Capítulo 141
El aroma picante de la barbacoa inundaba el aire cuando los golpes insistentes en la puerta interrumpieron mi primer bocado. Mis dedos se detuvieron a medio camino, la carne aún humeante suspendida sobre el plato.
“Debe ser mamá“, pensé mientras dejaba los palillos sobre la mesa. “Seguro viene a cobrarme por haberla expuesto en redes“. Una sonrisa amarga curvó mis labios al imaginar la furia de mi madre tras ver los comentarios que la tachaban de loca por favorecer a una extraña sobre su propia hija.
El orgullo siempre había sido el talón de Aquiles de mi madre. Podía imaginarla hirviendo de rabia tras ser el blanco de críticas en internet.
Con movimientos calculados, me acerqué a la puerta. Mis dedos rozaron la nueva cadena de seguridad, la más resistente del mercado, instalada tras el incidente con Simón. El cerrajero había jurado que ni el mismísimo Popeye podría arrancarla de la pared.
Entreabrí la puerta apenas unos centímetros, preparada para el vendaval de reproches maternos. Sin embargo, el rostro que me recibió del otro lado no fue el de mi madre, sino el del profesor Fidel Montes.
La sorpresa se reflejó en ambos rostros, yo no esperaba verlo a él, y él no esperaba encontrar tal fortaleza en lugar de una simple puerta.
-Pensé que eras mi mamá -expliqué mientras abría la puerta por completo, una sonrisa incómoda bailando en mis labios-. Ya sabes, por todo el drama en redes…
Fidel asintió en silencio, la comprensión brillando en sus ojos cansados. Su normalmente impecable apariencia mostraba signos de un viaje apresurado, el traje arrugado, el cabello ligeramente despeinado.
-Perdón por llegar así, sin avisar–se disculpó, pasándose una mano por el rostro fatigado-. Acabo de aterrizar y cuando me enteré de todo… no pude esperar.
Noté cómo abría y cerraba la boca, como si las palabras se le atoraran en la garganta. Era extraño ver al siempre compuesto profesor Montes tan fuera de balance.
-¿Ya comiste? -pregunté, dejando escapar una sonrisa genuina-. Tengo barbacoa, ¿gustas?
Era lo menos que podía hacer por el hombre que tantas veces me había salvado. Siempre le prometía invitarlo a comer, pero nunca había encontrado el momento adecuado. Quizás el destino había elegido este día.
Fidel apenas registró cómo llegó hasta la mesa, pero la familiaridad de la escena, yo charlando y riendo como si nada hubiera pasado, poco a poco fue relajando la tensión en sus hombros.
La comida transcurrió entre risas y cerveza fría. Ambos disfrutábamos del picante con el mismo entusiasmo. Por un momento, las preocupaciones quedaron olvidadas entre bocados de barbacoa y conversación ligera.
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Capítulo 141
Cuando acompañaba a Fidel a la puerta, el destino decidió jugar una mala pasada. Al abrir, nos encontramos cara a cara con mi madre.
Su rostro se transformó al ver a Fidel saliendo de mi departamento. Sus ojos se abrieron como platos antes de que una mueca de desprecio torciera sus facciones.
-¡Úrsula! -el grito resonó por todo el pasillo-. ¡Con razón has cambiado tanto! ¡Esto es… esto es una indecencia!
Cualquier otra madre habría bajado la voz, intentando proteger la reputación de su hija. Pero mi madre parecía querer que todo el edificio se enterara, su voz elevándose hasta casi hacer vibrar las paredes.
Fidel frunció el ceño, sus labios apretándose en una línea tensa.
-¡Tú, descarada! -mi madre se abalanzó hacia mí con los brazos extendidos como garras- ¡No solo engañas a Simón y a Violeta, sino que ahora nos difamas a tu padre y a mí en
internet!
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