Capítulo 3
El hombre clavó su mirada en los fragmentos de vidrio esparcidos por el suelo. Sus cejas se juntaron en un gesto de desprecio mientras el aura gélida que lo rodeaba se intensificaba.
-¿Hasta cuándo vas a dejar de comportarte como una niña caprichosa rompiendo cosas en el hospital?–
Me quedé paralizada, las palabras atoradas en la garganta. ¿Caprichosa? ¿Y este quién era para hablarme así?
Estaba por seguir con sus reproches cuando algo pareció cruzar por su mente y se detuvo abruptamente. Su rostro se transformó en una máscara de falsa preocupación.
-Por tus niñerías, Violeta no puede ser dada de alta. Está tan triste que quiere irse del hospital. Hoy mismo vas a ir a disculparte con ella, y más te vale convencerla de que se quede.
Sin más advertencia, avanzó con pasos firmes hacia mí, su mano extendida para sacarme de la cama. Mi cuerpo reaccionó por instinto, alejándome de su alcance como un animal herido.
-¡Alto! ¿Quién eres tú? ¡No te conozco! ¡No me toques!
Aunque ya podía moverme, mis heridas seguían sanando. El solo pensamiento de que alguien me tocara me provocaba escalofríos.
Sus cejas se fruncieron aún más, formando una línea dura sobre sus ojos oscuros.
-Luz, ¿qué pretendes con esto?
-¿Qué pretendo? No sé quién eres, será mejor que te vayas ahora mismo, si no…
No pude terminar. Su mano se cerró sobre mi hombro como una garra de acero.
-Luz, si sigues con este jueguito, me vas a hacer enojar en serio.
La presión era tan intensa que sentía mis huesos recién soldados a punto de ceder. El pánico me invadió como una ola. Siempre había sido hipersensible al dolor, y el recuerdo de mis huesos rotos era una pesadilla que no quería revivir.
El terror me arrancó un grito desgarrador que pareció sorprenderlo, aflojando su agarre por reflejo.
Aprovechando ese instante, mi mano voló hacia el botón de emergencia, presionándolo frenéticamente mientras suplicaba ayuda entre sollozos.
El personal médico llegó en cuestión de segundos. Me refugié tras ellos como una niña asustada, temblando mientras les rogaba que llamaran a la policía.
La mandíbula del hombre se tensó al escuchar la palabra “policía“.
-Luz, ¿qué diablos estás haciendo?
No me importaba cómo sabía mi nombre ni por qué actuaba como si me conociera. Solo
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Capítulo 3
quería que la policía se llevara a este hombre peligroso lo más lejos posible.
La frustración oscureció su mirada.
-¿Podrías ya parar con este teatro?
Se dirigió al personal médico con aire de superioridad.
-No le hagan caso. Soy su esposo, no ningún criminal.
Sus palabras solo aumentaron mi desesperación por que llamaran a la policía. Podría estar herida, pero no estaba loca. ¿Cómo no iba a saber si estaba casada?
“¡Qué descaro tiene este tipo!“, pensé, convencida de que era algún enfermo mental que me había confundido con alguien más.
Pero cuando la policía verificó su historia, el mundo se detuvo: ¡era verdad! Este hombre era legalmente mi esposo.
La incredulidad me dejó sin aliento. Les supliqué a los oficiales que lo verificaran de nuevo, una y otra vez, pero el resultado no cambió: ante la ley, ese hombre era mi esposo.
Me quedé muda, tratando de procesar la información. De pronto, recordé esa extraña sensación de vacío después de mi segunda lesión, ese presentimiento de haber olvidado algo importante. Pero era imposible. Recordaba toda mi vida desde los tres años. ¿Cómo podría haber olvidado algo tan fundamental como estar casada?
Sus ojos se clavaron en mí con una mezcla de superioridad y desprecio que me revolvió el estómago.
-¿Así que recuerdas todo menos a mí?
Su tono dejaba claro que no creía ni una palabra, que para él todo esto era una actuación más de mi parte.
Estaba por pedirle que se marchara, esposo o no, cuando sacó un fajo de documentos médicos y los arrojó sobre mi cama.
-¡Vaya, Luz! ¡Esta vez sí que te luciste! No solo falsificas un expediente médico para fingirte enferma y evitar el alta, jahora hasta finges amnesia!
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