Capítulo 270
El alivio se extendió por su cuerpo como una ola cálida. La muerte lo envolvía con gentileza, como si fuera una vieja amiga que por fin venia a visitarlo. Por primera vez en mucho tiempo, Simón sintió paz.
Ya no importaba nada más. Ella podría ser feliz ahora. Ya no habría más dolor, no más lágrimas derramadas por su culpa. Luz finalmente sería libre.
Con las piernas temblorosas, observó a las figuras que se acercaban por el pasillo. La sangre goteaba de su herida, formando un pequeño charco a sus pies. Se recargó contra la barandilla, dejándose caer lentamente hasta quedar sentado en el suelo frío del crucero.
Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro mientras sacaba el control remoto de su bolsillo. Las bombas que había ordenado instalar por todo el barco esperaban silenciosas, listas para cumplir su último propósito. Originalmente, debían servir como distracción para su escape. Ahora serían su despedida final.
Había sido precavido al crear dos controles. Uno en manos de Fernando, para detonar las bombas una vez que estuvieran a salvo. El otro, el que ahora sostenía entre sus dedos temblorosos, era para este preciso momento. Para cuando todo saliera mal.
Y ese momento había llegado.
Un último acto de redención. Un último sacrificio para protegerla. Para asegurarse de que Luz pudiera alejarse sin que nadie la persiguiera jamás.
El agua helada me envolvió por apenas un segundo antes de que unos brazos fuertes me atraparan, arrastrándome hacia la lancha. Al reconocer a Fernando, la confusión en mi mente se disipó, reemplazada por pánico puro.
-¡Suéltame! -me retorcí en sus brazos-. ¡Simón está herido, tenemos que ayudarlo!
Fernando me ignoró por completo. Con movimientos precisos, me subió a la lancha y gritó órdenes para partir de inmediato.
La desesperación me consumía. Me aferré a su brazo con toda la fuerza que me quedaba.
-¡No podemos dejarlo ahí! ¡Le dispararon! ¡Tenemos que…!
Los ojos de Fernando, inyectados en sangre por la furia, se clavaron en los míos.
-Ya no hay tiempo -su voz sonaba ronca, quebrada-. Simón instaló bombas por todo el crucero. Si algo salía mal, si lo descubrían… -tragó saliva con dificultad-. Las detonaría para que pudiéramos escapar sin que nos siguieran.
Sus palabras me golpearon como una bofetada, dejándome paralizada. Antes de que pudiera procesar lo que significaban, el mundo estalló.
La explosión sacudió el aire con tanta violencia que la lancha casi se volteó, a pesar de la
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Capítulo 270
distancia. Caí sobre la cubierta, y cuando logré levantar la cabeza, el crucero que hasta hace unos momentos se alzaba majestuoso sobre el agua ahora era una bola de fuego.
Otra explosión rugió en la noche. El barco se partió por la mitad como si fuera un juguete en manos de un gigante furioso.
Cada nueva detonación era un martillo en mi cerebro, destrozando las barreras que contenían mis recuerdos. Como una inundación imparable, las memorias de Simón comenzaron a fluir.
Lo recordé todo.
Cada sonrisa. Cada caricia. Cada momento juntos.
El amor que nos teníamos. La forma en que me miraba, como si fuera lo más precioso del
mundo.
Su bondad infinita. Su disposición para sacrificarlo todo por mí, una y otra vez.
Entendí por qué lo amaba tanto. Por qué, a pesar del dolor y las heridas, mi corazón se negaba a dejarlo ir.
Ya no sabía si era la Luz del presente o del pasado quien miraba el crucero en llamas. Solo existía el dolor, un dolor tan profundo que amenazaba con partirme en dos.
-Simón… -su nombre escapó de mis labios como una plegaria mientras mi cuerpo se movía por instinto hacia la borda.
Fernando me atrapó antes de que pudiera saltar, sus brazos como grilletes de acero alrededor
de mi cintura.
-¡Te detesto, Luz! -rugió en mi oído. ¡Si alguien merecía morir eras tú! Pero Simón… -su voz se quebró-. Simón quería que vivieras. ¡Dio su vida para que pudieras seguir adelante!
Me retorcí en sus brazos, luchando con toda la fuerza que me quedaba. Pero era inútil. Solo podía mirar, impotente, cómo el crucero se desmoronaba entre las llamas. Cómo cada segundo me alejaba más y más de él.
El dolor me robó las palabras, me robó el aliento, me robó el alma.
Por fin recordaba cuánto lo amaba. Y él nunca lo sabría.
Dolía. Dolía como si me estuvieran arrancando el corazón del pecho.
En ese momento, deseé no haber sido salvada. Deseé estar en ese crucero, consumiéndome
entre las llamas junto a él.
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