Capítulo 57
“¿Quién es esa persona?”
Romeo contempló el expediente sobre su escritorio con una mirada gélida. Sus dedos, tensos sobre el borde de la mesa, revelaban una irritación apenas contenida mientras observaba a Gabriel con ese aire opresivo tan característico suyo.
Gabriel se removió incómodo en su asiento antes de responder.
-La vigilancia en la zona es mínima. Las cámaras del vehículo no lograron captar bien el rostro del sospechoso. La policía quiere interrogar al conductor, a ver si pueden sacar algo en
claro.
El pensamiento cruzó por la mente de Romeo como un relámpago: o el sospechoso estaba mentalmente perturbado para andar asustando gente a medianoche, o guardaba algún rencor específico contra Irene. La incertidumbre le carcomía.
Después de un silencio pesado, Romeo apenas separó los labios. Un músculo en su mandíbula se tensó visiblemente.
-Que empiecen la investigación con los familiares de las víctimas del caso de Daniel. Si no encuentran nada, que procedan con la señora.
La derrota en el juicio de Daniel había sido inevitable, lo sabía. Pero ahora, si Irene decidía dramatizar por este accidente… ¿tendría que lidiar con una mujer resentida cada vez que volviera a casa? Romeo añoraba aquellos días tranquilos de antes, cuando todo era más simple.
Sus dedos tamborilearon sobre el escritorio con impaciencia.
-Avísale a Enzo que si los vecinos de Inés están dispuestos a negociar, que maximice la compensación. Quiero esto resuelto cuanto antes.
La urgencia en su voz era palpable. Su paciencia se agotaba, como con todo últimamente.
-Entendido.
Gabriel anotó meticulosamente las instrucciones y, tras abandonar la oficina presidencial, comenzó a ejecutar las tareas una por una.
El Centro Judicial del Puerto del Oeste se alzaba imponente bajo el cielo gris de la mañana. Irene no había vuelto a ver a Daniel desde el incidente, y el cambio en él le provocó un dolor agudo en el pecho.
En tan solo unos días, parecía haber envejecido una década. Aquel muchacho alegre y extrovertido se había transformado en una sombra de sí mismo. Su cabello, antes cuidadosamente peinado, ahora estaba rapado casi al ras. Una barba descuidada cubría su rostro demacrado, tan pálido como la cera. Sus ojos, antes brillantes, ahora estaban hundidos
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y apagados.
Al verla, los ojos de Daniel se anegaron en lágrimas instantáneamente.
-Mana, te juro que no fue a propósito. De verdad se atravesó frente al carro…
Irene se inclinó sobre la barandilla, conteniendo el impulso de abrazarlo.
-Lo sé, Daniel, lo sé. No te preocupes, vamos a encontrar las pruebas. Te vamos a sacar de
aquí.
-Mana…
Daniel intentó decir algo más, pero los oficiales lo condujeron al banco de los acusados. Irene solo pudo regresar a su asiento, depositando todas sus esperanzas en Vicente.
Los sollozos desgarradores de la madre del fallecido inundaban cada rincón de la amplia sala del tribunal. Varios de los presentes, conmovidos por el llanto, clavaban en Irene miradas afiladas como navajas.
César y Yolanda, aunque compasivos con la situación de Daniel, optaron por sentarse en un lugar más apartado. Era previsible que los familiares del fallecido pudieran tornarse violentos, y así, todas las miradas de odio y los insultos velados se concentraban únicamente en Irene.
Se sentía como en una cámara de tortura medieval, pero se obligó a mantener la compostura y permanecer lo más cerca posible de Daniel. Tenía que ser fuerte por él.
El juicio comenzó con un duelo verbal entre el abogado de la familia del fallecido y Vicente. Cada palabra pronunciada podía inclinar la balanza, y aunque ambos se mantenían firmes, Vicente comenzó a perder terreno cuando las pruebas que presentaba al juez resultaron ser
menos contundentes de lo necesario.
Una hora después, el martillo del juez selló el destino de Daniel. Culpable. La sentencia incluía prisión y una compensación de un millón seiscientos mil pesos para la familia del fallecido.
Irene observó, impotente, cómo Daniel se derrumbaba en llanto mientras los oficiales lo escoltaban fuera de la sala. Parecía un niño pequeño y asustado, tan diferente del joven alegre que ella conocía.
En el momento de la sentencia, la aflicción en los rostros de la familia del fallecido se evaporó como por arte de magia. Irene alcanzó a distinguir una sonrisa apenas disimulada en sus
labios.
Vicente se secó el sudor de la frente con un pañuelo y le hizo una seña discreta.
-Señorita Llorente, necesito hablar con usted afuera.
Irene lo siguió hasta el vestíbulo del tribunal, donde se detuvieron junto a una columna.
-Lamento mucho el resultado. Di todo de mí, pero… -Vicente bajó la voz-. Por la reacción de la familia del fallecido, estoy casi seguro de que están ocultando algo.
Durante el juicio, Vicente había estudiado cada gesto, cada expresión de la familia. Sus años de
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experiencia le permitían leer entre líneas.
La ansiedad se reflejó en el rostro de Irene.
-¿Por dónde empezamos a investigar ahora? ¿Puedo visitar a Daniel?
-Voy a tramitar el permiso de visita. En cuanto me lo aprueben, te aviso -Vicente colocó una mano tranquilizadora sobre el hombro de Irene-. Ya tengo algunas pistas, pero prefiero que tú no te involucres directamente. Por ahora, cuídate mucho…
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