Capítulo 92
Irene no pudo evitar detenerse un momento para admirar la decoración del Valle Aureo. Había algo en aquel lugar que capturaba perfectamente la esencia que ella buscaba transmitir en sus diseños. Un suspiro escapó de sus labios mientras sus dedos jugaban inconscientemente con los papeles en su bolso.
“Si tan solo pudiera cargar el acuerdo de divorcio conmigo todo el tiempo“, pensó, mordiéndose el labio inferior. “Así no tendría que buscarlo para que firme. No tendría que volver a ver su
cara“.
El reloj marcaba cerca de las ocho cuando bajó del taxi en el centro de la ciudad. Sin perder tiempo, abordó otro hacia Colinas Verdes. Para cuando llegó a su destino, el cielo ya se había oscurecido por completo y el reloj marcaba las ocho y media.
Sus tacones resonaron contra el pavimento mientras se apresuraba hacia su apartamento, el cansancio del día pesando sobre sus hombros. La imagen que la recibió la hizo detenerse en seco: Natalia, inmóvil como una estatua, posaba dramáticamente junto a la puerta con una expresión exageradamente dolida.
La risa brotó espontáneamente de los labios de Irene, disipando como por arte de magia la pesadez que había cargado todo el día.
Natalia mantuvo su pose teatral.
-¡Y pensar que si no llegabas, lo de menos iba a ser la comida fría! ¡Tu única amiga en todo el mundo se iba a morir de hambre!
Al ver que Irene no podía contener la risa, Natalia abandonó su actuación y frunció el ceño.
-¡No puedes estar trabajando hasta estas horas! ¿Qué no ves que me tienes abandonada?
Irene se quitó los zapatos y dejó caer su bolso, sintiendo cómo la tensión abandonaba su
cuerpo.
-Ya, ya, no te preocupes. Mañana es sábado y tengo el día libre. Te lo dedico completito.
-¡Así me gusta! -Natalia la tomó del brazo-. Ahora sí, vamos a cenar que me muero de
hambre.
Natalia había estado vigilando por la ventana y, en cuanto vio llegar a Irene, le pidió a David que recalentara la comida. Para cuando entraron al comedor, la mitad de los seis platillos ya
estaban listos.
Irene se apresuró hacia la cocina, intentando tomar la espátula de las manos de David.
-Déjame terminar a mí.
-Ni lo pienses -David mantuvo firme su agarre en la espátula-. Has de venir muerta después de tanto trabajar. Tú siéntate, yo termino en un momento.
Sus dedos se rozaron brevemente. Irene retiró la mano como si el contacto la quemara.
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13:50
Capitulo 92
-Todos tuvieron un día pesado. Me siento mal de que hagan todo esto por mí.
Natalia, que ya había empezado a comer, habló con la boca llena.
-¿Cuando yo me divorcie me vas a consentir igual?
-¡No digas babosadas! -David la reprendió con el ceño fruncido.
Irene sabía que Natalia no lo había dicho con mala intención.
-Tú nomás fijate bien en elegir. No vayas a meter la pata como yo.
Natalia le sacó la lengua y siguió devorando su comida. Pronto, todos los platillos estuvieron listos. Para cuando Irene y David empezaron a comer formalmente, Natalia ya había arrasado con casi todo.
-¿Qué tal te va en el trabajo? -preguntó Natalia, como lo hacía casi todas las noches.
-Todo bien, no te preocupes -Irene esbozó una sonrisa genuina-. Mis compañeros son un
amor.
David intentó servirle más comida a Natalia, pero ante su negativa, llenó el plato de Irene.
-Nunca habías tenido un trabajo de oficina. Te va a tomar tiempo acostumbrarte. Come más para que aguantes el ritmo.
Chiles en nogada, el platillo favorito de Irene. Hacía una eternidad que no los probaba; Romeo no soportaba ni su olor.
-La verdad es que me he adaptado súper bien. Se me da natural esto del diseño.
Durante dos años, Irene se había dedicado en cuerpo y alma a complacer a Romeo y mantener la casa perfecta, sin un momento de respiro. Apenas llevaba una semana trabajando y ya se sentía más viva que nunca.
David sonrió discretamente, limitándose a escuchar la conversación entre las amigas mientras cenaban.
Terminaron cerca de las diez y media. Como Irene no trabajaba al día siguiente, Natalia decidió quedarse a dormir. David se despidió y salió solo.
Al salir del complejo de Colinas Verdes, sus ojos se posaron en un Maybach estacionado junto al camino. El auto estaba apagado, completamente a oscuras, con las ventanas cerradas. Pero David sabía perfectamente quién estaba dentro.
Mientras dudaba si acercarse, la puerta del auto se abrió. Las piernas atléticas de Romeo emergieron, sus zapatos italianos brillando bajo la luz de la farola. Con estudiada casualidad, apoyó el codo en la puerta del auto.
-Qué casualidad encontrarte por aquí… otra vez.
David mantuvo la mirada firme.
-Esta vez no es casualidad. Vine a buscar a Irene.