Capítulo 250
Romeo entrecerró los ojos, un gesto que delataba su creciente irritación.
-¿Qué hacías en la plaza comercial?
Las orejas de Irene enrojecieron. La frustración le nublaba el pensamiento mientras sentía la tela de su minifalda tensarse incómodamente contra sus muslos. Intentó moverse, pero antes de que pudiera alejarse, la mano de Romeo se cerró sobre su tobillo como una trampa de
acero.
-Trabajo ahí -susurró.
Romeo la observó con esa mirada penetrante que siempre la hacía sentir como una niña regañada.
-¿No deberías estar en las oficinas centrales de Estudio Píxel & Pulso?
En ese momento, Irene comprendió la verdadera intención detrás de su pregunta. Un nudo se formó en su garganta mientras las palabras salían como fragmentos de vidrio.
-Valle Aureo… me degradaṛon. Ahora trabajo en una tienda física como diseñadora de planta.
“Ya no soy la asistente de diseño en las oficinas centrales“, pensó con amargura. “Como si antes eso le hubiera importado. Ahora que soy prácticamente una vendedora, seguro me verá con más desprecio“.
Irene bajó la mirada, sus pestañas proyectando sombras sobre sus mejillas mientras evitaba ver el desdén en los ojos de Romeo.
-¿Diseñadora de planta? -la voz de Romeo cortó el aire como un cuchillo-. Sin contar los gastos médicos de Daniel, ¿te alcanza ese sueldo para vivir?
El recuerdo de su llegada media hora antes le pesaba como plomo. El sueldo base era apenas dos mil quinientos. Sin comisiones ni clientes, apenas podría mantenerse a sí misma. Pero el orgullo le impidió mostrar su vulnerabilidad.
-Estoy participando en el concurso Design Space -las palabras salieron atropelladamente-. Si gano el campeonato nacional, el premio es de un millón.
La mirada de Romeo se oscureció mientras su mano se tensaba alrededor de su cintura. Los engranajes en su mente giraban, procesando la información. “Está aquí por el premio“, pensó. “¿Tan ambiciosa se ha vuelto? ¿Fue David quien le metió esas ideas?”
El recuerdo de las palabras de Inés, mencionando que Irene debería haber sido eliminada en las preliminares pero inexplicablemente avanzó, hizo que su expresión se tornara gélida.
-Te doy un millón. Abandona el concurso.
Irene se congeló, sus ojos se abrieron con incredulidad.
-¿Qué?
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Capitulo 250
Sin mediar palabra, Romeo extrajo una tarjeta de su saco y la deslizó en el bolsillo de la camisa de Irene. La tela blanca, tan delgada que resultaba casi translúcida, revelaba el contorno de la tarjeta como una sombra oscura sobre su piel.
-La tarjeta no tiene límite su voz sonaba casi suave, casi tierna-. Úsala para lo que necesites: los gastos médicos de Daniel, tus gastos mensuales… No te pondré restricciones. Irene, podemos volver a ser lo que éramos antes.
Las palabras resonaron en la mente de Irene como un eco distorsionado. “Un millón te doy, abandona el concurso“. Si esa frase la había dejado perpleja, lo que siguió la dejó
completamente desconcertada. ¿De verdad creía que podía comprar la continuidad de su
matrimonio?
-Romeo, llevamos dos años casados -su voz temblaba ligeramente-. Desde el principio, nunca me importó tu dinero.
El ceño de Romeo se profundizó aún más.
-¿Entonces qué es lo que buscas?
“Amor“, gritó su corazón. “El matrimonio se construye sobre el amor“. Pero mencionar esa palabra ahora le parecía una burla cruel. Con movimientos deliberados, Irene extrajo la tarjeta y la devolvió al bolsillo del traje de Romeo.
-Lo que tú buscas en mí, es lo que yo busco en ti.
Sin darle tiempo a responder, se liberó de su agarre y escapó del auto. El aroma de su perfume quedó flotando en el aire como un recordatorio de su presencia. Romeo se reclinó en el asiento, sus piernas ligeramente separadas, mientras procesaba sus palabras.
Él quería que Irene fuera obediente, que fuera una buena esposa. ¿Acaso ella esperaba lo mismo de él? ¿Que fuera un buen esposo? Después de dos años de matrimonio, su relación había sido tranquila, armoniosa. Al menos, eso era lo que él creía. ¿En qué momento todo se había desmoronado?
Giró la cabeza, su mirada siguiendo la silueta de Irene hasta que desapareció por la entrada de la plaza comercial. Después de un momento, se ajustó el saco y descendió del vehículo, justo cuando Gabriel se acercaba con paso apresurado.
-Presidente Castro, terminamos la inspección. Todo está en orden.
Romeo observó las columnas cerca de la entrada con desdén.
-¿En orden? -su voz destilaba desprecio-. Tienen a las mujeres cargando material pesado. Cualquiera pensaría que no hay hombres trabajando en esta plaza.
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Capitulo 251
Gabriel asintió con un gesto servil.
-Como usted diga, Presidente.