Capítulo 144
El silencio se extendió entre nosotros como una sombra espesa mientras procesaba cada palabra del informe. Mi mente daba vueltas, tratando de encontrar sentido a todo este
rompecabezas.
-¿Quién le mandó ese video a Violeta? -mis dedos tamborilearon nerviosamente sobre el escritorio. ¿Con qué intención lo hizo?
-La persona que envió el video falleció el año pasado en un accidente automovilístico -el abogado ajustó sus lentes con gesto cansado-. Es imposible confirmar sus motivos.
Un nudo se formó en mi garganta. Otro callejón sin salida.
Respiré hondo, intentando mantener la calma que amenazaba con escapárseme.
-A ver, explícame algo me incliné hacia adelante. ¿Qué hay de las otras pruebas? ¿Las que demuestran que Federico fue quien drogó la bebida y no Violeta intentando meterse en su cama? ¿Son confiables?
Alberto se enderezó en su asiento, su rostro reflejando una seriedad profesional.
-Todas han sido verificadas exhaustivamente.
El peso de sus palabras me golpeó como una bofetada. Si Alberto, siendo uno de los mejores abogados del país, había confirmado las pruebas… ¿significaba que todo este tiempo me había equivocado? ¿No era Violeta confabulando con mi padre para tenderme una trampa y hacer que Simón me odiara?
“¿De verdad todo fue un simple malentendido?“, la pregunta me carcomía por dentro.
De pronto, una chispa de lucidez atravesó la niebla de dudas.
-Pero hay algo que no cuadra -entrecerré los ojos. Si todo esto fue un malentendido, ¿de dónde salió la droga que supuestamente puse en el jugo? Estaba confundida en ese momento, ¿cómo habría conseguido algo así?
-Según la investigación de los estudiantes del profesor -Alberto consultó sus notas-, aunque no pudieron identificar la sustancia exacta, descubrieron que en tu estado de confusión creíste que era medicina para el resfriado. Después bebiste ese mismo jugo antes de encontrarte con Simón.
Mi ceño se frunció más.
-¿Y qué pasó después?
-Simón te llevó al médico al verte mal, pero por el tiempo transcurrido, ya no hay registros ni el
doctor recuerda el caso.
Me recliné en la silla, un sabor amargo en la boca.
-Todo apunta a que efectivamente pusiste algún tipo de droga en el jugo -continuó Alberto-.
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Capítulo 144
Esa sustancia no pudo aparecer de la nada.
-¿Y eso no les parece sospechoso? -la frustración se filtró en mi voz.
-Es un punto cuestionable, sí -admitió-, pero no podemos usarlo como evidencia para acusar a Violeta de difamación o conspiración.
La realidad me golpeó como un mazo: sin pruebas concretas, Violeta saldría libre. Mi incredulidad se intensificó después de verla cara a cara. Algo en mi interior gritaba que esto no era un simple malentendido.
Violeta, siempre la actriz perfecta, eligió salir por la puerta principal en lugar de escabullirse por la trasera como yo había hecho. Todo un espectáculo mediático.
Su primera jugada fue magistral: en vez de defender su inocencia, se disculpó públicamente conmigo. Con lágrimas de cocodrilo, explicó cómo recibió el video y, sin consultarme, asumió lo peor. Cuánto lamentaba todo lo sucedido.
Era la imagen misma de la fragilidad, la dulce víctima que todos querían proteger. Su acto era impecable: la voz temblorosa, los ojos brillantes, las manos retorciéndose con aparente nerviosismo. La gente caía rendida ante su vulnerabilidad fingida.
La opinión pública giró a su favor como una veleta. “Pobrecita“, decían, “solo tenía diecinueve años cuando todo pasó“. “Una edad tan bonita arruinada por un viejo depravado“. “Claro que quedó traumada“. “¿Cómo no iba a querer venganza cuando pensó que su propia hermana quería lastimarla?”
Los internautas, hartos de tantos giros en la historia, ya ni siquiera se molestaban en especular. Pero Violeta, maestra de la manipulación, no dejó cabo suelto. No solo ofreció disculpas públicas, sino que insistió en encontrarse conmigo frente a los medios para “hacer las paces“.
Y ahí estaba yo, observando su actuación perfecta. Sus palabras destilaban arrepentimiento, pero sus ojos… sus ojos brillaban con un desafío venenoso. El mensaje era claro como el agua: “¿Qué importa si yo orquesté todo desde el principio? ¿Si quería que Simón te odiara y te destruyera? ¡Mira, aquí estoy, libre como el viento!”
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