Capítulo 95
La derrota pesaba en cada fibra del ser de Irene. Su rendición ante las demandas de Romeo dejó un sabor amargo en su boca, pero era un precio que estaba dispuesta a pagar por su libertad.
Romeo la observaba con una intensidad perturbadora, sus ojos oscuros reflejando algo más profundo que simple victoria. Una emoción turbia, casi líquida, parecía agitarse en sus pupilas. Ver a Irene doblegándose ante sus condiciones despertaba en él sentimientos contradictorios que ni él mismo comprendía.
Sus dedos largos y elegantes rozaron el cristal de su reloj Cartier, un gesto que Irene había aprendido a interpretar como señal de que estaba a punto de imponer otra condición. El silencio se extendió como una sombra entre ellos.
-Y una cosa más -su voz surgió baja y controlada-. Antes de que traigas a Inés de vuelta y procedamos con el divorcio, vas a cumplir con tus obligaciones como mi esposa.
La garganta de Irene se cerró como si una mano invisible la estrangulara. Sabía exactamente lo que eso significaba: era sábado, día de visita a la familia Castro. “Qué conveniente circunstancia“, pensó con amargura.
Los Castro. La culpa se retorció en su estómago al pensar en ellos. Dos años de domingos familiares, de pláticas largas con Milagros, de sentirse parte de algo. Aunque técnicamente seguía siendo la esposa de Romeo, cada visita se sentía ahora como una pequeña traición. Una mentira más en el elaborado teatro que se había convertido su matrimonio.
Sus pensamientos se revolvían como hojas en una tormenta. ¿Qué pasaría si los Castro se enteraran de la verdad? Una familia tan tradicional como ellos… ¿justificarían la infidelidad de Romeo como algo normal en un hombre de negocios? ¿La presionarían para perdonarlo y mantener las apariencias?
El rostro de Romeo captó su atención, reflejado en el vidrio de la ventana. Tan apuesto, tan perfectamente compuesto. Cada segundo junto a él era como caminar sobre vidrios rotos: doloroso y peligroso. Su corazón todavía saltaba traicioneramente ante su presencia, pero ahora ese salto venía acompañado de una punzada de dolor que le robaba el aliento.
Romeo la observaba, sus dedos tamborileando un ritmo irregular sobre el escritorio. La vulnerabilidad en el rostro de Irene despertaba en él una mezcla de satisfacción y disgusto.
-No te estoy obligando su voz sonaba casi razonable-. Si no quieres, toma el acuerdo y vete. Irene levantó la barbilla, un gesto pequeño pero desafiante.
-Acepto -sus palabras salieron firmes a pesar del nudo en su garganta-. Pero necesito tu palabra de que firmarás el divorcio cuando llegue el momento.
Algo oscuro destelló en los ojos de Romeo. La desesperación de Irene por alejarse de él alimentaba un fuego oscuro en su interior. No soportaba verla así, tan determinada a escapar
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de su control. Anhelaba los días en que ella lo miraba con adoración, cuando sus ojos brillaban solo para él.
Sus labios se curvaron en una sonrisa enigmática.
-Si tanto insistes, ¿quién soy yo para negártelo?
“Tiene que cumplir su palabra“, se repetía Irene mentalmente mientras salía de la oficina. No tenía otra opción más que confiar en él una última vez.
El aroma dulce de la pastelería francesa inundó sus sentidos mientras seleccionaba los postres favoritos de Milagros. Era un ritual que había mantenido durante dos años, una pequeña muestra de afecto que ahora se sentía agridulce.
A las diez en punto, el portón de la mansión Castro se abrió ante ella. Apenas había puesto un pie dentro cuando Milagros apareció, su rostro arrugado iluminándose con una sonrisa genuina.
-¡Irene! ¿Ya te sientes mejor, mi niña?
Irene ralentizó el movimiento de quitarse los zapatos, su mente trabajando rápidamente. Así que esa era la excusa que Romeo había usado para justificar su ausencia la semana anterior.
Tomó la mano extendida de Milagros, sintiendo la calidez familiar de su piel arrugada.
-Ya estoy mejor, abuelita. Perdón por preocuparla.
-Mientras estés bien -el rostro de Milagros se arrugó aún más con su sonrisa-. Me has tenido con el pendiente medio mes. Ven, platícame qué has estado haciendo.
La tarde transcurrió en la sala principal, donde Milagros, ignorando su habitual siesta, se dedicó a conversar con Irene. Con Begoña e Ismael de viaje, la casa se sentía más íntima, más manejable.
Romeo llegó puntualmente para la cena, su presencia alterando sutilmente la atmósfera del comedor. Durante la cena, Milagros no dejaba de servir más comida en el plato de Irene.
-Te noto más delgada, mi niña -comentó Milagros con preocupación maternal.
Romeo se reclinó en su silla, su mirada deslizándose por la figura de Irene como una caricia no deseada. El perfume floral que ella usaba llegaba hasta él, mezclándose con recuerdos de tiempos más felices. Su cintura, que antes podía rodear con una mano, parecía más frágil ahora. Sin embargo, las curvas de su cuerpo se mantenían, quizás incluso más pronunciadas que antes.
Contuvo la respiración cuando su mirada se detuvo en la delicada línea de su mandíbula.
-No es eso, abuelita -Irene forzó una sonrisa-. Es que la ropa de invierno es más gruesa y me hace ver diferente.
Era mentira, por supuesto. Los pantalones del otoño anterior le quedaban flojos ahora. Todo
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había cambiado en estos meses, desde que la palabra “divorcio” se había instalado entre ellos como un muro invisible. El insomnio y la falta de apetito habían cobrado su precio, pero no quería preocupar a Milagros con la verdad.
-¡Ja! Mis ojos no me engañan -Milagros se volvió hacia Romeo con aire triunfal-. A ver tú, ¿no crees que ha adelgazado?
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