Capítulo 48
Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar. Lo que había empezado como una sospecha de fraude ahora se confirmaba con cada nueva evidencia. Irene sentía un cosquilleo de anticipación en el estómago; pronto el caso de Daniel quedaría resuelto y, con él, el último obstáculo para su divorcio.
Para mantener las apariencias, envió a Romeo los mismos mensajes de siempre, recordándole la visita a la villa Castro y preguntándole si ya había comido. Como de costumbre, su teléfono permaneció en silencio, sin respuesta alguna.
Romeo, al recibir la notificación, abrió la conversación con desgano. Solo entonces notó que su mensaje de la noche anterior -avisando que trabajaría hasta tarde y no llegaría a cenar- mostraba un pequeño signo de exclamación rojo. Falla en el envío. Sus ojos se detuvieron un momento en los nuevos mensajes de Irene, tan rutinarios como siempre, sin mención alguna de la cena perdida.
Una sonrisa amarga curvó sus labios mientras cerraba la aplicación. ¿Para qué molestarse en explicar? Las cosas funcionaban igual sin explicaciones, ¿no?
La tarde había caído sobre la villa Castro cuando Irene llegó. El aroma dulce de las flores recién podadas flotaba en el aire mientras ella y Milagros trabajaban en el jardín. No pasó mucho tiempo antes de que Ismael la llamara para su partida habitual de ajedrez.
El anciano la observó por encima del tablero mientras ella sostenía una pieza negra entre sus dedos.
-¿Cómo va el asunto de tu hermano, Irene?
Los ojos de Irene se iluminaron levemente.
-Hablé con Gabriel esta mañana. El caso está avanzando bastante bien, ya pronto debería resolverse. Gracias por preguntar, papá.
Ismael detuvo su mano a medio camino de colocar una pieza blanca.
-¿Gabriel está llevando el caso?
-Así es -respondió Irene automáticamente. Su ceño se frunció al instante, recordando el reproche de Romeo sobre sus “quejas” en la villa-. Romeo anda muy ocupado, pero da igual quién se encargue.
La expresión de Ismael se suavizó.
-Esta noche mandé preparar tu platillo favorito, chiles en nogada. No vayas a dejar nada en el plato,
Una calidez familiar se expandió en el pecho de Irene.
-Claro que no.
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Capítulo 48
Observó el perfil de Ismael mientras éste se concentraba en el tablero. Romeo se parecía tanto a su padre, al menos un setenta por ciento de sus rasgos los había heredado de él. Si tan solo hubiera heredado también su calidez y educación, serían prácticamente idénticos.
Aunque incluso con su frialdad, Romeo seguía atrayendo miradas donde fuera. Las mujeres parecían gravitar hacia él naturalmente, anhelando convertirse en la señora Castro. Esa distancia que mantenía con todos venía de su madre; ambos eran personas de pocas palabras.
¿Cómo podía uno realmente entender los sentimientos de alguien así? Después de tantos años, su suegra mantenía la misma expresión seria de siempre, aunque todos decían que su matrimonio con Ismael era ejemplar.
Terminada la partida, Milagros la llamó a la azotea para cortar flores. Había plantado girasoles, los favoritos de Irene, que estaban en su punto perfecto de floración. Con el cuidado adecuado, durarían una semana en agua, y si los secaba antes de que se marchitaran, podrían conservarse aún más tiempo.
El amor de Irene por las flores la hizo subir sin dudarlo. Mientras tanto, Ismael recogía las piezas de ajedrez una a una cuando Romeo entró a la casa. El frío del otoño se le había pegado a la ropa, y el cansancio se notaba en cada uno de sus movimientos.
-Padre.
-Ven, échate una partida conmigo -Ismael señaló la silla vacía frente a él.
Romeo se quitó el abrigo pero permaneció en el umbral.
-¿Dónde está mamá?
La molestia cruzó el rostro de Ismael.
-¿La necesitas para algo?
-Sobre el proyecto en el extranjero… -Romeo se mantuvo en su lugar, sin la menor intención de acercarse al tablero.
Las conversaciones entre padre e hijo eran escasas, limitándose casi siempre a las
preocupaciones de Ismael por la salud de Romeo. Era inusual que Romeo buscara a su padre para hablar.
Ismael arrojó las piezas de ajedrez sobre el tablero con brusquedad.
-¡Deja los asuntos de trabajo fuera de casa! Tu madre no es de acero -sus ojos se clavaron en Romeo-, Mejor dime, ¿por qué le encargaste el caso de tu cuñado a Gabriel?
La expresión de Romeo se ensombreció como un cielo antes de la tormenta.
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