Capítulo 243
Fernando se inclinó sobre el escritorio, observando la montaña de documentos junto a Simón. Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios.
-¡Vaya, vaya! No solo dejas que ese galancito te despilfarre el dinero que tanto te costó ganar -soltó una risita burlona-. Ahora también vas a tener que partirte el lomo para mantenerlo a él y a toda su familia.
Sus ojos brillaron con malicia mientras estudiaba la reacción de Simón.
-¿Desde cuándo te volviste tan… mansito?
Simón mantenía la mirada fija en las fotos de su celular. Sus nudillos se tornaron blancos alrededor del bolígrafo que sostenía, la presión amenazando con partirlo en dos. El
temperamento explosivo que lo caracterizaba burbujeaba bajo esa fachada de control, como lava bajo la superficie de un volcán.
“No puedo hacer nada“, pensó, la impotencia royéndole las entrañas. “No hasta que recupere la
memoria.”
Fernando se acomodó en su silla, saboreando cada palabra como un depredador que juega con
su presa.
-Simón, entiendo que te sientas culpable por las heridas de Luz y quieras compensarla, pero… ¿así? -hizo una pausa dramática-. ¿De verdad vas a quedarte paradote viendo cómo es feliz con otro, mientras tú te matas trabajando para mantener a su nuevo galán y al hijo que tuvo con vaya a saber quién?
El bolígrafo finalmente cedió bajo la presión, partiéndose con un chasquido que resonó en el silencio de la oficina.
-Mira, con lo terca que es Luz, sabemos que ahorita no hay forma de que la recuperes -continuó Fernando, inclinándose más cerca-. Pero si no puedes tenerla de vuelta, y tampoco puedes dejarla ir… ¿por qué darle alas para que vuele? Mejor córtaselas. Que no tenga más remedio que quedarse a tu lado.
Sus palabras se deslizaban como veneno en los oídos de Simón.
-El tiempo lo cura todo, ¿no? Que mi cuñada no te perdone ahorita no significa que no lo hará después. Mientras la tengas cerca, siempre habrá una oportunidad. Pero si la dejas escapar
con otro…
Fernando dejó que la frase flotara en el aire antes de dar el golpe final:
-Piénsalo bien, Simón. ¿De verdad podrías soportar verla con otro? ¿Verla casarse, tener hijos, ser feliz en brazos de alguien más?
Cada palabra era como un puñal que se hundía más profundo en el pecho de Simón. Las venas de sus manos, ahora apoyadas sobre el escritorio, sobresalían como cuerdas tensas bajo su
piel.
15:55
Capítulo 243
-Todavía estás a tiempo -insistió Fernando-. Si arruinas la empresa y luego la recuperas, aún hay esperanza. Pero si dejas que se enamore de otro… ¡te quedarás sin nada!
Las palabras de Fernando resonaban en la mente de Simón, alimentando a la bestia que rugía en su interior. Esa parte oscura de él que crecía día a día al verme con Rafael, que le exigía encerrarme, poseerme, sin importar el costo.
La bestia dentro de Simón aullaba, exigiendo sangre, control absoluto. Prefería vernos sufrir juntos hasta la muerte que perderme para siempre.
Cada día era una lucha titánica por mantener esa bestia bajo control. Y ahora, las palabras de Fernando eran como gasolina sobre el fuego, tentándolo a liberar sus más oscuros impulsos.
Pero en el fondo, Simón sabía. Con mi carácter, cualquier intento de encerrarme o controlarme solo nos destruiría a ambos. Me alejaría aún más de él.
-No puedo encerrarla -su voz sonó ronca, como si cada palabra le costara un esfuerzo sobrehumano-. Solo conseguiría alejarla más.
Sus ojos se suavizaron ligeramente al continuar:
-Luz solo está así porque perdió la memoria. Cuando la recupere y recuerde cuánto me ama… volverá a mí.
Los ojos de Fernando se iluminaron con comprensión repentina.
-¡Con razón! Por eso cambió tan de repente contigo. Yo decía, ¿cómo alguien que te adoraba tanto podía volverse así de la noche a la mañana?
Una sonrisa de alivio se extendió por su rostro.
-Ya no me preocupo, entonces. ¡Nomás espérate! Cuando recupere la memoria, va a venir arrastrándose a pedirte perdón.
Fernando, que había estado preocupado de que me fugara con el dinero de Simón y otro hombre, se relajó visiblemente al comprender la situación.
-¡Con razón estabas tan tranquilo! Ahora todo tiene sentido.
La abuela decidió acompañarnos de vacaciones. Observaba con atención cómo Rafael se movía de un lado a otro, cargando paquetes grandes y pequeños, anticipándose a nuestras necesidades antes de que las expresáramos.
Me dio un codazo juguetón, sus ojos brillando con picardía.
-Ese muchacho no está nada mal–susurró con una sonrisa cómplice-. Además de guapo, se ve que es bien servicial. De esos que saben cómo cuidar a una.
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