Capítulo 191
Mi respiración se volvió pesada mientras recordaba los últimos dos años. Una y otra vez, Violeta se había encargado de ponerme contra la pared, forzando a Simón a elegir entre nosotras. El juego enfermizo de mi hermanastra parecía no tener fin.
Un dolor sordo se instaló en mi pecho al recordar cómo, en cada una de esas ocasiones, había anhelado desesperadamente ser la elegida. A pesar de que mi mente me gritaba que Simón jamás me escogería a mí, mi corazón se negaba a aceptarlo.
Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios. Ahora, irónicamente, cuando Simón se enfrentaba nuevamente a una elección, ya no esperaba nada de él. El anhelo se había convertido en
cenizas.
Mis ojos recorrían frenéticamente el terreno escarpado que me rodeaba. A pesar de mi determinación de morir antes que ser deshonrada, mi instinto de supervivencia rugía con fuerza dentro de mí. El sonido de pasos acercándose solo intensificó mi desesperación por
encontrar una salida.
Mi corazón dio un vuelco cuando mis ojos se posaron en una pequeña abertura entre dos árboles robustos. Era apenas un hueco, tan diminuto que pasaría desapercibido para cualquiera, especialmente con la maleza seca que lo cubría parcialmente.
Sin perder un segundo más, me moví con precisión calculada. Mis manos temblorosas se apresuraron a quitarme la chamarra. Con movimientos rápidos pero precisos, la rasgué y colgué los pedazos en las ramas al borde del precipicio, creando la ilusión perfecta de una caída desesperada.
Mis pies se movieron en patrones deliberadamente caóticos, dejando huellas confusas por toda el área. La adrenalina corría por mis venas mientras ejecutaba cada paso de mi improvisado plan de escape.
Finalmente, con el corazón latiendo tan fuerte que temía que me delatara, me deslicé dentro del hueco. Mis dedos acomodaron cuidadosamente la maleza para ocultar mejor la entrada. Me hice un ovillo, conteniendo incluso mi respiración.
Una risa silenciosa y amarga burbujeó en mi garganta al darme cuenta de que mi reciente pérdida de peso, consecuencia de mi última “caída accidental“, resultaba ahora providencial. El espacio era tan reducido que, con unos kilos más, jamás habría logrado esconderme allí.
El sonido de respiraciones agitadas y pisadas torpes rompió el silencio. Carlos y sus hombres finalmente los habían alcanzado. Podía escuchar claramente cómo Carlos jadeaba, evidentemente exhausto por la persecución.
Mis músculos se tensaron cuando escuché a uno de los hombres exclamar con sorpresa:
-¡No manches! ¿Se aventó la vieja?
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Capitulo 191
Carlos, aún recuperando el aliento mientras se apoyaba en un árbol, se acercó tambaleante al borde del precipicio. Sus ojos se entrecerraron al examinar los restos de la chamarra.
Los hombres rastrearon el área, siguiendo el patrón errático de huellas que había dejado. Uno tras otro, se fueron acercando a la orilla.
-Esta montaña no está tan alta y abajo hay agua profunda. Si se aventó, chance y sobrevivió.
Mi corazón latía tan fuerte que temía que pudieran escucharlo. “Por favor“, rogaba en silencio, “que se lo crean y se larguen de aquí“.
-¡Chingada madre! ¡Tanta persecución al pedo! ¡La pendeja se nos peló!
-¿Y ahora qué? Si esta vieja se escapa, ¿de dónde vamos a sacar la lana?
-Nel, olvídate del dinero. Si esta cabrona se nos escapa, ¿tú crees que Rivero nos va a dejar vivir?
La frustración era palpable en las voces de los hombres de Carlos. Podía sentir su desesperación; después de todo, ellos esperaban una buena recompensa, no terminar en la mira de Simón.
Sus quejas airadas me daban cierto alivio. Entre más convencidos estuvieran de que había saltado, mejor. Sin embargo, el silencio prolongado de Carlos, que seguía escudriñando el precipicio, me erizaba la piel. Algo en su actitud me hacía temer que no se había tragado por completo mi engaño.
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