Capítulo 12
“Con tal de terminar este matrimonio“, pensé mientras revisaba una vez más el acuerdo, “estoy dispuesta a perder algo de dinero. Lo que sea razonable“.
Simón apenas había logrado sentarse a descansar después de una semana agotadora cuando su celular vibró. Al ver que era un mensaje mío, una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro. La arrogancia brillaba en sus ojos, como si pensara “¿Por fin se dio cuenta de su error y viene a pedirme perdón?”
Su expresión cambió drásticamente al abrir el mensaje y encontrar una propuesta de divorcio meticulosamente detallada. La vena en su sien comenzó a palpitar. “¡Vaya con Luz! ¿De verdad cree que no me voy a enfadar?”
Nicolás Valdés, sentado a su lado, notó cómo la mandíbula de Simón se tensaba.
-¿Qué pasa? -Sus ojos se detuvieron en las palabras “propuesta de divorcio” en la pantalla.
Simón guardó el celular con un movimiento brusco.
-Nada.
“Esta vez Luz se pasó de la raya“, pensó mientras apretaba los puños.
Nicolás observó cómo su amigo ahogaba sus penas en alcohol. Después de un momento de silencio, se atrevió a hablar:
-A veces las mujeres necesitan una salida digna, Simón. Si no puedes dársela, al menos no la dejes sin dignidad. La situación no puede seguir así.
Se inclinó hacia adelante, jugando con su vaso.
-¿Te acuerdas de Bruno de la Mora? La chica que andaba tras él estaba loca de amor. Hacía todo lo que Bruno decía, aguantaba cualquier cosa con tal de estar cerca. Pero él nunca la valoró -Hizo una pausa significativa-. Al final, ella se casó.
Nicolás dejó que las palabras calaran hondo.
-Y no fue con Bruno. El güey lloró en la boda, pero ya era tarde. Cuando dejas ir a una mujer así, no hay vuelta atrás.
Las palabras de Nicolás resonaron con lo que Patricia había dicho, lo que solo aumentó la irritación de Simón. Comenzó a beber con más ímpetu.
Antes de perder completamente la sobriedad, una parte de su cerebro registró que tal vez Nicolás tenía razón: a veces hay que darles a las mujeres esa salida digna que buscan.
Con ese último pensamiento coherente, le pidió a alguien que lo llevara a mi casa. Sabía perfectamente dónde me estaba quedando después del hospital, pero había estado esperando que volviera por mi cuenta a Villa Serenità.
Capitulo 12
Después de enviar la propuesta de divorcio, me quedé esperando su respuesta. Pero fue como arrojar una piedra al mar: solo silencio. La irritación comenzó a crecer en mi pecho. Ya no quería tener nada que ver con ese pepino podrido.
Estaba a punto de llamarlo cuando la puerta se abrió. Simón entró tambaleándose, sostenido por alguien más. La sorpresa me paralizó por un momento.
“¿Cómo consiguieron el código de acceso?“, pensé. “Y si estamos por divorciarnos, ¿por qué viene borracho a mi casa en lugar de ir a la suya?”
Aunque hacía un momento pensaba llamarlo, ¿de qué servía hablar con alguien en ese estado? Solo aumentaba mi irritación. Definitivamente no lo quería en mi casa.
El pensamiento de tener que desinfectar todo después de que se fuera, perdiendo mi tiempo de descanso, me enfureció aún más.
Álvaro Montes, uno de los lambiscones de Simón, me miró con desprecio.
-¿Qué esperas, cuñadita? ¡Ven a ayudar a mi Simón! -Su tono destilaba veneno-. Con razón después de tantos años nunca se enamoró de ti. ¿Quién podría quererte así?
Se pasó una mano por el cabello engominado.
-Ya es bastante malo que no seas nada, pero ni siquiera puedes cuidar de mi Simón. ¿Para qué sirves?
No sé qué tan dócil era antes para que se atrevieran a tratarme así, pero esos tiempos se acabaron.
-¡Para correrte a ti, perro! -Mi voz cortó el aire como un látigo.
Álvaro se quedó boquiabierto, claramente desconcertado por mi respuesta.
-Luz, ¿sabes quién soy? ¿Cómo te atreves…?
Una risa fría lo interrumpió.
-Tu padre, Germán Montes, tiene que tratarme con pinzas cada vez que me ve. Tú, que ni pintas en tu propia casa por ser hijo ilegítimo, ¿qué te crees? ¿Por qué no me atrevería?
-Recuérdame bien -Álvaro siempre había odiado que le recordaran su condición de bastardo. El color abandonó su rostro-. ¡Yo soy el mejor amigo de Simón!
Sus mejillas se encendieron de rabia. “¡Que se atreva a hablarme así! ¡Ya verá cuando haga que Simón la deje de verdad!”
Solté otra risa helada. A estas alturas, ese perro de Simón me importaba tanto como una piedra en el zapato, mucho menos sus aduladores.
Pero recordando mi estado de salud, decidí no prolongar la discusión.
-Tienen un minuto para sacar a este borracho de mi casa. Si no, llamo a la policía y los denuncio por allanamiento.
Capitulo 12
Mis palabras los dejaron petrificados. En el pasado, cuando traían a Simón ebrio, les agradecía profusamente, esperando que hablaran bien de mí para que él visitara más la casa. Me
desvivía por agradarles; jamás les habría dicho algo desagradable.
Y mucho menos habría llamado “borracho” a Simón o amenazado con echarlo.
-Luz, creo que de verdad te volviste loca…
Alguien sujetó a Álvaro antes de que pudiera terminar.
-No te tomes a mal lo de Álvaro, hermana. Habló sin pensar porque andaba pasado de copas -El hombre me dirigió una sonrisa conciliadora-. Ya te trajimos a Simón, de aquí en adelante te encargo que lo cuides.
Arrastraron a Álvaro fuera sin darme oportunidad de replicar.
Miré a Simón, tirado como un costal en mi sofá, y el asco me revolvió el estómago. Quería llamar a la policía y terminar con esto de una vez, pero todavía necesitaba hablar con él sobre el divorcio. Involucrar a las autoridades solo complicaría las cosas.
Así que, tragándome la repugnancia, decidí tolerarlo por una noche. Mañana hablaríamos del divorcio y después haría una limpieza profunda de la casa.
Justo cuando me levantaba para irme, el bulto que yacía en el sofá abrió los ojos de golpe.