Capítulo 273
Un escalofrío recorrió la espalda de Irene. “Hoy muero aquí“, pensó, pero el orgullo pudo más que el miedo. Después de una breve pausa, giró sobre sus talones y se dirigió al elevador, fingiendo no haber visto a Romeo.
Junto a los elevadores, Gabriel y dos guardaespaldas montaban guardia. El asistente le dedicó una sonrisa tensa, más parecida a una mueca. Por el tono que Irene había usado anoche al “aceptar” ver a Romeo, sabía que esto terminaría mal.
Una provocando hasta las últimas consecuencias, el otro desafiando hasta el final.
-Señora, el presidente Castro realmente necesita hablar con usted.
Al verse acorralada por los hombres, no le quedó más remedio que regresar al vestíbulo. Se plantó frente a Romeo, cuyo rostro ensombrecido por la furia no auguraba nada bueno.
-¿Qué pasó? ¿Ya no te importa en lo más mínimo el concurso Design Space?
La voz de Romeo cortó el aire como un látigo. No soportaba su actitud indiferente y quería recordarle quién tenía la última palabra en el asunto.
-Claro que me importa -respondió Irene con aparente calma-. Pero no tanto como saber cuándo nos vamos a divorciar.
Aunque intentaba mantener una expresión neutral, el sarcasmo y la frialdad se filtraban por cada uno de sus poros. “¿Con que quieres usar el concurso para amenazarme? ¿Para qué? ¿Para que siga siendo tu tapadera con Inés?”
Romeo había revisado el calendario la noche anterior. Faltaban solo cinco días para que se cumpliera el mes de reflexión. La mujer frente a él se mostraba tan obstinada que preferiría morir antes que ceder.
-Señor Castro, qué insistente está -el veneno goteaba de cada palabra de Irene-. ¿Tanto le cuesta divorciarse? ¿O es que no puede vivir sin mí?
Lo vio tensarse de rabia y supo que había dado en el blanco. Temiendo que intentara retrasar el divorcio, optó por la provocación, una táctica que siempre funcionaba con él. En dos años de matrimonio, si bien nunca había conocido al verdadero Romeo, había aprendido a leer perfectamente sus reacciones.
Como un reloj, Romeo respondió exactamente como ella esperaba.
-¿No sabes distinguir entre llevar la cuenta y estar insistente?
La indignación en su voz era casi cómica. ¡Como si él fuera a insistir por ella!
-Dejemos el asunto del concurso hasta aquí -sentenció Irene con firmeza-. Lo que me pase ya no es asunto tuyo. El próximo martes nos vemos en el registro civil. El que no llegue es un cobarde, y el que diga una palabra más, también.
Cada palabra fue un dardo dirigido al orgullo de Romeo. Si algo no soportaba, era que lo
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llamaran cobarde o lo humillaran.
Con el pecho hinchado de una ira que amenazaba con calcinar a Irene, respondió entre dientes: -El que no se divorcie es un cobarde.
Dio media vuelta y se alejó, su abrigo ondeando como una capa negra tras él.
Irene permaneció inmóvil, observándolo salir del centro comercial y subir a su Rolls–Royce. Solo cuando el auto desapareció de su vista, la tensión abandonó su cuerpo como aire de un globo pinchado. Se dirigió al elevador con pasos pesados.
Cinco días. No era mucho tiempo, pero tampoco poco. Sabía que el divorcio era inevitable, pero por más que lo intentaba, no lograba visualizar cómo sería su vida después de recibir ese certificado. Mucho menos después de estar completamente divorciada.
Volcó toda su energía en el trabajo, intentando ahogar la inquietud y ese remolino de emociones inexplicables que amenazaban con consumirla durante los próximos cinco días.
-Disculpe, ¿me podría mostrar los paneles, por favor?
La voz la sacó de su ensimismamiento mientras revisaba un informe de materiales. Se puso de pie de inmediato.
-Por supuesto.
La cliente, una mujer que rondaba los treinta, vestía un suéter gris claro y jeans. Una chamarra de plumas descansaba sobre su brazo. Su atuendo no denotaba gran poder adquisitivo, por lo que sus compañeros apenas le dedicaron una mirada antes de dejar que Irene se encargara.
-¿Tiene algún requisito específico para la decoración? ¿Cuántas recámaras y salas tiene su casa? ¿Ya tiene un presupuesto en mente?
Irene la guió hacia la sala de exhibición.
-Son dos recámaras y una sala -respondió la cliente mientras examinaba los paneles-. No tengo un presupuesto específico, si me gusta, me lo llevo. Me voy a casar pronto y quiero diseñar nuestro hogar… algo cálido y acogedor…
Irene tomaba nota mentalmente de cada detalle. Cuando la cliente terminó de hablar, intervino
con amabilidad:
-Tenemos una gran variedad de paneles con diferentes diseños. Para dos recámaras, los precios van desde unos miles hasta millones de pesos. Sería más fácil si me dice un rango aproximado de presupuesto.