Capítulo 282
Sus ojos enrojecidos por el llanto delataban su estado de ánimo, pero Irene se apresuró a disimular.
-No es nada, solo un poco de frío y alergia en los ojos.
Sus dedos jugaban nerviosamente con el dobladillo de su suéter mientras forzaba una sonrisa
tensa.
-Ve a descansar un rato. Yo me encargo de él al mediodía.
La enfermera la observó un momento más, notando el tono ronco en su voz. Su rostro se
suavizó con genuina preocupación.
-Señorita Llorente, no se desanime. Daniel la necesita fuerte. ¿Sabe? Hablo con él todos los días y casi nunca reacciona, pero cuando menciono su nombre… sus ojos cobran vida, aunque sea por un instante.
-Gracias, lo entiendo.
Cuando la enfermera salió, el silencio envolvió la habitación como una manta pesada. Irene tomó asiento junto a la cama de Daniel, sus movimientos deliberadamente lentos, como si temiera perturbar la quietud del momento. Con dedos temblorosos, humedeció una toalla tibia y comenzó a limpiar el rostro de su hermano con la delicadeza que solo el amor fraternal puede inspirar.
No había murmullos suaves esta vez, ni las historias que solía contarle. Solo el sonido rítmico de su respiración y el roce suave de la toalla contra su piel. Al terminar, dejó la toalla a un lado y tomó la mano de Daniel entre las suyas, presionándola contra su frente en un gesto íntimo de súplica silenciosa.
Daniel giró levemente la cabeza, sus ojos fijos en ella. Podía sentir el temblor sutil de sus hombros, la humedad cálida de sus lágrimas sobre sus dedos. Irene se apresuró a
componerse, manteniendo la cabeza gacha mientras sostenía su mano, como si en ese simple contacto pudiera transmitirle toda su angustia y amor.
Después de lo que pareció una eternidad, su voz emergió, ronca y quebrada.
-No es que no quiera pagar tus medicinas, hermano. Es solo que… me parece tan injusto…
“Si la familia Llorente no puede hacerse cargo“, pensó con amargura, “tendré que recurrir a los Castro. Tendré que tragarme el orgullo y pedirle ayuda a Romeo“.
Los Llorente nunca le habían brindado el calor de una verdadera familia. Solo buscaban drenarle la vida, consumirla hasta la última gota.
-Dani, por favor, mejórate pronto.
En el fondo de su corazón, guardaba la esperanza de que, si Daniel se recuperaba, si la defendía frente a sus padres, quizás dejarían de tratarla como una extraña, como si no existiera.
Capitulo 282
“No… ya no importa si me defiende o no“, se corrigió mentalmente. “Ya no quiero tener nada que ver con ellos”
Pero Daniel… Daniel era diferente. Era su hermano, el único que le hacía sentir un verdadero vinculo familiar, el único lazo que no quería romper.
De pronto, sintió un peso sobre su cabeza. Al levantar la vista, encontró la otra mano de Daniel sobre ella, sus dedos moviéndose con delicadeza para apartar mechones de cabello rebelde detrás de su oreja.
-Mana…
Su voz era apenas un susurro, como si hubiera concentrado toda su energía en esa única palabra. Irene se apresuró a secar sus lágrimas, tomando su mano para presionarla contra su mejilla. Intentó sonreír, fingiendo una fortaleza que no sentía.
-¿Te desperté? ¿Quieres dormir?
Daniel negó suavemente con la cabeza.
-¿Cómo te sientes?
Sus miradas se encontraron en uno de esos raros momentos de lucidez total. Esteban había dicho que Daniel mostraba señales de mejoría, pequeños progresos día a día.
-¿Y tú… estás bien? -cada palabra parecía costarle un esfuerzo monumental.
Irene asintió, apretando suavemente su mano.
-Sí, estoy trabajando ahora…
Era la misma información que le había compartido tantas veces antes, pero esta vez sentía que Daniel realmente la escuchaba, que sus palabras llegaban hasta él.
Siguiendo las recomendaciones de Esteban de no forzar a Daniel a mantenerse despierto, le habló en voz baja por un rato más antes de animarlo a descansar. El médico había sido claro: el último paso del tratamiento sería enfrentar el hecho de que Daniel había atropellado a alguien. Era un obstáculo inevitable que determinaría su recuperación completa.
Frente a la enfermedad, Irene se sentía impotente. Solo podía esperar y mantener la esperanza viva.
Las horas pasaron como agua entre los dedos. Cuando la enfermera regresó, Irene se dirigió al ginecólogo para una ecografía programada. Con el informe en mano, condujo hasta la villa Castro.
El auto de Romeo estaba estacionado afuera, su presencia tan imponente como siempre. Mientras caminaba hacia la casa, a través de los ventanales que iban del suelo al techo, pudo ver a toda la familia Castro reunida en la sala. Incluso Begoña Sáenz había regresado.