Capítulo 200
La expresión de Diego se transformó mientras procesaba la verdad: Simón no había dudado ni un segundo en cambiarme por Violeta. El silencio que siguió pesaba como plomo en el aire.
De pronto, los recuerdos de aquella conversación me golpearon como una bofetada.
-Por favor, Luz, no seas tan dramática -habían dicho con condescendencia-. Violeta está secuestrada, está en peligro real. ¿Qué tiene de malo que vayas tú a rescatarla? Es lo que cualquier persona decente haría.
Sus palabras retumbaban en mi memoria con cruel claridad.
-Deja de hacerte la víctima. Si no hubieras sido tan mala con Violeta desde el principio, Simón jamás habría dudado de ti.
Una risa amarga brotó de mi garganta al recordar la sentencia final:
-¡Todo lo que te está pasando es karma puro!
Fernando, que acababa de entrar a la habitación, le lanzó una mirada de reproche a Diego. Era evidente lo que pensaba: que su amigo había caído en mi trampa, que yo, la mujer cruel, lo había acorralado hasta dejarlo sin argumentos.
Una sonrisa sarcástica se dibujó en mis labios mientras los observaba. Fernando y Diego, amigos inseparables de Simón desde la infancia. Los tres habían crecido juntos… y por supuesto, también con Violeta.
“Qué conveniente“, pensé con amargura. Simón siempre trató a Violeta como a una hermana pequeña, la consentía en todo, y ellos siguieron su ejemplo, adoptándola como parte de su círculo exclusivo.
Violeta, maestra en el arte de la manipulación, no perdió tiempo en sembrar su veneno. Les contaba entre lágrimas sobre los supuestos maltratos de su hermana adoptiva, construyendo meticulosamente su imagen de víctima indefensa mientras me pintaba como un monstruo.
Mi mandíbula se tensó al recordar cómo, incluso antes de conocer a Simón, ellos ya me odiaban por ser la “malvada hermana adoptiva” de su adorada Violeta.
Las cosas cambiaron brevemente cuando Simón y yo comenzamos nuestra relación. De repente, era “cuñada” por aquí y por allá, todo respeto y sonrisas. Pero en cuanto descubrieron que yo era aquella hermana cruel de la que tanto se quejaba Violeta, la máscara se cayó. En sus mentes, una mujer tan despiadada como yo no merecía estar con alguien como Simón.
Mientras Simón me protegió, se limitaron a miradas de desprecio y murmuraciones a mis espaldas. Pero cuando él cambió su actitud hacia mí por ese video manipulado donde supuestamente drogaba a Violeta, se transformaron en bestias salvajes liberadas de sus cadenas. Los ataques, el menosprecio, las humillaciones… todo valía porque según ellos, ¡me lo merecía! ¡Merecía morir!
Una punzada de vergüenza me atravesó al recordar cómo había soportado su trato en el
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pasado. Ahora, la simple idea me revolvía el estómago.
Un bufido escapó de mis labios.
-A ver, vamos por partes -mi voz destilaba veneno –. ¿Dicen que no fui buena con Violeta? Entonces díganme, ¿quién merece más la muerte aquí? ¿Ustedes?
Mis ojos se clavaron en ellos como dagas.
-Si tanto la quieren, si son sus “hermanos“, ¿por qué nunca buscaron justicia cuando supuestamente estaba sufriendo? ¿Por qué permitieron que fuera intimidada y humillada?
Di un paso hacia ellos, mi postura desafiante.
-Con el poder de cualquiera de sus familias, pudieron haber aplastado a los Miranda como cucarachas, ¿o no? -una sonrisa cruel curvó mis labios-. Son asquerosamente ricos, ¿a quién le faltaba comida en su casa? ¿Por qué tenía que ser precisamente en la familia Miranda donde ella “sufría tanto” como hija adoptiva?
Mi voz se elevó, cargada de desprecio.
-Si tanto les dolía verla sufrir, ¿por qué no se la llevaron a vivir a sus mansiones? ¿Por qué no la consintieron ustedes?
Los señalé acusadoramente.
-No querían hacerse cargo de ella, pero tienen el descaro de exigir que otros sean santos. ¡Son unos hipócritas!
Mi risa resonó, dura y cortante.
-¿Tienen el cinismo de decir que me merezco todo esto? ¡Los primeros que deberían ser castigados por el cielo son ustedes!
-Tú… -Fernando y Diego me miraban boquiabiertos, como si estuvieran viendo a un fantasma.
Era evidente que nunca esperaron esta reacción de mí. En el pasado, por amor a Simón, y en mi patético intento de ganarme una migaja más de su afecto, siempre fui excesivamente complaciente con su círculo cercano.
Especialmente con estos dos, sus mejores amigos de la infancia. Ni siquiera me atrevía a confrontarlos. Ahora me preguntaba cómo había soportado tanto tiempo semejante humillación.
Esa tolerancia enfermiza, ese aguantar en silencio, les hizo creer que podían pisotearme a su antojo. Esperaban que obedeciera como un perro entrenado, que soportara cualquier abuso sin
chistar.
Por eso Fernando parecía tan desconcertado. Jamás imaginó que me atrevería a hablarle así, y menos aún de una manera que lo dejaba sin argumentos para defenderse.
Finalmente, frustrado ante su incapacidad de rebatir mis palabras, Fernando dio un paso
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amenazante hacia mí.
-¡Como sea, tienes que venir conmigo a ver a Simón! -gruñó, extendiendo su mano para
agarrarme.