Capítulo 35
Irene dejó que el silencio se extendiera unos segundos, como si las palabras que iba a pronunciar le pesaran en la lengua.
-Romeo… él se encargó de conseguir al abogado.
El nombre de su esposo le dejó un sabor amargo en la boca. Natalia había sido la primera en saber sobre su matrimonio con Romeo, incluso antes que su propia familia. La noche anterior a la boda civil, su amiga la había llevado a tomar algo para celebrar, pero Irene terminó ahogando sus dudas en alcohol y lágrimas, mientras Natalia la abrazaba y le suplicaba que encontrara la felicidad.
David había estado presente aquella noche. Recordaba vagamente su expresión sombría mientras la escuchaba hablar sobre Romeo. Poco después, se había marchado al extranjero sin mayor explicación, desapareciendo por dos años. La distancia había enfriado su amistad; ahora no se sentía con la confianza para confesarle sus planes de divorcio.
David, quizás intuyendo su incomodidad, no insistió con el tema.
-Quien se meta en este asunto va a salir quemado.
-No me importa lo difícil que sea. No puedo abandonar a Daniel.
Irene era dolorosamente consciente de lo que significaba apoyar a su hermano públicamente. Se convertiría en el blanco perfecto para los medios; cada paso, cada gesto, cada decisión sería escrutada bajo una lupa implacable. El menor desliz desataría una tormenta de críticas.
Pero, ¿qué más podía hacer? Daniel era su hermano. Sin importar si el accidente había sido realmente su culpa, no podía darle la espalda cuando más la necesitaba.
David extendió su brazo para detener las puertas del elevador.
-Si necesitas ayuda con lo que sea, avísame.
Le hizo una seña para que saliera primero. Irene se ajustó la ropa antes de quitarse la chaqueta que él le había prestado. Sus manos, enrojecidas por el agarre violento del hermano de la víctima, temblaban ligeramente mientras le devolvía la prenda.
-Gracias, David.
Él desvió la mirada de las marcas en sus manos, fingiendo no notarlas mientras tomaba la chaqueta con naturalidad.
-Cuídate mucho. Ten cuidado en el camino.
Después de despedirse, Irene se dirigió al estacionamiento. Agradecía tener el auto de reserva de la família; con su padre en el hospital, al menos podía disponer del vehículo sin dar explicaciones.
3
བ་བ
Capitulo 35
La noche comenzaba a tender su manto sobre la ciudad cuando el Maybach se detuvo frente a la villa. Romeo descendió del auto con movimientos precisos, la chaqueta colgando descuidadamente de su brazo mientras se aflojaba la corbata con dedos impacientes.
Se detuvo en el umbral, confrontado por la oscuridad total de la casa. Hacía días que no regresaba, ocupado con el trabajo… o al menos esa era la excusa que se repetía a sí mismo. La última vez había sido aquella noche cuando Irene había “armado un escándalo sin razón“, como él insistía en recordarlo.
Un recuerdo involuntario lo asaltó: antes, sin importar la hora, siempre encontraba las luces encendidas. Ella lo esperaba en la puerta, con esa sonrisa que iluminaba más que cualquier lámpara y palabras que hacían que valiera la pena volver a casa. La oscuridad actual parecía burlarse de su soledad.
Encendió las luces del vestíbulo mecánicamente. Se cambió los zapatos y arrojó la chaqueta y la corbata sobre el sofá, siguiendo una rutina que ahora se sentía vacía. Subió las escaleras hacia el baño, cada paso resonando en el silencio de la casa.
La ausencia de Irene se hacía más notoria en los pequeños detalles: nadie recogía su ropa sucia, nadie le preparaba el baño, nadie… nadie lo necesitaba. O quizás era él quien no había sabido valorar esas pequeñas muestras de amor.
Frunciendo el ceño, sacó su celular como si pudiera ahogar sus pensamientos en trabajo.
-¿Cómo va el caso?
-Gracias a ti, este asunto ha llamado bastante la atención -la voz de Enzo sonaba satisfecha-. Aunque solo sea por un animal, las probabilidades de que llegue a juicio son
altas.
-Perfecto.
Romeo salió al balcón, dejando que la brisa nocturna jugara con los pliegues de su pantalón perfectamente planchado.
-¿Qué hay del caso de los Llorente?
Un suspiro frustrado precedió la respuesta de Enzo.
-Vicente dice que está complicado. Le da apenas un treinta por ciento de probabilidad de
ganar.
—¿Y tú qué opinas? -Romeo encendió un cigarro, la pequeña llama iluminando momentáneamente sus facciones tensas-. ¿Qué probabilidades le das?
La risa de Enzo sonó extrañamente amarga.
-Siempre me han fascinado estos casos imposibles, ¿sabes? Quería intentarlo, Pero al darme el caso de la señorita Núñez, me hiciste un favor… así mantengo mi récord intacto.
La ironía no se le escapaba a ninguno de los dos. Enzo llevaba años sin perder un caso, siempre buscando desafíos más grandes, casos más complejos. Y ahora, por primera vez,
Capítulo 35
había elegido el camino fácil.
Romeo exhaló el humo lentamente, observando cómo se perdía en la oscuridad. Se preguntó, por un fugaz momento, si así se sentía perder todo lo que realmente importaba: como humo
entre los dedos.