Capítulo 190
Doctor Morales, de ahora en adelante, mi hijo queda bajo su cuidado…
César mantenia su mirada fija en el doctor Morales mientras sostenía la tarjeta de presentación entre sus dedos temblorosos. Había buscado a Emilio a través de diversos contactos y, tras su reemplazo, se habla asegurado de contactar personalmente a Esteban para ponerlo al tanto de la situación.
La reputación de Esteban precedía su presencia. A pesar de no conocer sus orígenes, sus habilidades eran innegables, lo que tranquilizaba a César sobre dejar el tratamiento de Daniel en sus manos.
Esteban examinó la tarjeta con atención mientras la giraba entre sus dedos.
-¿Cuál sería el honorario?
César se removió incómodo. Le había pagado veinte mil a Emilio anteriormente, pero con el negocio en picada, sus recursos se habían reducido considerablemente. Tragó saliva antes de responder.
-Seis mil.
Esteban arqueó una ceja, sin soltar la tarjeta.
-¿Y con esa cantidad pretende que atienda a su hijo? ¿Qué quiere que haga, comprarle seis mil pesos de oxigeno?
Yolanda se inclinó hacia César, sus ojos llenos de preocupación.
-Mi amor, ¿no crees que es muy poco para alguien de su nivel?
César hundió las manos en los bolsillos, reacio a ofrecer más dinero. Su mirada se desvió hacia donde estaba Irene, quien se frotaba el codo adolorido por los empujones recibidos. Sin pensarlo dos veces, la agarró del brazo y la arrastró hacia el doctor.
-Doctor, pídale lo que necesite a mi hija. Ella tiene dinero de sobra.
La expresión de Esteban se endureció mientras observaba a la pareja.
-Ya pueden retirarse. Necesito hablar en privado con la señorita Llorente.
César, temiendo que el doctor pidiera una suma mayor y que Irene le devolviera el problema, prácticamente huyó del lugar con Yolanda. Al menos tenía la certeza de que Daniel estaba fuera de peligro.
Irene se quedó de pie, retorciendo nerviosamente los dedos mientras miraba al doctor.
-Doctor Morales, mi sueldo es bastante modesto, yo…
-Toma. -Esteban le extendió la tarjeta-. El doctor Bravo me contó que no solo te preocupas por la salud de tu hermano, sino que también te has hecho cargo de todos los gastos médicos. Debe ser muy pesado para ti. No necesito regalos; como médico, mi única misión es salvar vidas.
Le dio una palmada reconfortante en el hombro mientras su mirada se dirigía al espacio vacío donde Romeo había estado momentos antes.
-Gracias, doctor Morales. -Irene guardó la tarjeta y también miró hacia ese lugar vacío.
“Romeo probablemente solo pasaba por aquí“, pensó. “Se detuvo un momento al ver que Daniel tenía problemas. Sold eso… una pausa fugaz en su camino.”
Apartó la mirada de ese espacio vacío y se volvió hacia Esteban.
-Una enfermera me llamó. Me dijo que una mujer vino a causar problemas. ¿Podría revisar las cámaras de seguridad del hospital?
-Por supuesto. Mi asistente te acompañará. -Esteban la guio hasta su oficina, donde un joven que apenas rozaba los veinte años la condujo hacia el área de seguridad.
Apenas Irene desapareció por el pasillo, Romeo apareció en la oficina de Esteban.
-¿Cuál es el diagnóstico?
No corre peligro de muerte. -Esteban jugueteaba con un bolígrafo mientras sonreía con curiosidad-. Romeo, ¿qué tipo de relación tienes con la señorita Llorente? ¿Conoces a Daniel?
19:54
Romeo se dejó caer en una silla, cruzando las piernas con estudiada indiferencial
Ya estableciste el plan de tratamiento?
Esteban asintió.
-Lo discuti con la señorita Llorente. Vendrá todas las noches de ocho a diez para ayudarme con las sesiones de terapia psicológica del paciente. Ella está de acuerdo. ¿Tienes alguna objeción?
-Ninguna. -Romeo tensó la mandíbula imperceptiblemente. Algunas cosas podían esperar un poco más.
-Oye, ¿qué hay realmente entre tú y la señorita Llorente? -insistió Esteban, cada vez más convencido de que existía algo más profundo entre ellos.
Romeo se levantó, ignorando la pregunta y dirigiéndose a la salida.
Esteban golpeó el escritorio con la palma de su mano.
-Si piensas perseguirla, vas a tener que esforzarte más. Hay otros interesados en el caso de su hermano que son más amables, atractivos y considerados que tú.
Romeo, que ya tenía un pie en el umbral, se detuvo en seco. Con un movimiento fluido, cerró la puerta con el pie y regresó al Escritorio, plantándose frente a Esteban.
-¿David?