Capítulo 20
Inés deslizó su celular sobre la mesa con un gesto forzadamente casual, intentando evadir la
mirada escrutadora de Romeo.
-Carmen no me deja en paz. Todo el día preguntando dónde ando, si ya comí… Mira nada más. La pantalla del WhatsApp mostraba una cascada interminable de mensajes y fotos. No solo había imágenes recientes, sino toda una colección de fotografías: Inés trabajando sola en la oficina, momentos “casuales” donde aparecía con Romeo, cada imagen estratégicamente capturada.
Un destello de satisfacción cruzó por los ojos de Romeo mientras continuaba cortando metódicamente su bistec.
-Si estás conmigo, no tiene nada de qué preocuparse.
-Ya se lo he dicho mil veces que tú me cuidas bien, pero esta niña… -Inés dejó la frase al aire, mezclando en su voz un toque de fingido fastidio con afecto calculado.
El celular de Romeo vibró nuevamente en la orilla de la mesa, interrumpiendo la actuación de Inés. La pantalla iluminada mostraba el nombre de Gabriel.
-¡Presidente Castro! -la voz agitada de Gabriel resonó en cuanto Romeo contestó-. ¡La señora acaba de llamarme! La villa se incendió y la abuela sufrió quemaduras. ¡Tiene que venir de inmediato!
‘Creeeek-‘
Romeo se levantó de golpe, haciendo que la silla chirriara contra el piso de madera.
-Voy para allá.
Se giró hacía Inés mientras tomaba su abrigo.
-Tengo que irme.
Su Maybach negro surcaba la carretera como una flecha, serpenteando entre el tráfico con una urgencia palpable.
La villa Castro se alzaba majestuosa en la ladera de la montaña. Las luces de neón de la ciudad comenzaban a parpadear en la distancia, creando un telón de fondo surreal.
Irene descendió del taxi con el corazón martilleando contra su pecho. La villa resplandecía con todas sus luces encendidas, una imagen que contrastaba dramáticamente con el escenario apocalíptico que su mente había conjurado durante el trayecto. Un suspiro de alivio escapó de sus labios.
Sin embargo, el penetrante olor a quemado que flotaba en el aire la hizo acelerar el paso, sus
Capítulo 20
tacones resonando contra el pavimento.
Irrumpió en el salón sin detenerse a quitarse los zapatos. Allí, sentada en el sofá con la dignidad de una reina, estaba Milagros. Su cabello blanco brillaba bajo las luces del candelabro mientras masticaba tranquilamente semillas de calabaza, absorta en algún programa de televisión.
—¡lrene, mi niña! -los ojos de la anciana se iluminaron al verla. ¡Ven acá con tu abuela!
Irene se acercó jadeando, pequeñas gotas de sudor perlando su frente.
-Abuela, ¿no dijeron que había un incendio?
-Ah, sí -Milagros señaló despreocupadamente hacia el patio trasero, donde un montón de cenizas atestiguaba el incidente-. Pero ya lo controlaron.
Irene permaneció en silencio, procesando la situación. Ahora que lo pensaba, nadie había dicho explícitamente que Milagros estuviera herida. Pero el tono alarmante de la llamada… ¿no había sido deliberadamente engañoso?
-¿Por qué viniste sola? -Milagros escudriñó el espacio detrás de ella. ¿Dónde está mi nieto? Irene apretó los labios, luchando por mantener su compostura.
-Debe estar ocupado trabajando, tal vez en una junta. No contestó cuando le llamé.
Los ojos astutos de Milagros brillaron con un destello de comprensión.
-¿Estás molesta porque no te contestó?
-No. -La respuesta de Irene fue demasiado rápida, demasiado cortante.
En el momento de la llamada, su preocupación había eclipsado cualquier otro sentimiento. El miedo de que algo grave pudiera suceder aquí, y que Romeo no estuviera presente… Por eso había contactado inmediatamente a Gabriel, quien la tranquilizó asegurándole que Romeo ya estaba al tanto.
Pero ahora, la conclusión de que Romeo había ignorado deliberadamente su llamada se clavaba en su pecho como una daga, robándole el aliento.
Milagros, interpretando erróneamente el silencio de Irene como un berrinche de esposa dolida, se apresuró a consolarla.
-No te preocupes, hijita. Hoy mismo hago que regrese contigo.
-¿Qué…?–La confusión nubló el rostro de Irene.
Su mente daba vueltas tratando de comprender cómo habían llegado a este punto. ¿No había sido la propia abuela quien, con el pretexto del incendio, los había hecho volver?
De pronto, una presencia familiar se materializó a sus espaldas, pesada e intimidante. Al girarse, se encontró con Romeo, que avanzaba hacia ellas con pasos decididos. Su mirada profunda ahora fluctuaba entre el alivio y un enfado apenas contenido.