Capítulo 251
El viento helado golpeó a Irene en cuanto regresó a la plaza comercial, calándole hasta los huesos durante el breve trayecto del auto al edificio. A lo lejos, el pilar seguía tirado donde lo había dejado. Se detuvo a contemplarlo, calculando mentalmente: no había manera de que cupiera en el elevador.
“Subir ocho pisos por las escaleras cargando seis pilares de diferentes colores… si no me mata el esfuerzo, seguro me quita diez años de vida“, pensó mientras sus dedos se entumecían por el frío.
Decidió tomar el elevador hasta el octavo piso para buscar ayuda. Al llegar, se acercó a un cubículo cercano a la entrada.
-Disculpe, ¿la diseñadora Margarita Rubio podría ayudarme a subir unos pilares de muestra?
Margarita cerró apresuradamente la ventana del solitario en su computadora y abrió el programa de diseño.
-Estoy ocupada.
Irene recorrió la oficina con la mirada. Todos parecían repentinamente absortos en sus pantallas, aunque minutos antes los había visto congregados, compartiendo chismes entre risas. Respiró hondo y se dirigió a la oficina de Lucas.
Dos golpes suaves en la puerta.
-Adelante.
Lucas dejó su pluma sobre el escritorio y esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
-Irene, ¿qué se te ofrece?
-Los pilares de muestra son demasiado grandes para el elevador -explicó ella con voz profesional-. Necesito ayuda para subirlos.
-¿Son grandes? -Lucas se quitó los gruesos anteojos, su sonrisa transformándose en una mueca lasciva-. ¿También son… gruesos?
El tono sugerente en su voz hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. Lucas se levantó y se acercó a ella, invadiendo su espacio personal.
-Dime, ¿necesitas que un hombre fuerte te ayude?
La combinación de sus palabras, su expresión y la manera en que la miraba de arriba abajo le revolvió el estómago. Durante su orientación, realizada en espacios públicos, Lucas había
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mantenido una fachada profesional. Ahora, a solas en su oficina, mostraba su verdadera
naturaleza.
-Los pilares son demasiado pesados para mí -respondió ella, retrocediendo un paso-. Por favor, consiga a alguien más.
Sin esperar respuesta, giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta.
-¡Espera! -bramó Lucas-. ¡Soy el gerente aquí, yo doy las órdenes! ¡No puedes negarte!
Su voz retumbó por toda la oficina mientras Irene abría la puerta, atrayendo la atención de todos. Ella se detuvo en el umbral y se volvió para enfrentarlo.
-Lo siento, Lucas. Ser gerente te da autoridad sobre el trabajo, no derecho a acosar.
“Nadie quiere hacer el trabajo pesado“, reflexionó. No era ingenua; las tareas de mensajería correspondían al personal de apoyo. Pero siendo su primer día, había preferido no causar problemas y se había puesto manos a la obra sin protestar.
Lucas salió furioso de su oficina, plantándose frente a ella.
-¿Acosar? ¿De qué hablas? -su rostro enrojeció de ira-. Todos están ocupados, solo tú estás libre. ¿Qué tiene de malo pedirte que trabajes?
-¿Y el personal de apoyo? -preguntó ella, notando cómo dos curiosos se asomaban desde el almacén, solo para esconderse rápidamente al verse descubiertos.
Lucas guardó silencio unos segundos, pensando que por ser joven podría manipularla fácilmente.
-Irene, no te creas superior solo porque vienes de las oficinas centrales.
-Por favor, responde directamente a mi pregunta -lo interrumpió ella con firmeza-. No intentes enfrentarme con los demás.
Irene mantuvo su postura, su voz clara y serena.
-Hablemos de los hechos: mover objetos pesados es responsabilidad del personal de apoyo. Como diseñadora, mi trabajo es atender clientes y diseñar. Que ahora no tenga pendientes no significa que deba hacer el trabajo de otros. Ayudar es un favor, no una obligación, y esto no tiene nada que ver con venir de las oficinas centrales.
Sus palabras, precisas y contundentes, sofocaron cualquier intento de Lucas por crear un conflicto, El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier respuesta.
16.08