familiar. A pesar de conocernos, nunca habíamos sido cercanos. Si no fuera porque me salvó anoche…
-Prefiero seguirle llamando profesor Montes, mi salvador -le dediqué una sonrisa suave-. ¿Está bien, maestro?
Fidel asintió en silencio, pero antes de que pudiéramos movernos, Carlos apareció bloqueando
nuestro camino. Su ceño se frunció al verme con Fidel.
-Señora, el presidente Rivero me pidió que la llevara a casa -su tono destilaba desprecio mal disimulado. Por favor, no me haga perder el tiempo, tengo pendientes importantes.
Sus labios se curvaron en una sonrisa venenosa.
-Aunque ya esté casada, sigue sin tener dignidad. No me sorprende que el presidente prefiera a la señorita Violeta. Se merece que la desprecie.