Capítulo 69
El sobre manila descansaba sobre el escritorio de Romeo. La dirección, escrita con tinta negra, decía: “Señorita Llorente“. Un escalofrío le recorrió la espalda; sabía perfectamente lo que contenía antes siquiera de abrirlo.
Sus ojos, usualmente penetrantes, se tornaron gélidos.
Inés se removió en su asiento, con los codos apoyados casualmente en el brazo de la silla ejecutiva. Sus uñas tamborileaban sobre el cuero.
-Romeo, esto parece…
-Retírate la cortó Romeo con una voz tan fría que podría haber congelado el café sobre su
escritorio.
La orden brusca hizo que Inés se tensara. La presencia de Gabriel solo intensificó su humillación. Sin embargo, años de práctica en el arte del disimulo le permitieron mantener la compostura. Se levantó con la gracia estudiada de quien está acostumbrada a las situaciones
incómodas.
-Como quieras. Luego seguimos con lo pendiente.
Cuando la puerta se cerró tras Inés, el silencio en la oficina se volvió denso, casi palpable. Gabriel sentía que le faltaba el aire. También había adivinado el contenido del sobre, aunque una parte de él se resistía a creerlo. ¿La señora realmente se había atrevido a dar ese paso? ¿A enviarle los papeles de divorcio al mismísimo Romeo Castro?
Con movimientos deliberadamente lentos, Romeo rasgó el sobre. El encabezado “Acuerdo de Divorcio” parecía brillar con luz propia sobre el papel oficial. Lo dejó caer sobre el escritorio como si quemara y se dirigió al balcón, sacando su cajetilla de cigarros en el proceso.
La frustración y la melancolía lo asaltaron como una marea oscura, mezclándose con una rabia que amenazaba con desbordarse. Todo era culpa de Irene. Siempre Irene.
Gabriel observó la tensión en los hombros de su jefe. Tragó saliva, consciente de que aún tenía que informar sobre los pendientes del día.
-Presidente Castro… sobre la comida de mediodía. Estaba programada con el señor Llorente para presentarle al director de Grupo Vectorflow.
Romeo permaneció inmóvil, su silueta recortada contra el ventanal. La agenda siempre se organizaba con una semana de anticipación, cuando las cosas con Irene aún no habían escalado a este punto. Pero ahora…
El silencio se extendió hasta volverse insoportable.
-¿Mantenemos la cita?
-Cancélala -cada sílaba parecía costarle un esfuerzo sobrehumano-. Y de ahora en adelante, no quiero saber nada de los Llorente.
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Capítulo 69
-Entendido Gabriel agradeció internamente no tener que lidiar más con César.
Con cautela, colocó otro documento sobre el escritorio.
-El reporte sobre los movimientos recientes de la señora.
El informe incluía todo: la escena de la noche anterior, cuando David había abrazado a Irene frente a su apartamento, y su nuevo empleo en Estudio Píxel & Pulso. A Gabriel se le había helado la sangre al descubrirlo. Las órdenes habían sido claras: ninguna empresa debía contratar a Irene. Pero claro, David era socio del estudio. Era natural que ayudara a la amiga de su hermana Natalia.
Natural, sí, pero eso no significaba que Romeo lo tomaría bien. Gabriel contenía el aliento, temiendo que cualquier palabra pudiera desatar la tormenta que veía formándose en el rostro de su jefe.
Romeo se giró apenas lo suficiente para mirar el documento por encima del hombro. Sus ojos se detuvieron un instante en la fotografía de David abrazando a Irene antes de desviar la
mirada.
-Déjalo ahí.
En su mente, Irene seguía siendo la misma mujer dócil y complaciente de los últimos dos años. Seguramente esto no era más que un berrinche, probablemente instigado por César, un intento infantil de manipularlo con amenazas de divorcio.
Necesitaba mantener la calma. Esperar. Irene volvería arrastrándose, como siempre. Y esta vez, no se lo pondría tan fácil.
Gabriel decidió que era mejor no mencionar nada más. ¿Qué tanto podría lograr Irene en ese estudio de cuarta? En unos días se rendiría. Y la foto con David… seguramente había una explicación inocente.
-Como usted diga.
Recogió los documentos y los dejó caer en el bote de basura con un ruido sordo.
Romeo permaneció junto al ventanal, observando la ciudad que se extendía a sus pies. El cigarrillo se consumía entre sus dedos, acumulando una larga columna de ceniza que amenazaba con caer. La nicotina comenzaba a hacer efecto, llevándose consigo parte de su irritación, pero dejando tras de sí un sabor amargo que ningún whisky podría eliminar.
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