Capítulo 216
La mirada de Romeo era un muro de hielo impenetrable. Ya no quedaba ni un rastro de la confianza que alguna vez existió entre ellos.
-¿A esto le llamas molestar? -su voz destilaba sarcasmo mientras deslizaba su pulgar sobre los labios de Irene, arruinando el labial recién aplicado.
Su piel suave y pálida despertó en él recuerdos de la noche anterior, cuando ella había recostado su mejilla contra su pecho. Sacudió mentalmente esa imagen.
-No te voy a dar otra oportunidad de hacerte la víctima.
Irene intentó apartarse, pero los dedos helados de Romeo ya se deslizaban por su mejilla hasta su cuello, provocándole escalofríos involuntarios.
-¿De qué estás hablando? -se mordió el labio, intentando controlar el temblor en su voz.
Romeo desvió la mirada hacia el conductor.
-Arranca, Gabriel.
-Como usted diga, presidente Castro.
El Maybach se incorporó al tráfico matutino. Irene forcejeó en su asiento.
-¿A dónde diablos me llevas?
-A la casa los labios de Romeo apenas se movieron-. Y de ahí no sales hasta que termine el mes de espera.
-¡Te volviste completamente loco! -Irene intentó liberarse con más fuerza-. ¡Esto es secuestro! ¡Es ilegal!
Romeo humedeció su labio superior, esbozando una sonrisa.
-¿Ahora sí te acuerdas de la ley? ¿Y cuando mandaste esas fotos a los medios?
-¡Yo no mandé nada! -Irene se aferró a la manga de su camisa-. ¿Por qué no me crees?
Para Romeo, su resistencia era cómo el rasguño de un gatito. Sus protestas ni siquiera llegaban a sus oídos.
Al ver que era inútil luchar, Irene se quedó quieta, su cuerpo prácticamente pegado al de él por la forma en que la sujetaba. Con manos temblorosas, sacó su celular para enviarle un mensaje a Lisa Torres, preguntando si podía trabajar desde casa.
A esa hora Lisa aún no comenzaba su jornada, así que no hubo respuesta.
A las ocho y media, el auto se detuvo frente a la que había sido su casa compartida con Romeo. Una oleada de nostalgia la golpeó al ver la fachada familiar, pero no tuvo tiempo de
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Capítulo 216
procesarla. Romeo la arrastró por el cuello de la blusa como si fuera una muñeca de trapo y la arrojó sobre el sofá.
-¡Ay!
El impacto contra los cojines le arrancó un gemido de sorpresa. Romeo se plantó frente a ella, sus piernas largas dominando su campo visual mientras se quitaba el saco y se desabrochaba los puños de la camisa. Era evidente que no pensaba ir a la oficina.
-¿Me vas a tener vigilada las 24 horas? -Irene se enderezó, fulminándolo con la mirada-. ¿No te das cuenta de lo inapropiado que es que vivamos bajo el mismo techo en estas
circunstancias?
-¿Inapropiado? -Romeo la recorrió de pies a cabeza con una mirada glacial-. No te hagas ilusiones. No siento el más mínimo deseo por una mujer como tú.
“La traje para vigilarla, no para acostarme con ella“, pensó. “No voy a caer en su juego“.
Irene nunca imaginó que Romeo fuera capaz de llegar a tales extremos. Faltaban más de veinte días para que terminara el período de reflexión. Un matrimonio al borde del divorcio compartiendo techo solo podía terminar en más amargura y desprecio.
-¿Y qué hay de Alquimia Visual? ¿No tienes trabajo que hacer?
Intentó apelar a su sentido práctico.
Romeo apenas la miró de reojo.
-Solo dije que tú no puedes salir de la villa.
Él, por supuesto, podría entrar y salir cuando quisiera.
Irene contuvo una maldición, sus ojos brillando con rabia contenida. Romeo cumplió su amenaza al pie de la letra, ordenando a Gabriel que apostara guardias alrededor de la propiedad, cubriendo cada posible salida.
Para asegurarse de que no pudiera contactar con nadie ni planear nada, decidió trabajar principalmente desde casa, saliendo solo cuando fuera absolutamente necesario.
El mensaje de Lisa finalmente llegó: no había opción de trabajo remoto. Si tenía algún problema, podía seguir descansando, pero si la licencia se extendía más de medio mes, se consideraría como renuncia automática.
Irene sintió que el estómago se le retorcía. Ya había tomado una semana de descanso.
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