Capítulo 259
César apretó el teléfono contra su oreja, mientras su mandíbula se tensaba por la preocupación. Sus nudillos blanquecidos revelaban el estruerzo por mantener la calma.
-Este es un asunto delicado, no podemos tratarlo por teléfono -su voz sonaba contenida, medida-. Intentaré buscar el momento adecuado para hablar con los Castro personalmente. Por ahora, mantén la calma y cuida bien de ella.
El hombre temía que Yolanda, con su carácter impulsivo, pudiera empeorar la situación. Si los Castro llegaban a pensar que la familia Llorente pretendía usar al niño como moneda de cambio, las consecuencias serían devastadoras.
Yolanda escuchó las palabras de su esposo en silencio. Tras colgar, respiró profundamente varias veces, intentando controlar la ira que sentía hacia su hija. “Esta niña malagradecida“, pensó mientras apretaba los puños. “¿Cuándo entenderá que todo lo que hacemos es por su propio bien?”
…
El crepúsculo teñía de violeta el cielo cuando Irene emergió de su habitación. Llevaba ropa cómoda y el cabello recogido en una cola de caballo descuidada, lista para su visita al hospital.
La segunda fase del tratamiento de Daniel había comenzado, y ella mantenía su rutina de visitarlo cada tres días sin falta. Ver la mejoría en la estabilidad emocional de su hermano y su nuevo patrón regular de sueño era como un pequeño faro de esperanza. Aunque regresara exhausta a casa cada noche, esas visitas al hospital siempre le renovaban el espíritu.
Yolanda apareció en el umbral de la cocina, limpiándose las manos en el delantal.
-Irene, ven. Preparé la cena -sus ojos brillaban con una esperanza mal disimulada.
La mujer mayor se había esmerado en la cocina, a pesar de sus limitadas habilidades culinarias. Irene siempre había comido todo lo que su madre preparaba, sin importar el resultado, pero esta noche era diferente. Después de la discusión de la tarde, ese gesto servil de su madre le provocaba una sensación incómoda en el estómago.
-Ya comí -respondió Irene, evitando el contacto visual-. Disfrútala tú.
-¡No puedes seguir así! ¡Tu cuerpo no va a aguantar este ritmo! -Yolanda se interpuso en su camino-. ¿A dónde crees que vas a estas horas?
Irene mantuvo su expresión neutra, aunque sus ojos revelaban determinación.
-Voy a ver a Dani al hospital -su voz sonaba firme pero cansada-. Sé cuidarme sola, mamá. Mejor usa ese tiempo para visitarlo más seguido. Ha mejorado mucho, y el doctor Morales dice que el acompañamiento familiar es crucial para su recuperación.
Un destello de culpa cruzó el rostro de Yolanda. Sus visitas al hospital eran esporádicas; cada vez que veía a su hijo en ese estado, terminaba derramando lágrimas que no ayudaban a
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nadie.
Se quitó el delantal con movimientos rápidos y nerviosos.
-Entonces empaquemos la comida y cenemos con Dani en el hospital.
-Está bien.
Irene observó en silencio cómo su madre corría de vuelta a la cocina, guardando apresuradamente la comida en recipientes de plástico.
El taxi avanzaba por las calles de Puerto del Oeste, donde el invierno traía consigo noches largas y oscuras. Antes de las seis, la ciudad ya brillaba con el resplandor de miles de luces de neón que se reflejaban en el rostro pálido e inexpresivo de Irene. Había pasado la tarde encerrada en su habitación, con la mente en blanco, tratando de ordenar sus pensamientos. Solo una idea persistía con claridad: necesitaba cortar por lo sano. Una vez divorciada, todos esos pensamientos inútiles se desvanecerían. Todo mejoraría.
En el Hospital Santa Cruz, la enfermera estaba a punto de salir a comprar la cena para Daniel cuando Irene y Yolanda llegaron con la comida casera.
-Si gustas, puedes acompañarnos -Irene la invitó con amabilidad, reconociendo el excelente cuidado que la mujer proporcionaba a su hermano.
La enfermera sonrió mientras recogía sus cosas.
-Te lo agradezco, pero soy del sur. No termino de acostumbrarme a los sabores de aquí -se disculpó con gentileza-. Prefiero algo más familiar.
Irene asintió, comprendiendo.
-¿A qué hora dijo el doctor Morales que vendría hoy?
-A las ocho, como siempre respondió la enfermera, haciendo un gesto para indicar que no necesitaba que la acompañaran.
…
Pero esa noche sería diferente. Romeo había interceptado a Esteban a las seis, con el pretexto de una cena. El médico, sin embargo, podía percibir que había algo más detrás de esa invitación. Lo notaba en la forma en que Romeo había aceptado sin rechistar cenar en un puesto callejero que jamás habría frecuentado por voluntad propia.
Romeo se limitaba a beber, ignorando por completo la comida. El alcohol de alta graduación le quemaba el estómago vacío, provocándole bocanadas de aire caliente que exhalaba pesadamente.
Esteban observó la tienda de conveniencia que permanecía abierta las 24 horas, al otro lado de la calle.
-Tomar con el estómago vacío puede provocarte una úlcera -comentó, preocupado por el
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estado de su amigo-. ¿Quieres que te traiga un ramen instantáneo importado?
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