Capítulo 109
La mañana siguiente llegó con el eco metálico de pasos acercándose a mi celda. Mi corazón dio un vuelco, esperando ver a Eloy Martorell con los papeles de mi fianza en la mano.
Pero no. Era Simón quien apareció frente a los barrotes.
El aspecto desaliñado de mi todavía esposo me sorprendió. Sus ojos, normalmente altivos y seguros, ahora lucían inyectados en sangre, húmedos como pétalos de durazno después de la lluvia. Las profundas ojeras bajo sus párpados revelaban una noche sin dormir. Irónicamente, él, que había pasado la noche en la comodidad de su casa, lucía peor que yo, que había permanecido despierta en esta celda fría, alternando entre el pánico y la inquietud.
Al notar mi rostro pálido, un fugaz destello de culpa atravesó sus ojos, pero se desvaneció tan rápido como apareció.
Sus labios se curvaron en esa sonrisa condescendiente que tanto había llegado a detestar.
-Te dejé toda la noche para que enfriaras la cabeza. ¿Ya pensaste bien las cosas?
Hizo una pausa estudiada, como quien espera la respuesta correcta de un niño regañado.
-Todavía estás a tiempo de pedir disculpas.
Sus palabras me transportaron a aquella otra conversación: “¿Tres meses de reflexión no fueron suficientes para ti?“. Una risa amarga brotó de mis labios.
“Incluso ahora“, pensé mientras lo observaba, “cuando me está destruyendo la vida, todavía cree que me está haciendo un favor. Que me está ‘consintiendo‘. Todo es mi culpa, ¿no? Me ha dado tantas oportunidades y sigo siendo una ingrata“.
Lo miré fijamente, intentando encontrar en sus facciones algún rastro del hombre que creí
amar.
-Simón, ¿de verdad no quieres que me muera para quedarte con la herencia?
El impacto de mi pregunta lo dejó momentáneamente sin palabras. Su rostro palideció.
-¡Por supuesto que no! ¡Jamás he querido que mueras! -Su voz se elevó con indignación-. Lo que dije anoche… ¡solo quería que distrajeras a Violeta para poder salvarla en el momento preciso!
Su desesperación por justificarse era casi patética. Ni siquiera soportaba dejarme una noche en la celda, mucho menos podría desear mi muerte. Lo repitió una y otra vez, como si la cantidad de veces que lo dijera pudiera hacerlo más cierto.
Y lo peor es que le creí. Si realmente hubiera querido mi muerte, como ingenuamente había pensado, no estaría aquí ahora, intentando convencerme.
-Entonces… Mi voz salió más suave de lo que pretendía-. ¿De verdad me amas? ¿De verdad no quieres que vaya a prisión? ¿Todo esto es por mi bien? ¿Querer que me disculpe
públicamente?
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Capítulo 109
-¡Por supuesto! -La convicción en su rostro era total. Para él, todo era genuinamente por mi
bien.
Contemplé esa expresión de absoluta certeza en su rostro, esa seguridad inquebrantable de estar en lo correcto, y sentí náuseas.
-Qué asco.
Su expresión se congeló.
-¿Qué? -parpadeó, como si no hubiera escuchado bien.
Lo miré directamente a los ojos, pronunciando cada palabra con cruel claridad:
-Dije que tu amor da asco.
El shock en su rostro habría sido cómico en otras circunstancias. Podía ver los engranajes girando en su cabeza, intentando procesar mis palabras. Había interpretado mi pregunta anterior como una señal de que finalmente había “entrado en razón“, de que por fin entendía que todo lo que él hacía era por mi bien.
Sus manos se cerraron en puños sobre la mesa metálica, los nudillos blancos por la tensión.
-Luz, ¿a qué te refieres con eso?
-A nada en particular–me encogí de hombros-. Solo que me da asco ser amada por alguien como tú. Por favor, deja de amarme.
Me levanté, dispuesta a dar por terminada la conversación. No tenía nada más que decirle. Casi deseaba que hubiera sido como pensé al principio, que realmente deseara mi muerte. Habría sido más fácil de digerir que esto. Preferiría haber estado ciega y haberme equivocado de persona, a tener que aceptar que realmente amé a alguien como él.
Su mano se cerró como una garra alrededor de mi brazo. Sus ojos, inyectados en sangre, brillaban con una mezcla de ira y algo más que no pude identificar.
-Luz, ¿qué diablos quieres decir con eso?
Me giré hacia él, ignorando el dolor de su agarre.
-Simón, ¿cuánto tiempo hace que me conoces?
La pregunta lo desconcertó, pero respondió automáticamente:
-Ocho años.
-¡Exacto! ¡Ocho años! -Mi voz se elevó ligeramente-. No son ocho días, ni ocho horas, ni ocho minutos. ¡Son ocho años!
Sentí que la rabia acumulada durante tanto tiempo finalmente encontraba su cauce.
-¡De los dieciocho a los veintiséis! ¡Ocho años de mi vida!
No le di oportunidad de interrumpirme.
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Capítulo 109
-En todo ese tiempo, además de tu absurda creencia de que drogué a Violeta, ¿me has visto hacer algo verdaderamente cruel o malvado?
Su silencio fue toda la respuesta que necesitaba.
-No, ¿verdad? No solo no he hecho nada ilegal… ¡ni siquiera he hecho algo inmoral!
Las palabras brotaban de mí como un torrente imparable.
-Y más aún, desde que tengo estabilidad económica, ¿no me he dedicado a ayudar en causas benéficas?