Capítulo 298
El ceño de Alejandro se profundizó mientras un conflicto interno se reflejaba en su rostro. Algo en su interior se resistía a actuar contra Luz.
Carla notó su vacilación y se inclinó ligeramente hacia adelante, su voz tomando un tono más suave y vulnerable.
-Por salvarle la vida, señor Ortega, puse en riesgo mi embarazo -sus ojos se humedecieron ligeramente-. Tuve que pasar más de un mes postrada en una cama de hospital.
Una pausa calculada. Sus dedos jugaban nerviosamente con el borde de su blusa.
-No busco obligarlo a nada -continuó con voz suave-. Solo le pido que no intervenga mientras me encargo de Luz. Le aseguro que no pienso causarle ningún daño físico. Alejandro la observaba en silencio, las palabras sobre su hospitalización resonando en su mente. Los recuerdos de aquel día en el mar empezaron a emerger como olas distantes. Aunque había estado semiconsciente, podía recordar vívidamente la desesperación y el esfuerzo de quien lo salvaba. El calor de otro cuerpo luchando contra las aguas traicioneras, el aroma suave y delicado durante los primeros auxilios. Sensaciones que habían despertado en él, un hombre normalmente impermeable a las emociones, un anhelo desconocido.
En esos momentos entre la vida y la muerte, había fantaseado con encontrar a su salvadora. Sin importar su apariencia, había imaginado iniciar una historia con ella. Él, que había jurado mantenerse soltero toda su vida, hasta había considerado el matrimonio.
Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios. ¡La vida tenía un sentido del humor peculiar! Su salvadora resultó ser una mujer embarazada. Y no cualquier mujer, sino una que ocultaba una mente calculadora bajo una máscara de dulzura.
Le costaba reconciliar a esta Carla manipuladora con la persona que había arriesgado su vida por un extraño. Sin embargo, sus investigaciones no dejaban lugar a dudas: había sido ella.
“Quizás“, pensó, “todo el impacto emocional de ese rescate fue producto de mi mente confundida entre la vida y la muerte.”
No quería involucrarse más con ella. Pero al sopesar el sacrificio que había hecho por salvarlo, junto con el único momento de genuina calidez que Luz había traído a su vida oscura, supo que tenía una deuda que saldar.
-Está bien -concedió finalmente-. Mientras no le causes daño físico a Luz.
El alivio inundó el rostro de Carla. Con un gesto elegante, levantó su copa de bebida fermentada en un brindis silencioso hacia Alejandro.
Pero él no solo rechazó el brindis; se levantó y se marchó sin más palabras, dejando tras de sí un silencio pesado.
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Capítulo 298
La cena con el profesor y su colega de la UNAM se había extendido más allá de lo planeado. La amistad de años entre ambos académicos había convertido la velada en una conversación interminable, llena de anécdotas y debates apasionados.
Viendo su entusiasmo, reservé dos habitaciones en el hotel frente al restaurante. Era lo menos que podía hacer para que los dos ancianos continuaran su animada charla.
Después de registrarlos y asegurarme de que estuvieran cómodos, me preparé para partir.
La figura alta de Alejandro me esperaba, apoyada contra la puerta de mi auto. Bajo la luz amarillenta de las farolas, su presencia emanaba un aire casi sobrenatural, como un vampiro haciendo una visita nocturna. Elegante, seductor, peligrosamente atractivo.
-¿Nos tomamos algo? -su voz aterciopelada contenía una invitación difícil de rechazar.
“No, Luz, no caigas“, me advertí mentalmente.
-Lo siento, ya es hora de dormir -respondí, intentando sonar firme. Era demasiado tarde, y además, temía que fuera otro intento de convencerme sobre Rafael.
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Una sonrisa conocedora se dibujó en su rostro.
-Tranquila, no estoy tratando de venderte la idea de Rafa -dijo, como si hubiera leído mis pensamientos.
Mi silencio debió delatarme. Recordé todas las veces que Alejandro me había ayudado en el pasado, y finalmente cedí con un suspiro resignado.
Justo cuando él abría la puerta del auto con un gesto caballeroso, una voz rasgó la calma
nocturna como un trueno.
-¿A dónde van tan tarde?
El tono familiar nos heló la sangre. Alejandro y yo nos giramos al unísono.
Allí estaba Simón, sentado en su silla de ruedas, su mirada sombría clavada en nosotros. Su expresión era la de un esposo que acababa de descubrir una traición, aunque no tenía ningún
derecho a sentirse traicionado.
El momento se congeló, el aire se volvió denso. Ni Alejandro ni yo pudimos movernos, atrapados en ese instante de tensión como insectos en ámbar.
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