Capítulo 258
“¿Lazos matrimoniales?” La frase resonaba en la mente de Irene con amarga ironía. ¿Cómo podía él siquiera pretender que esto tenía algo que ver con el cariño entre esposos? La realidad era mucho más simple: ella ya no se doblegaba ante sus deseos, y eso lo enfurecía.
Intentó apartar de su mente la imagen de cómo trataba a Inés. El solo pensar en ello era como hundirse en arenas movedizas de dolor, un tormento del que no encontraba escape.
—¡Irene!
La voz estridente de Yolanda cortó el aire como un látigo. Su madre apareció de la nada, corriendo hacia ella con los tacones resonando contra el pavimento.
-¡Ay, mi niña! ¿Cómo es posible que otra vez te hayas peleado con Romeo? -dio un pisotón de frustración que hizo eco en la calle vacía.
Era obvio que había estado espiando la escena desde algún rincón. Ni siquiera se molestó en notar los ojos enrojecidos de su hija o la actitud prepotente que Romeo acababa de mostrar.
-¿Ahora resulta que tengo que aguantar todo lo que se le ocurra decirme nomás porque vino a buscarme? -Irene giró sobre sus talones y se encaminó hacia el interior de la colonia.
Yolanda la siguió como una sombra persistente.
-Si él se tomó la molestia de venir, ¿qué te cuesta ser más flexible? ¿O qué? ¿Te crees muy especial? ¿Piensas que puedes domarlo? Incluso estando embarazada…
-¡Mamá! -la voz de Irene se quebró. La injusticia de Romeo se transformaba en una furia ardiente con cada palabra que salía de la boca de Yolanda.
-Tienes razón, no tengo talento -las palabras brotaron como veneno de sus labios-. ¿Cómo me atrevo siquiera a pensar en valerme por mí misma? Debería regresar con él, ¿no? Aceptar todo lo que quiera hacerme. Y cuando se aburra y me bote, todavía debería agradecerle por haberme tenido lástima unos días, ¿verdad?
Los ojos de Yolanda se entrecerraron, descartando toda la angustia de su hija con una sola palabra: melodramática.
-¿Cuál matrimonio no tiene sus pleitos? Tienes la solución en tus manos y ni así la aprovechas. ¿Qué más quieres?
Irene aceleró el paso y entró al edificio. Ignoró el elevador y se lanzó escaleras arriba, huyendo de las palabras de su madre. Yolanda, con sus rodillas débiles, se quedó en la entrada, manos en la cintura.
-¡Tu padre tiene razón! ¡Eres una necia terca! -su voz resonó en el vestíbulo.
“¿Terca?” El pensamiento provocó una risa amarga en Irene. Toda su vida en la familia Llorente había sido un ejercicio de sumisión. Cuando Daniel, de niño, le rompía sus cosas, ella nunca se atrevió a quejarse. Si algo le gustaba, jamás se animaba a pedirlo. César la despreciaba como
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hija, pero ella nunca protestó.
Todo cambió cuando se atrevió a modificar sus preferencias universitarias. La furia contenida de César explotó, reduciéndola a menos que nada. Todo porque ya no era la Irene dócil y obediente.
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¿Y ahora Romeo pensaba igual? ¿El simple hecho de empezar a tomar sus propias decisiones la convertía en una esposa ingrata y rebelde?
La opresión en su pecho se volvió insoportable. Se detuvo en el pasillo oscuro del edificio, sus dedos aferrándose al pasamanos mientras luchaba por respirar.
Después de varios minutos, logró llegar a su departamento. La voz de Yolanda se filtraba desde la habitación, su tono meloso inconfundiblemente dirigido a César por teléfono.
Irene se quitó el abrigo mecánicamente, dejó caer su bolsa y echó el cerrojo. En la habitación contigua, Yolanda relataba cada detalle a César como una espía eficiente.
-Romeo la buscó… ¿será que ya se enteró del embarazo? -la voz de César sonaba escéptica a través del teléfono. No creía que Romeo se rebajara a buscarla.
-Pues… no estoy segura… -Yolanda titubeó.
César guardó silencio un momento.
-Con todo este show que está armando Irene, aunque Romeo sepa del bebé, no va a dejarse manipular. ¿Quién le metió esas ideas en la cabeza? No, esto hay que llevarlo con la familia
Castro. Es la única manera de enderezar las cosas.
Ya estaban al tanto de la presión por tener hijos. Una vez que supieran del embarazo de Irene, aunque Romeo estuviera furioso, no podría ir contra los deseos de su familia.
Los ojos de Yolanda brillaron con malicia.
-Entonces me las voy a ingeniar para hablar con su mamá -su voz destilaba miel-. Mi amor, siempre tienes las mejores ideas.