Capítulo 31
El dolor punzante en su tobillo le recordaba a Irene que debía apresurarse. Yolanda, impaciente en el umbral de la puerta, agitaba las llaves del auto frente a ella.
-¡Ni modo que te vayas en taxi ahorita! Entre que encuentras uno y llegas… -Yolanda le extendió las llaves con brusquedad-. ¡Muévete! Cada minuto que pierdes es un minuto más que Daniel está sufriendo.
Irene sintió que el corazón le daba un vuelco al pensar en su hermano. Sin importarle el dolor que le atravesaba el tobillo con cada paso, arrebató las llaves y bajó las escaleras lo más rápido que pudo.
Una hora después, el edificio de Bufete Legalis se alzaba imponente frente a ella. Apenas estacionó el auto, una escena familiar captó su atención en la entrada del despacho.
Romeo estaba ahí, con el cabello revuelto por el viento helado. En su prisa ni siquiera se había puesto un saco; su camisa blanca se pegaba a su torso y se ondulaba con las ráfagas de aire. Las mangas arremangadas dejaban ver sus antebrazos tensos, con las venas marcadas por el frío o quizás por la irritación.
A su lado, Inés se aferraba a su brazo como una lapa. Su rostro mostraba una mezcla de preocupación y disgusto mientras hablaban con Enzo Tovar, el prestigioso dueño del bufete y viejo amigo de Romeo. Una amistad que, a juzgar por la expresión exhausta de Enzo, le había causado más de un dolor de cabeza.
-Romeo, no me pongas entre la espada y la pared -Enzo se pasó una mano por el rostro-. Ya revisé el caso del hermano de la señorita Llorente.
Romeo se mantuvo firme, su mandíbula tensa delataba su obstinación.
-Solo lo revisaste, pero no has firmado nada todavía. El caso de Inés tiene que ser tuyo, personalmente.
Enzo dejó escapar un suspiro largo y pesado.
-¿En qué momento decidí que ser tu amigo era buena idea?
Inés, con voz melosa y fingida modestia, intervino:
-Romeo, mi amor, no hay que presionar a Enzo. Podemos buscar otro abogado. Total, es un caso pequeño y ni siquiera es seguro que ganemos.
-Solo con Enzo tenemos las mejores probabilidades.
Romeo le dio una palmada en el hombro a su amigo, un gesto aparentemente casual pero que llevaba todo el peso de años de favores y compromisos mutuos.
-Te lo agradezco.
Capítulo 31
Esas palabras, pronunciadas con una ligereza estudiada, sellaron el destino del caso. Romeo tomó a Inés del brazo y se dio la vuelta para marcharse.
Irene permanecía al pie de las escaleras, inmóvil, cada palabra de la conversación reverberando en sus oídos. Había llegado tarde, demasiado tarde.
Romeo se detuvo un instante, dirigiendo una mirada significativa a Enzo. El abogado captó la
señal de inmediato.
-Me haré cargo -dijo, comenzando a bajar las escaleras.
“¿Hacerse cargo de qué?“, pensó Irene, aunque ya conocía la respuesta. Se haría cargo de ella, de mantenerla alejada del caso que realmente importaba.
Sus ojos siguieron la figura de Romeo mientras se alejaba. Lo observó abrir la puerta del copiloto, inclinarse con galantería para que Inés subiera, incluso ayudarla con el cinturón de seguridad como si fuera una niña pequeña. Luego se deslizó tras el volante y arrancó sin dignarse a mirarla una última vez.
-Señorita Llorente -Enzo extendió un brazo en gesto invitador-, el caso de su hermano estará en las manos más capaces de nuestro despacho.
Irene esperó hasta que el auto de Romeo desapareció en la distancia antes de apartar la mirada. Se limpió discretamente la nariz y enfrentó a Enzo.
-¿Podrías llevar tú personalmente el caso de mi hermano?
-Como puede ver, tengo un caso entre manos -Enzo sostuvo en alto un contrato que aún no firmaba, pero que ahora, después de la intervención de Romeo, sin duda firmaría.
El documento detallaba la demanda de Inés: su mascota, un perro de raza exótica
de raza exótica y costosa, había sido pateado por un vecino, sufriendo fracturas en las costillas. Un caso que, a los ojos de Romeo, aparentemente valía más que la libertad del hermano de Irene.
Un nudo de impotencia y rabia se formó en su garganta. Ni siquiera cuando el despacho la había llamado se habían atrevido a decirle directamente que Enzo no tomaría el caso de Daniel. La desesperación comenzó a crecer en su pecho como una enredadera venenosa.
-Enzo, el caso de mi hermano es muy complejo. Solo tú puedes ayudarlo.
Su voz sonaba suplicante mientras se aferraba a ese último hilo de esperanza.
Enzo exhaló suavemente.
-He estudiado el caso del señor Llorente. Profesionalmente hablando, hay claros indicios de que la otra parte está intentando un fraude. Pero estos litigios son extremadamente delicados. El caso ya tiene cobertura mediática y ha captado la atención de varios sectores. El hecho de que conduzca un auto de lujo nos pone en desventaja… -hizo una pausa calculada-. Pero no se preocupe, el abogado que asigné tiene amplia experiencia en casos de fraude…
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