Capítulo 50
El aroma de la comida recién servida inundaba el comedor de los Castro. Begoña, con ese gesto maternal tan característico suyo, extendió los cubiertos hacia Irene mientras le ofrecía más comida. Un nudo se formó en la garganta de Irene ante ese pequeño acto de amabilidad que tanto contrastaba con la frialdad de su matrimonio.
Antes de que pudiera articular un agradecimiento, una risa apenas perceptible rozó su oído. Sus ojos claros, inevitablemente, se encontraron con el perfil de Romeo. En su rostro se dibujaba una mueca de perfecta ironía, tan fugaz que Irene dudó por un momento si la había imaginado. Su corazón se encogió, reconociendo esa expresión que tanto había aprendido a
temer.
-Mamá, después de tanto esfuerzo, come más -Romeo enfatizó cada palabra mientras servía más comida en el plato de Begoña. Sus dedos largos y elegantes sostenían los cubiertos con una precisión casi quirúrgica. El siguiente proyecto se lo dejaremos a Inés.
El aire en el comedor se volvió denso. La conversación dio un giro brusco hacia temas laborales, algo común en la familia Castro. Pero la mención casual de Inés hizo que el estómago de Irene se retorciera. Las palabras “tanto esfuerzo” resonaban en su mente como una burla velada. El mensaje era claro: ella, una mujer sin ocupación según Romeo, ni siquiera
merecía el sustento.
-Los dos proyectos anteriores que manejó recibieron excelentes comentarios y generaron grandes beneficios para la empresa -la voz de Romeo destilaba orgullo-. Confío plenamente en sus capacidades.
Begoña, conocida por su parquedad en los elogios, aprovechó para alabar a su hijo:
-Cuando la promoviste, demostró estar a la altura. Tu juicio sobre las personas nunca falla.
Una sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro bien definido de Romeo.
-Es verdaderamente competente.
Milagros, quien siempre había defendido la santidad de las comidas familiares, intervino con firmeza:
-A comer sin platicar y a dormir sin discutir. Si quieren hablar de trabajo, mejor regresen al
estudio.
Sus ojos perspicaces habían notado la palidez en el rostro de Irene. El silencio se apoderó del comedor, interrumpido solo por el delicado tintineo de los cubiertos contra la porcelana fina, una sinfonía familiar para los Castro.
El repentino sonido del celular de Romeo cortó el aire como una navaja, Sus movimientos fueron tan rápidos que Irene apenas alcanzó a ver la pantalla, pero la familiaridad del gesto le revolvió el estómago.
-No te muevas, voy para allá.
1/3
Capitulo 50
La voz al otro lado de la línea era inconfundible para Irene. Ese tono suave y profesional que tanto había llegado a odiar: Inés.
Romeo se incorporó con una elegancia estudiada.
-Abuela, papá, mamá, sigan comiendo. Tengo que atender un asunto.
Se despidió con un asentimiento ligero, como disculpándose por abandonar la mesa a mitad de la comida. Para Irene, sentada a su lado, no hubo ni una mirada, ni una palabra. Su existencia se había evaporado del mundo de Romeo.
Ismael frunció el ceño con desaprobación. Milagros tensó los labios. Solo Begoña, pragmática como siempre, respondió:
-El trabajo es primero. Maneja con cuidado.
El sonido de los pasos de Romeo alejándose resonó como un eco en el corazón de Irene. Fingió concentrarse en su plato, pero cada bocado era como tragar arena. Una pregunta martilleaba en su mente: ¿cuándo dejaría de doler? ¿Cuánto tiempo más tendría que soportar que Romeo e Inés le arrancaran pedazos del alma? Quizás después del divorcio, cuando ya no tuviera que verlo, cuando sus caminos se separaran definitivamente… Tal vez entonces el dolor se desvanecería como la niebla bajo el sol de la mañana.
-Mamá, ¿por qué no comes? -La voz de Begoña rompió el silencio al notar que ni Milagros ni Ismael tocaban sus cubiertos.
Ismael, intentando suavizar la tensión, sonrió con calidez:
-Come, has trabajado mucho. Come un poco más.
-Irene también se ha esforzado -añadió Milagros con dulzura maternal-. Come otro poco, mi niña.
-Gracias, abuela -Las palabras se atoraron en su garganta mientras forzaba el último bocado. Después de la comida, Irene no prolongó su estancia. Se despidió con la cortesía necesaria y se refugió en su auto. El aroma dulce de los girasoles que David le había regalado inundaba el pequeño espacio, ofreciéndole un extraño consuelo.
Las calles estaban inusualmente tranquilas. Mantenía la velocidad constante, sus manos aferradas al volante como si fuera su único ancla a la realidad. Al aproximarse a una bifurcación, comenzó a reducir la velocidad. De pronto, una figura emergió de la nada, agitando los brazos frenéticamente en su dirección.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Giró el volante bruscamente hacia la izquierda, y el mundo pareció moverse en cámara lenta mientras el auto se dirigía inexorablemente hacia un árbol robusto.
‘¡BANG!‘
El impacto fue ensordecedor. El cofre del carro se abrió violentamente, y una nube de humo
Capitulo 50
negro comenzó a envolverlo todo, como un telón final sobre el día más amargo de su vida.
21:52 1