Capítulo 276
Irene se apresuró a tomar un turno para el trámite de divorcio. Con dedos ligeramente temblorosos, fotografió el número y se lo envió a Romeo con un mensaje recordándole que no llegara tarde.
El silencio de Romeo fue su única respuesta.
En la esquina frente al Registro Civil, un Cullinan negro permanecía estacionado, su silueta imponente contrastando con los demás vehículos. Romeo ya estaba allí, observando cada movimiento de Irene desde las sombras del auto polarizado. Sus ojos siguieron la figura de quien aún era su esposa, notando con amargura lo especialmente arreglada que lucía, más incluso que el día que recogieron su acta de matrimonio.
“¿De verdad viene por el certificado de divorcio?“, se preguntó, mientras una familiar sensación de control amenazaba con escapársele entre los dedos. En su mente, este despliegue de elegancia solo podía significar un intento de seducción, una estrategia para hacerlo desistir del divorcio.
Los últimos cinco días habían sido una eternidad para Romeo. Cada hora que pasaba esperaba que Irene apareciera diciendo que no quería divorciarse, o que al menos intentara manipularlo con alguna táctica predecible. Pero nada llegó. En dos años de matrimonio, su teléfono vibraba casi diariamente con mensajes de ella en WhatsApp. Ahora, llevaba dos meses en silencio.
Romeo escudriñó cada gesto de Irene, buscando desesperadamente algún indicio de que todo esto era una actuación. Sus cejas se fruncieron con frustración al no encontrar nada. ¿Qué estaba fallando en sus cálculos?
Un golpeteo en la ventanilla lo arrancó de sus pensamientos. Al girar la cabeza, se encontró con Irene de pie junto al auto.
Ella había notado el Cullinan mientras tiraba su vaso de atole vacío. Durante cinco minutos observó el vehículo, esperando que Romeo saliera por su propio pie. Al ver que no había movimiento, decidió tomar la iniciativa.
Justo cuando levantaba la mano para golpear nuevamente, la ventanilla comenzó a descender. El rostro de Romeo emergió bañado por la luz matinal, su piel pálida acentuando sus rasgos afilados. Sus ojos oscuros se clavaron en ella, reflejando su imagen sin maquillaje.
-¿Qué prisa traes? -Romeo salió del auto sosteniendo los documentos, su expresión hermética ocultando la tormenta interior que lo consumía.
Irene ignoró deliberadamente su prolongada espera en el auto. Al ver los papeles en su mano, se limitó a apresurarlo.
-Muévete, ya casi nos toca.
Cruzó la calle con pasos decididos, su falda ondeando al viento mientras pasaba junto a las piernas largas y firmes de Romeo. Él la siguió escalón por escalón, su mirada fija en la espalda de Irene. Por un momento, el recuerdo de cuando recogieron su certificado de matrimonio lo
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Capítulo 276
golpeó con fuerza. Ella también caminaba alegre frente a él ese día. En aquel entonces no sintió rechazo, pero tampoco particular alegría. Ahora, una inexplicable irritación se extendía por su pecho como tinta derramada.
-Justo a tiempo -Irene empujó la puerta del Registro Civil cuando su número resonó en el
aire.
Sin darle tiempo a Romeo de reaccionar, lo guio hasta la ventanilla seis y entregó los documentos de ambos. Él se dejó llevar, su mente un torbellino de pensamientos contradictorios mientras observaba fijamente a la mujer a su lado.
El empleado revisó los documentos con meticulosidad profesional.
-¿Desean especificar la división de bienes? Para evitar conflictos futuros.
-No será necesario, me voy con lo que traigo puesto -respondió Irene con una sonrisa serena.
Con movimientos precisos, llenó el resto del formulario. Su letra, pequeña y clara, fluía sobre el papel con elegancia. Por primera vez en su vida, Irene sentía verdadera emoción al firmar su nombre. No… era la segunda vez. La primera también había sido aquí.
Después de revisar minuciosamente cada detalle, asegurándose de que todo estuviera en orden, entregó el documento al empleado. Con cada trazo de su firma, se despedía silenciosamente. “Adiós, Romeo“, susurró su corazón. El dolor en su pecho persistía, pero ahora venía acompañado de una chispa de esperanza.
Al girarse hacia Romeo, lo encontró inmóvil, sosteniendo el bolígrafo mientras miraba fijamente el documento de consentimiento sin completarlo.
-Puedes llenarlo tranquilo -su voz sonó firme-. Ya especifiqué que me voy sin nada. No habrá pleitos, no quiero tu dinero.
Romeo alzó la mirada lentamente, sus ojos oscuros taladrando los de ella.
-Irene, ¿estás completamente segura de que quieres el divorcio?