Capítulo 262
El aroma antiséptico del hospital flotaba en el aire mientras Irene observaba a su hermano Daniel postrado en la cama. Sus dedos se tensaron sobre el reposabrazos de la silla de plástico, intentando mantener la compostura ante la insistencia del doctor.
Esteban Morales se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con una inexplicable urgencia.
-Señorita Llorente, solo estaba charlando. Acababa de comer, hay que dejar que la comida se asiente.
Las palabras del doctor eran como agujas que se clavaban en el pecho de Irene. “El que te ama no se molestaría en pagar la medicina para tu hermano.” La frase resonaba en su mente, un doloroso recordatorio de la ausencia del amor de Romeo.
Irene hundió los hombros, su mirada fija en los monitores que marcaban los signos vitales de
Daniel.
-Doctor Morales, por favor. No tengo cabeza para hablar de asuntos del corazón. Lo único que me importa es que mi hermano se recupere.
El doctor se acomodó las gafas, estudiándola con intensidad.
-Supongamos que alguien te ayuda enormemente con la recuperación de tu hermano… ¿Te casarías con esa persona por gratitud?
La ansiedad en su voz era palpable, como si estuviera conteniendo las palabras “Romeo Castro” en la punta de la lengua.
Irene lo miró fijamente, una mezcla de incredulidad y fastidio cruzando su rostro.
-No lo haría.
-Claro, Rome…
El timbre estridente del celular cortó sus palabras. Esteban miró la pantalla y luego a Irene, una sombra de culpabilidad cruzando su rostro antes de salir apresuradamente al pasillo.
Irene suspiró profundamente. El doctor Morales siempre había sido sociable durante los tratamientos anteriores, pero hoy sus preguntas tenían un propósito que ella prefería ignorar.
Cuando Esteban regresó cinco minutos después, su rostro reflejaba una profunda frustración, como si acabara de perder una batalla importante.
-Haré que mi asistente traiga el equipo. Preparémonos para el tratamiento.
Sus planes de hacer de Cupido se habían desmoronado con una sola llamada de Romeo. En todos sus años de práctica, nunca había visto a alguien ocultarse al hacer una buena acción. La conversación de cinco minutos había sido casi enteramente un intento de persuasión.
“Si te atreves a decirlo, destrozo tu laboratorio.” Las palabras de Romeo resonaban en su
mente.
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Capítulo 262
Sus últimas palabras habían sido una advertencia frustrada: “Cuando te arrepientas y llores ciego, te recomendaré a un buen oftalmólogo.”
Irene notó la tensión en su rostro mientras preparaba el equipo. El tratamiento transcurrió en un silencio poco característico, interrumpido solo por el pitido de las máquinas y el roce de los instrumentos médicos. Varias veces, captó al doctor mirándola de reojo, como si las palabras lucharan por escapar de sus labios.
Al terminar, Irene no pudo contener más su curiosidad.
-Doctor Morales, ¿hay algo que quiera decirme?
-¡No!
Esteban se quitó la bata blanca con movimientos bruscos y prácticamente huyó de la habitación. En el pasillo, se golpeó suavemente los labios.
-Aguanta, no puedes decir nada.
Una enfermera se asomó a la habitación, su voz apenas un susurro.
-Su mamá está dormida en una silla del pasillo. Debería llevarla a casa, con este frío podría
enfermarse.
Irene asintió y se acercó a la cama de Daniel. Con ternura, le acomodó el cabello corto sobre la
frente.
-Me voy, hermano. Vendré otro día a verte.
Por primera vez, Daniel asintió levemente. El gesto, aunque pequeño, llenó el corazón de Irene de esperanza. Se inclinó para abrazarlo antes de recoger sus cosas.
En el pasillo, encontró a Yolanda dormida en una incómoda posición, su rostro hacia el techo su bolso a punto de caerse.
-Mamá.
El suave toque de Irene en su hombro la sobresaltó. Yolanda se enderezó de golpe, parpadeando confundida.
-¿Qué te dijo el doctor Morales? ¿Subieron otra vez los costos del tratamiento? -Su voz se tornó ansiosa-. Tu papá no quiere vender la casa, y los cien mil pesos ya nos están matando. ¡Ya deja el orgullo y regresa con Romeo!
y
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