Capítulo 221
A sus veintiséis años, el peso de sus acciones finalmente había alcanzado a Simón. El daño que me había causado lo consumía por dentro, cada recuerdo era una nueva puñalada de culpa en su consciencia. Sus hombros caídos y su mirada esquiva delataban que ni siquiera sabía cómo enfrentarme. Pero ahí estaba, porque después de todo el daño causado, la huida ya no era una opción.
Alberto se detuvo en el marco de la puerta antes de dejarnos solos.
-Estaré justo al lado sus ojos se clavaron en Simón con advertencia-. Cualquier cosa que necesites, Luz, me llamas.
La amargura se dibujó en los labios de Simón mientras veía salir a Alberto. Su mano derecha jugaba nerviosamente con su corbata de seda.
-¿De verdad crees que te haría daño, Luz? ¿Ya no me tienes ni tantita confianza?
Me permití una sonrisa sarcástica mientras me acomodaba en la silla.
-¿Y todavía lo preguntas? No quiero que vuelvas a drogarme, ni a secuestrarme, ni mucho menos que intentes matarme… otra vez.
El impacto de mis palabras fue inmediato. Los ojos de Simón se inyectaron de sangre, el dolor cruzando su rostro como una sombra.
-Perdóname, Luz… perdóname por todo… yo…
Levanté una mano para cortarlo en seco.
-Ya párale con tus “perdóname“. Tus disculpas valen tanto como las promesas que me hiciste en el altar–me incliné hacia adelante, clavando mi mirada en la suya-. Si de verdad lo sientes, ¡entonces firma el divorcio de una buena vez!
Mi frialdad lo ahogaba. Podía verlo en la forma en que su respiración se volvía irregular, en cómo sus manos se crispaban sobre la mesa. La familiar sensación de pánico comenzaba a apoderarse de él. Sus ojos, cada vez más enrojecidos, finalmente se desbordaron en lágrimas.
-Perdóname, Luz… por favor…
Los recuerdos del tribunal lo perseguían: las imágenes de mi cuerpo siendo rescatado del agua helada, mi figura inmóvil en la cama del hospital, cubierta de tubos y vendajes como una momia moderna. El eco de sus propias palabras lo atormentaba: cómo había presionado mi brazo herido, exigiendo saber de dónde salía tanta sangre, acusándome de desperdiciar recursos médicos. Cada recuerdo era un nuevo puñal en su consciencia.
Podía sentir su arrepentimiento, genuino y profundo. Por primera vez, Simón realmente comprendía la magnitud del daño que me había causado.
Pero, ¿qué importaba ya?
Las cicatrices en mi cuerpo eran un recordatorio permanente de que hay heridas que ningún
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“perdón” puede sanar.
Antes de que pudiera interrumpir su letanía de disculpas, se enderezó en su silla, intentando recobrar algo de compostura.
-Luz, sé que mis disculpas no pueden borrar lo que te hice -su voz temblaba ligeramente-. También sé que no tengo derecho a pedirte perdón. Lo único que puedo hacer ahora es darte lo que quieras.
“Qué diferente al Simón de antes“, pensé. Aquel que exigía mi perdón, que demandaba otra oportunidad, que me tachaba de fría cuando me negaba a dársela. Ahora por fin entendía: no era yo quien era fría, era él quien había sido un monstruo.
Sus manos temblorosas empujaron un folder hacia mí.
-Voy a cumplir con el acuerdo que firmamos. Aquí están todas las acciones de la nueva empresa -señaló los documentos-. Ya firmé la transferencia, solo falta tu firma.
Entrecerré los ojos, estudiando los papeles con desconfianza. La experiencia me había enseñado a no creer tan fácilmente en sus promesas de “darte todo lo que tengo“. Cada oferta suya podía ser una nueva trampa.
Una risa amarga escapó de sus labios al notar mi recelo.
-Sé que no me crees, Luz, pero nunca tuve la intención de lastimarte -pasó una mano por su rostro cansado-. Fui un idiota, me engañé a mí mismo hasta convertirme en el peor de los imbéciles. Pero jamás quise hacerte daño, al menos no conscientemente.
Una carcajada sarcástica brotó de mi garganta.
-¿Ah, no? ¿Y cuando cambiaste mi vida por la de Violeta? -me incliné hacia adelante, mi voz incisiva como una espada-. ¿O ya se te olvidó que por tu culpa casi muero congelada en esa montaña?
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