Capítulo 31
El profesor Montes se erguía frente a mí con una elegancia natural que contrastaba con la tensión que emanaba de Simón. Una sonrisa cortés se dibujó en sus labios, suavizando las líneas de experiencia en su rostro.
-Por favor, señor Rivero, no es necesario tanto protocolo. La señorita Miranda ya me expresó
su gratitud.
La mandíbula de Simón se tensó visiblemente. Sus ojos se oscurecieron con ese brillo territorial que yo conocía tan bien, ese que aparecía cada vez que sentía que alguien se acercaba demasiado a lo que consideraba suyo. Sus dedos tamborileaban inconscientemente
contra su costado.
-Si alguna vez necesita algo, lo que sea, no dude en buscarme.
Sin previo aviso, sus brazos me rodearon con una fuerza excesiva. El dolor se disparó por mi cuerpo, pero me quedé inmóvil, conociendo demasiado bien el precio de resistirme.
El profesor Montes no pasó por alto mi reacción. Sus cejas se juntaron en un gesto de preocupación.
-Señor Rivero, está lastimando a su esposa. Su condición es delicada todavía.
La sombra en el rostro de Simón se intensificó, aunque aflojo ligeramente su agarre. Toda la falsa cordialidad se evaporó de su voz.
-Le agradezco que salvara a mi esposa, profesor. Estoy en deuda con usted, pero le pido que deje de preocuparse tanto por ella.
“En otro tiempo“, pensé con amargura, “habría interpretado ese tono posesivo como una señal de amor“. Ahora veía claramente lo que era; el berrinche de un niño al que intentan quitarle su juguete favorito.
El profesor Montes pareció querer agregar algo más, pero tras encontrarse con mi mirada, guardó silencio.
Simón giró hacia mí, su voz transformándose en miel envenenada.
-Vámonos a casa, mi amor.
Su descaro me revolvió el estómago. ¿Cómo podía fingir ser el esposo devoto después de abandonarme una y otra vez por Violeta? Le respondí con una sonrisa tan gélida como el agua de la piscina, mientras iniciaba mi cuenta regresiva mental.
“Uno…” El mensaje ya debía haber llegado a mi querida hermanita. “Dos…” Seguramente ya estaba maquinando cómo arrancar a su adorado Simón de mi lado. “Tres…”
Como un reloj perfectamente sincronizado, el celular de Simón vibró con ese tono especial que reservaba para ella. Sus brazos me soltaron instantáneamente, como si mi piel quemara.
Su rostro se transformó en una máscara de preocupación mientras escuchaba. Al colgar, me
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Capítulo 31
miró con fingida angustia.
-Hubo un error con los medicamentos. Violeta está en urgencias por una reacción alérgica. Tengo que ir. Carlos te llevará a casa -hizo una pausa-. Pórtate bien, ¿sí?
Se dio la vuelta para irse, pero lo sujeté del brazo.
-¿Y de qué sirve que vayas? ¿Ahora eres médico o qué?
Me miró como si acabara de blasfemar contra lo más sagrado.
-¡Por Dios, Luz! ¿Cómo puedes ser tan insensible?
Arqueé una ceja, destilando sarcasmo.
-¿Yo? ¿Insensible yo? Qué curioso… Cuando me estaban rescatando del precipicio, casi muerta, y el doctor te llamó, ¿no dijiste exactamente lo mismo? Que como no eras médico, ¿de qué servía que fueras?
Su rostro se contorsionó en una mueca de fastidio. Se zafó de mi agarre con brusquedad.
-No compares situaciones. Lo tuyo era puro teatro.
Una risa amarga brotó de mi garganta.
-¿Teatro? ¿Tres meses en el hospital? Además, si tanto dudabas, pudiste investigar. Pero claro, no se puede despertar a quien se hace el dormido, ¿verdad?
Di un paso hacia él, clavando mi mirada en la suya.
-¿Y ahora qué? Ayer casi me ahogo y ni te dignaste a mirarme dos veces, corriendo detrás de Violeta por una supuesta emergencia. Si eso no es amor, Simón, entonces dime qué es.
Me crucé de brazos, sintiendo el peso de cada cicatriz en mi piel.
-Ya no seas tan aferrado. ¿Por qué no mejor nos divorciamos como la gente decente y te vas con quien realmente quieres estar?
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