Capítulo 203
Una hora después, en el Hospital San Rafael.
El médico de urgencias examinó a Yolanda con detenimiento mientras Irene esperaba, mordiéndose el labio inferior con nerviosismo.
-No es nada grave. Es probable que desarrolle fiebre o un resfriado, pero si toma la medicina preventivamente, estará bien.
Durante el trayecto al hospital, el calor de la calefacción al máximo había empezado a hacer efecto. La nariz de Yolanda goteaba sin cesar, y una serie interminable de estornudos sacudía su cuerpo. El color azulado de su rostro había dado paso a un suave tono rojizo, señal de que la circulación volvía a sus mejillas.
Irene agradeció al doctor y recogió los medicamentos en la farmacia. El aire gélido las recibió en la entrada del hospital mientras esperaban otro taxi.
-Vamos a Barrio Colinas Verdes -indicó Irene.
Yolanda la sujetó del brazo con fuerza repentina.
-¿Colinas Verdes? ¿Por qué allá? ¿No vamos a la casa de Romeo?
El taxista, confundido, pisó el freno.
-¿Entonces a dónde las llevo?
-A Colinas Verdes -la voz de Irene no dejaba lugar a dudas. Se giró hacia su madre-. Ya no vivo con él.
-¿Cómo que te mudaste? -Yolanda le pellizcó el brazo con rabia contenida-. ¿Te corrió? No deberías haberte ido, después de todo fueron esposos…
El conductor no dejaba de lanzarles miradas curiosas por el retrovisor mientras Yolanda seguía con su perorata. Irene endureció su expresión.
-Si sigues con lo mismo, te regreso con papá.
-¡No, no! -Yolanda la soltó como si quemara-. Me voy contigo.
Por fin se hizo el silencio. Irene volteó hacia la ventana, perdiéndose en la vista nocturna de Puerto del Oeste. El invierno transformaba la ciudad en un espectáculo de luces de neón que bailaban sobre el asfalto húmedo.
El taxi se detuvo frente al complejo residencial. Después de pagar, Yolanda fue la primera en bajar, envuelta en la chaqueta de Irene.
-¿Cuándo compraste casa aquí? -preguntó, escudriñando la fachada del edificio.
-Es rentada -Irene se estremeció bajo el frío cortante-. Vamos adentro.
-¿Rentada? -Yolanda la siguió de cerca-. ¿Pues cuánto dinero tienes? ¿Cómo es posible que
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después de dos años con Romeo no pudieras comprar una casa?
Irene aceleró el paso, hundiendo el rostro en el cuello alto de su suéter. El frío le calaba hasta los huesos y lo único que quería era llegar a casa. Las preguntas de Yolanda eran lo último que necesitaba en ese momento.
-¿Por qué te divorciaste de Romeo? Y si ya sabías que se iban a divorciar, ¿por qué no pensaste en ti? ¿No pudiste mover algo de su dinero a tu nombre?
Irene observó los números del ascensor subir lentamente..
-¿Qué pasó con papá? Si no es nada grave, mañana te llevo de regreso.
Yolanda le lanzó una mirada cargada de reproche.
-¡Todo esto es tu culpa! ¡Por no hacerme caso!
Irene guardó silencio. Al entrar al departamento, se dirigió directamente a la cocina. Puso agua a calentar y comenzó a preparar una bebida de jengibre con piloncillo. No solo Yolanda necesitaba cuidarse; ella también sentía el frío colándose en sus huesos.
Yolanda se quitó la chaqueta, dejando ver su pijama de terciopelo cristal. Sus ojos recorrieron el pequeño apartamento con desprecio evidente antes de dejarse caer en una silla del comedor, su disgusto pintado en cada gesto.
-Ya fueron al registro civil… ¿por qué se están divorciando exactamente? ¿Quién lo pidió? ¿No podrías contarle a tu madre?
La voz de Yolanda sonaba inusualmente tranquila. Si hubiera preguntado así desde el principio, quizás Irene se habría sentido más dispuesta a responder.
Colocó un tazón humeante de la bebida frente a su madre antes de sentarse en la silla
opuesta. El aroma dulce y picante del jengibre flotaba entre ellas como una frágil tregua.
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