Capítulo 185
El viento invernal cortaba como navajas en la noche. El cuerpo delicado de Irene temblaba mientras las ráfagas heladas jugaban con su cabello, azotándolo contra su rostro. Con dedos entumecidos, intentó acomodarlo detrás de sus orejas, sus ojos fijos en las dos figuras dentro del Maybach.
Inés se inclinaba hacia Romeo, y desde ese ángulo parecía depositar un beso en su mejilla. Ese gesto, aparentemente simple, cayó como una losa sobre el corazón de Irene. Un dolor sordo se instaló en su pecho mientras fruncía el ceño involuntariamente. El viento gélido le secaba los ojos hasta hacerlos arder, pero no podía apartar la mirada.
Romeo ni siquiera la notó. Arrancó el auto y se alejó rápidamente del lugar. Solo cuando su silueta se desvaneció por completo en el espejo retrovisor, Inés se enderezó en su asiento y extrajo un lápiz labial de debajo del asiento.
-Llevaba días buscando este labial. Pensé que lo había perdido, y mira dónde estaba, en tu
carro.
Romeo levantó la mano para apagar el auricular bluetooth. Su sonrisa se desvaneció sutilmente mientras imaginaba la reacción de Irene al descubrir ese labial.
-Ten más cuidado la próxima vez.
-Ya sé. -Inés guardó el labial en su bolso. Sus ojos brillaron con malicia antes de soltar un grito teatral-. ¡Ay, no! Dejé mi USB en la oficina.
El Maybach, que avanzaba a toda velocidad, se detuvo abruptamente a un lado del camino. Romeo apoyó el codo en el volante, bajó la ventanilla a medias y encendió un cigarrillo.
-Ve por él de una vez.
-¡Ahorita regreso! -Inés bajó del auto y se apresuró hacia la oficina.
Irene permanecía envuelta en la niebla gélida, pequeñas gotas de escarcha adornaban sus, pestañas rizadas como diminutos cristales. Mientras su mirada seguía fija en la dirección donde había desaparecido el Maybach, una figura elegante emergió en su campo de visión.
Inés, enfundada en un vestido rojo que ondeaba con el viento, se acercaba con paso cadencioso. Su rostro, maquillado a la perfección, lucía una sonrisa que mezclaba triunfo y desprecio.
-Llorente, ¿le traes la cena a Romeo? Si quieres se la entrego yo. Total, va a cenar conmigo, pero al menos sabrá que
viniste.
Este momento podría ser el último capítulo entre Irene y Romeo. Ella había sido parte de su vida, sí, pero su presencia ya no causaba ningún impacto en él. Sin embargo, Romeo se había metido hasta sus huesos. La había engañado, lastimado una y otra vez, y ella siempre olvidaba hasta que el dolor la hacía despertar.
“¿No era él quien usaba el trabajo como excusa para verse con Inés a escondidas?“, pensó con
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amargura. “Y yo preocupándome por su salud, por si trabajaba demasiado“. Por un momento, no supo si reírse de su propia ingenuidad o enfurecerse por la traición de Romeo.
-¿Te comió la lengua el gato?
Inés cruzó los brazos con arrogancia.
-Mira, te lo digo por tu bien. No te desgastes haciendo estas cosas. Él no se va a conmover, y tú solo vas a salir lastimada. ¿Para qué te haces esto?
“Tiene razón, no vale la pena“, pensó Irene. Apretó el termo con la comida, encontrando en las burlas de Inés la calma que necesitaba.
-No busco conmoverlo. Solo necesito aparecer de vez en cuando para que la señorita Núñez no olvide que yo soy la señora Castro.
La mirada de Inés se oscureció. Su deseo de confrontar parecía nacido de algo más profundo, como si Irene le hubiera arrebatado algo que le pertenecía.
-¿Te atreves a llamarte señora Castro? Ni yo me atrevo a tanto.
El desafío en su voz revelaba que no temía una confrontación. Quizás sabía que Irene
necesitaba algo de Romeo y no se atrevería a enfrentarla.
-Tú tampoco lo has conseguido.
Durante dos años de matrimonio con Romeo, solo los sirvientes de la familia Castro la habían llamado señora Castro. De pronto, agradeció que su matrimonio fuera secreto. Si todos supieran que era la señora Castro, tendría que corregirlos después del divorcio.
La obstinación de Irene encendió la ira de Inés.
-¡En vez de venir a hacer el ridículo, mejor cuida a tu hermano, o te vas a arrepentir!
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