Capítulo 219
Romeo se plantó en el umbral de la puerta como una estatua de mármol, sus manos descansando con estudiada indiferencia en los bolsillos de su pantalón de diseñador. La tensión en sus hombros traicionaba su aparente calma.
-¿A qué debo el honor de esta visita sorpresa, abuela?
Los ojos de Milagros, agudos como dagas, estudiaron el rostro de su nieto. Años de experiencia le permitían leer las sutiles señales de incomodidad en su postura rígida.
-Ay, por favor. ¿Ahora resulta que necesito permiso para venir a ver a mi nieto y a mi nuera?
Apoyándose en su bastón, la matriarca de los Castro dio un paso al frente. Su determinación brillaba en cada arruga de su rostro.
-Vine a ver a Irene, así que hazte a un lado.
Irene, inmóvil en la entrada, sintió cómo su corazón daba un vuelco. Las palabras de Milagros resonaban en sus oídos mientras un torbellino de emociones la atravesaba. “¿Por qué Romeo no le ha dicho nada sobre el divorcio?“, la pregunta ardía en su mente como brasas al rojo vivo.
El bastón de Milagros se movió con la precisión de un espadachín, golpeando la pierna de
Romeo.
-¡Que te quites, te digo!
Romeo dejó escapar un gruñido bajo, más de sorpresa que de dolor. Con un movimiento fluido, se giró para guiar el camino hacia el interior. Su mano se movió como una serpiente, atrapando la muñeca de Irene y arrastrándola hacia el comedor. La presionó contra la pared con la familiaridad de quien conoce cada centímetro de territorio conquistado.
-Todavía no he mencionado lo del divorcio.
-¿Por qué no has dicho nada?
Sus voces se entrelazaron en susurros urgentes, como hojas secas arrastradas por el viento. El aroma característico de Romeo, una mezcla de nicotina y madera, envolvió a Irene como una prisión invisible. La cercanía despertó en ambos memorias que preferían mantener enterradas. El aliento de Romeo rozaba la mejilla de Irene como una caricia no deseada, haciendo que sus pestañas temblaran involuntariamente. Un escalofrío recorrió su columna vertebral.
-La salud de la abuela no anda bien. No quiero arriesgarme a que la noticia la afecte. Además -su voz se volvió terciopelo sobre acero-, el divorcio no está finalizado. Si se enteran ahora, toda la familia va a querer meter su cuchara.
La mano de Romeo se elevó para sujetar la barbilla de Irene, forzándola a encontrar su mirada. Una sonrisa torcida bailaba en sus labios.
-No querrás que el divorcio se complique, ¿verdad?
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Capítulo 219
Los ojos de Irene se entrecerraron mientras procesaba la amenaza velada. Tenía razón: si la familia Castro se enteraba, el proceso podría volverse un verdadero infierno.
-Espera… -sus labios se curvaron en una mueca calculadora mientras recordaba el jarrón destrozado-. Si me vas a cobrar el jarrón, olvídate de que voy a seguirte el juego.
La risa de Romeo resonó como campanas oscuras. Internamente, saboreaba cada segundo de este intercambio. Quería arrancar esa máscara de indiferencia y revelar lo
que sabía que seguía ahí: su deseo de permanecer a su lado.
-Trato hecho.
La rapidez de su respuesta hizo que Irene se arrepintiera instantáneamente. Sus dedos se cerraron sobre la tela de su camisa en un gesto instintivo.
-No puedes seguir manteniéndome encerrada. Necesito trabajar, yo…
-¿Irene?
La voz de Milagros cortó el aire. La anciana se asomó desde detrás de un mueble del comedor, sus ojos brillando con picardía al encontrar a Irene prácticamente abrazada a la cintura de
Romeo.
-Ay, hijitos, ya sé que la abuela no viene seguido, pero contrólense un poco. No vaya a ser que me dé algo de la impresión.
Una sonrisa conocedora bailaba en sus labios. Nunca los había visto así, mostrando emociones tan genuinas más allá de la cortesía formal que solían exhibir. El ceño fruncido de Romeo y la ceja arqueada de Irene componían un cuadro de intimidad que la deleitaba. Por primera vez, parecían una pareja real, no la actuación perfectamente coreografiada que solían
presentar.
Irene bajó la mirada hacia su mano, aún aferrada a la camisa de Romeo. La tela se había salido del pantalón, desordenada. Como si se hubiera quemado, soltó la prenda y empujó a Romeo lejos de ella.
-Voy a prepararte algo de fruta, abuela.
Se giró hacia el refrigerador, agradeciendo que el frío golpeara su rostro acalorado.
Milagros se dirigió al salón con paso satisfecho mientras María Jesús se apresuraba a ayudarla con su abrigo.
-¿Notó algo diferente, señora?
-Claro que sí -Milagros extendió los brazos para facilitar la tarea-. Romeo no quería que vinieras. Ha de ser que pensó que ibas a estar de más… quiere tiempo a solas con Irene.
Una sonrisa maternal iluminó su rostro. Después de todo, cualquier rincón de la casa podía convertirse en el escenario perfecto para el amor cuando nadie miraba.
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