Capítulo 21
En el pasado, el desprecio de Simón me hacía sentir pequeña, insignificante. Mi silencio ante los ataques no nacía solo de la inseguridad, sino de una ingenua convicción: “¿Por qué deberíamos las mujeres lastimarnos entre nosotras?“. Qué equivocada estaba. Mi pasividad, en lugar de ganarme respeto, solo invitó más abusos, más humillaciones.
“Si así quieren jugar“, pensé mientras una sonrisa se dibujaba en mis labios, “que así sea“.
La señora Vásquez y la señora Gamboa, fieles integrantes del séquito de aduladoras de la familia Rivero, me miraron como si me hubiera crecido una segunda cabeza. Sus rostros perfectamente maquillados se contorsionaron en muecas de indignación.
—¡Luz! —La señora Vásquez casi se atraganta con su copa de champagne-. ¿Cómo te atreves a hablar así?
Las observé con fingida dulzura, disfrutando internamente su desconcierto.
-No se preocupen, tías -mi voz destilaba miel envenenada-. Si yo soy una gallina que no puede poner huevos, ¿qué vendría siendo Simón entonces? Y ya que estamos en eso, ¿ustedes qué serían?
El color abandonó sus rostros mientras continuaba:
-En vez de echarme la culpa por no tener hijos, ¿por qué no mandan a su adorado sobrino a checarse? Digo, para ver si el problemita no viene de su lado.
Me incliné hacia ellas como si fuera a compartir un secreto jugoso.
-Al fin y al cabo, la familia Rivero tiene una… digamos, interesante tradición de no poder… cumplir. De generación en generación. Quién sabe, capaz que a esta generación ni herederos les quedan ya.
El golpe dio en el blanco. Todos sabían que el padre de Simón tenía una colección de supuestos hijos fuera del matrimonio, desesperados intentos por colocar a un heredero al frente. Pero ninguno compartía realmente su sangre.
—Tú… tú… tú… -Margarita Rivero, la tía política que más me había atormentado, boqueaba como pez fuera del agua. La indignación le impedía formar palabras coherentes.
Cuando finalmente recuperó el habla, su voz salió en un chillido histérico:
-¡Luz, estás completamente loca! ¡LOCA!
-¿Le duele la verdad, tía? -arqueé una ceja con fingida inocencia-. Y eso que ni he empezado a hablar de su hijo. Aunque bueno, no hace falta decir mucho, ¿verdad? Está más que claro que él definitivamente no puede… ¿Qué clase de hombre, siendo incapaz de cumplir, no tiene ni la decencia de dejar la relación?
El hijo de Margarita, mimado hasta la podredumbre, se había hundido en todo vicio imaginable, pavoneándose con el dinero familiar. Había intentado abusar de una joven, quien en defensa
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propia lo había dejado permanentemente… incapacitado.
Margarita lo había arrastrado con cada especialista reconocido, sin éxito.
Mi comentario tocó una herida tan profunda que Margarita se tambaleó, su rostro pasando del rojo al púrpura.
-Desgraciada -Sus manos temblaban de furia-. ¡Haré que Simón te saque a patadas de la familia Rivero!
Sus ojos brillaban con odio mientras agregaba:
-¡Te vas a quedar sin nada! ¡Eres menos que un perro callejero!
Les dediqué mi sonrisa más dulce y venenosa.
-Ay tía, me muero de ganas por recibir esas buenas noticias.
Margarita se quedó muda, ahogándose en su propia bilis.
Los invitados que habían venido al banquete esperando un espectáculo a mi costa, al verme enfrentar sin miedo a la temida Margarita Rivero, perdieron todo el valor para acercarse.
“Está loca“, susurraban. “Perdió la cabeza“.
Estaban convencidos de que mi supuesta obsesión por Simón había llegado a tal extremo que, al no poder recuperarlo, había enloquecido completamente.
¿Qué otra explicación podía haber?
En cuestión de minutos, el chisme de mi “locura” inundó el grupo de WhatsApp de los juniors. La historia se transformó mágicamente: según ellos, la ausencia de Simón en el cumpleaños de mi abuela me había afectado tanto que, tras ser objeto de burlas, había sufrido un colapso mental y terminado llorando histéricamente.
Simón, al leer los mensajes, solo confirmó sus sospechas: me había malcriado tanto que prefería ser humillada públicamente antes que tragarme el orgullo y pedirle perdón.
Soltando maldiciones, agarró su saco y abandonó el club como una tormenta.
Mi ataque indiscriminado tuvo un efecto inesperado pero bienvenido: aquellos que habían venido a burlarse ya no se atrevían a hacerlo abiertamente. El ambiente del banquete mejoró considerablemente.
Mis padres, aunque me lanzaban miradas de advertencia recordándome lo que me habían encargado, quizás por un mínimo de respeto hacia mi abuela, se contuvieron. Querían que ella disfrutara su cumpleaños sin drama.
Justo cuando todo parecía encaminarse, cuando mi abuela se preparaba con alegría para cortar el pastel, sucedió.
Simón apareció en la entrada del salón. Y no venía solo.
Del brazo lo acompañaba Violeta.
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La multitud, que se había mantenido en un silencio tenso, se reanimó instantáneamente como hienas oliendo sangre. Todos esperaban verme hacer el ridículo.
El mensaje era claro como el cristal: en una ocasión tan significativa como el setenta cumpleaños de mi abuela, Simón no solo me había abandonado, sino que había elegido aparecer con Violeta.
Era una humillación calculada, diseñada para pisotear el último rastro de mi dignidad.
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